¿La globalización ha llevado al populismo?

¿La globalización ha llevado al populismo?

El fracaso es lo que une hoy a los políticos y a los tecnócratas neoliberales.

20 de noviembre 2016 , 01:25 a.m.

Esta pregunta puede producirles desazón a nuestros economistas ortodoxos, muchos aún en el Gobierno, a la famosa revista ‘The Economist’, a reconocidos profesionales venezolanos como Ricardo Hausmann y a ‘The Wall Street Journal’, que hace poco publicó lo contrario: el populismo ataca a la globalización.

Sin embargo, es necesario analizar la pregunta planteada, dados los resultados de las últimas decisiones que se han tomado en el mundo desarrollado. Es fundamental aprovechar esta coyuntura para iniciar esta discusión partiendo del reconocimiento de la intolerancia de los globalizadores que han cerrado, hasta ahora, cualquier debate acerca no solo sobre sus virtudes, sino sobre sus costos.

La falta de una discusión abierta llevó a este punto en que el debate empieza no a las buenas, sino a las malas: con triunfos innegables en sistemas democráticos. Ha sido la política la que, con hechos, ha demostrado que los costos sí existen, que no todos fueron beneficiados por estos procesos de apertura y que, al no encontrar oportunidades para expresar su descontento, actuaron dejando en un limbo impredecible a sectores que se creían dueños de la verdad.

Esta globalización ha cambiado el mundo, la forma de vivir. Volvió una realidad mostrar hechos ‘en tiempo real’, cuando no hay limitaciones para conocer de inmediato lo que sucede en lugares lejanos. Pero no todos tienen la posibilidad de esta forma de comunicarse, de movilizarse; es decir, de vivir.

Para algunos, las ventajas del mundo global se convirtieron en su tragedia personal ante los ojos ciegos y los oídos sordos de los poderosos defensores de este proceso de integración mundial. Aunque algunos manifestaron sus preocupaciones a tiempo, fue imposible penetrar los argumentos de los organismos internacionales y de los dirigentes de todo nivel que vieron la expresión de la modernidad en este modelo económico global.

Ya Sitiglitz (2002), en su libro ‘Globalization and its Discontents’, señalaba la necesidad de una globalización con rostro humano que debía partir de no considerarla solo un fenómeno económico. Señaló que una de las razones de sus atacantes era que socavaba los valores tradicionales. (Stiglitz, p. 247). Las que más sufrirán serán las poblaciones tradicionales rurales.

Pero tal vez lo más pertinente: según Stiglitz, uno de los mayores problemas de la globalización es lo que le hace a la democracia (ibíd). Aunque no relacionó esta realidad con el populismo sino con la dictadura del sistema financiero internacional, sí planteó, sin negar que muchos se beneficiarían, que otros empeorarían su situación, perderían sus empleos y sus vidas se volverían más inseguras (ibíd.).

Estas realidades, que no se limitaron ni a los pobres ni solo a los países en desarrollo, fueron captadas por políticos ‘incorrectos’ como Donald Trump, que atrajo esas clases medias y esos sectores rurales olvidados por los ganadores de la globalización. Les prometió lo que difícilmente puede cumplirles, y por eso sus propuestas son populistas; pero así, con esos planteamientos, llegó al poder.

Esta es una realidad política muy compleja: si Trump cumple lo prometido, les dará un golpe muy duro a la globalización, a los inmigrantes, a las mujeres, al grupo LGBTI, al comercio internacional, en fin, tanto a los que se beneficiaron como a los que no. Y si no cumple, perderá toda posibilidad de gobernar ante las permanentes protestas de quienes votaron por él precisamente por esas razones. Ni hablar del resto del mundo, sobre todo si se alía con Putin.

Cuántos dolores de cabeza se habrían evitado en este mundo si la arrogancia de muchos economistas no hubiera frenado este debate. Se abrió la puerta al populismo, que aprovechó la existencia del descontento de amplios sectores. Se juntaron una política oportunista, poco seria, corrupta, que perdió el norte de defender a sus seguidores, y una tecnocracia arrogante, que no se cuestionó nada, que no escuchó a nadie que estuviera en desacuerdo. El fracaso es lo que une hoy a los políticos y a los tecnócratas neoliberales.

CECILIA LÓPEZ MONTAÑOcecilia@cecilialopez.com

Columnistas

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