¿Deberían prohibirlos?

¿Deberían prohibirlos?

El negocio de producción de robots sexuales sigue creciendo sin regulaciones aplicables.

05 de agosto 2017 , 12:00 a.m.

Los robots sexuales son un tema polémico, inquietante y rodeado de incertidumbre. No hace mucho escribí para el diario Portafolio sobre el primer burdel con muñecas robots para sexo, que abría en Barcelona. Un par de meses más tarde, el lugar, con sus fulanas de silicona, había cerrado.

Eso no significa que el negocio de los robots sexuales haya decaído. La producción de robots sexuales sigue creciendo sin regulaciones aplicables, y los fabricantes ofrecen versiones cada vez más realistas para responder a las fantasías y fetiches de personas listas a acoplarse con una máquina. Los clientes, en su gran mayoría hombres, pueden comprar esos ‘objetos inanimados’, para uso privado, por internet desde cualquier rincón del mundo.

Ingenieros y programadores electrónicos en diferentes fábricas de robots sexuales trabajan en perfeccionarlos para que tengan ‘personalidades’ y respondan con palabras, ‘emociones’ y ‘sentimientos’.

¿Cuánto valen? Entre 5.000 y 15.000 dólares. Una transacción comercial como cualquier otra. ¿O no?

El sexo entre humanos y robots ha sido tratado en literatura de ciencia ficción y en cine, pero en la realidad, los estudios sobre el asunto y sus repercusiones éticas son incipientes.

La producción de robots sexuales sigue creciendo sin regulaciones aplicables, y los fabricantes ofrecen versiones cada vez más realistas

Un par de encuestas recientes muestran un porcentaje inesperadamente alto de adultos, sobre todo hombre, que admiten estar dispuestos a tener sexo con muñecas sexuales. Y los medios de comunicación se preguntan si llegará el día cuando los humanos se enamoren de robots.

La Universidad de Londres organizó un congreso internacional sobre ‘Amor y sexo con robots’, considerando un futuro en el cual los robots sexuales sean algo normal. Pero las encuestas existentes son parciales y vienen de países como Estados Unidos, Alemania, Gran Bretaña y Holanda. En las naciones islámicas, el sexo con robots es prohibido, y en el resto de países no hay información ni legislación.

El documento ‘Nuestro futuro sexual con robots’, elaborado por la Fundación para una Robótica Responsable, del Reino Unido, analiza por primera vez la información disponible y abre interrogantes perturbadores. Hay dos hechos extremos resaltados en el informe: la fabricación de muñecas sexuales programadas para imitar una violación y la de robots que representan niños. ‘Farrah la frígida’ y ‘Wendy la salvaje’ son dos modelos, creadas por la fábrica True Companion, que pueden programarse para resistirse al acto sexual.

Recientemente, en Canadá, el dueño de una muñeca sexual que imita una niña fue detenido en un aeropuerto, acusado de posesión de pornografía infantil. Pero en la mayoría de los países no hay legislación contra la posesión de esos ‘objetos’.

En una entrevista en la revista The Atlantic, Shin Takaqi, un japonés fundador de la compañía Trottla, que los produce y de quien dicen es un ‘pedófilo confeso’, dijo que su labor es “ayudar a la gente a expresar sus deseos de forma legal y ética”.

Y ahí está el centro de la polémica: la violación no es un acto de pasión sexual, y sexo con niños no es solo una perversión horrible. Ambos son crímenes violentos, castigados por la ley.

Hay una gran diferencia entre el derecho a la privacidad y a tener actividad sexual consensual y la idea absurda de que los hombres tienen derecho a seguir sus más bajos instintos y ‘hacer realidad sus fantasías’, que es como se justifican los productores de robots sexuales, especialmente cuando deliberadamente están tratando de replicar personas de la manera más realista posible. Es hora de crear leyes internacionales que regulen el mercado de los robots sexuales.

CECILIA RODRÍGUEZ

Columnistas

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