Sin prisa... pero sin pausa

Sin prisa... pero sin pausa

Solo un consenso nacional puede dar los pasos anotados. No basta con solo una bandera política.

08 de octubre 2017 , 02:45 a.m.

Es difícil encontrar una forma de calificar la situación que se está viviendo en Colombia. De sorpresa en sorpresa, no hay un día en que alguien que contaba con el reconocimiento por su trabajo no aparezca sindicado de tal cantidad de delitos que es casi imposible pensar que no termine en la cárcel.

Este proceder contra la ley no puede ser algo nuevo, sino que debe de ser un comportamiento, primero, muy generalizado tanto en el sector público como en el sector privado y, segundo, que viene de mucho tiempo atrás.

Estas grandes fortunas, que hoy tienen a sus dueños y responsables del manejo de estos recursos ‘ad portas’ de la cárcel, no se construyen en un día, de manera que detrás de estos escándalos hay toda una historia que ha permanecido oculta o simplemente ignorada no solo por quienes tienen la responsabilidad de vigilar el comportamiento de instituciones y empresas, sino por personas cercanas.

La primera conclusión a la cual se puede llegar es que Colombia se volvió un país permisivo, pecado que desde hace mucho se ha asociado no solo con la rápida expansión del narcotráfico, sino con su penetración en la política y en la sociedad colombianas. Pero también se dejó deslumbrar por el dinero, no solo propio, sino ajeno, porque se tomó como prueba de éxito sin beneficio de inventario.

Una segunda es que, precisamente por la permisividad en que ha caído la nación, se acabó la sanción social, ese rechazo del círculo que rodea al corrupto y puede ser más costoso que la cárcel.

Una tercera se refiere a la debilidad de las instituciones en el país, cuya responsabilidad es vigilar el comportamiento tanto del sector público como de las empresas; en este caso, ese vínculo de muchas de ellas con el poder sin escrúpulos y la política puede ser la explicación.

Una cuarta, algo que no se puede seguir ocultando: la falla en la formación de la población colombiana, que empieza en el hogar, sigue en el colegio y, para los afortunados, termina en la universidad. Y, quinto, el haber asimilado la modernidad con dejar atrás valores que se descalificaron como obsoletos.

Sus causas son múltiples y complejas. Por ello, para enfrentarla se exige mucho más que la justicia funcione –requisito necesario, pero no suficiente–. Una serie de pasos que empiecen a transformar los cimientos de Colombia se deben empezar a dar. El primero de ellos es reconocer que estamos frente a una grave crisis ética y moral en nuestro país. Es decir, una carencia generalizada de esos valores fundamentales para ser personas correctas, y unas costumbres y normas que no son las de una sociedad decente.

El segundo es aceptar que, como en toda crisis, se exige resolverla y no simplemente acostumbrarse a vivir con ella.

El tercero es aceptar que salir de esta corrupción, tan enraizada en nuestra sociedad, es responsabilidad de todos porque hemos contribuido, por acción u omisión, a que se vuelva un comportamiento normal.

Solo un consenso nacional puede dar los pasos anotados. No basta con que sea solo una bandera política, porque erradicar estos comportamientos no lo logra un solo líder ni un gobierno, por transparente que sea.

Solamente un núcleo conformado por verdaderos líderes, que hagan a un lado sus intereses personales y se comprometan con la meta de construir una sociedad en paz, dejando atrás las diversas expresiones de corrupción que ya son evidentes, puede movilizar opinión en la búsqueda de la transparencia.

Construir una Colombia en paz y transparente es nuestro capítulo pendiente. Este llamado va para todos, pero especialmente para aquellos que movilizan opinión y cuya contribución ha sido justificar lo injustificable, dividir este país entre buenos y malos, despertar sentimientos que destruyen la mínima cohesión social que permite construir nación.

CECILIA LÓPEZ MONTAÑO
cecilia@cecilialopez.com

Columnistas

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