Venezuela

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Llegó el momento de tenderles nuestra mano a los venezolanos, como tantas veces lo han hecho ellos.

23 de julio 2017 , 01:20 a.m.

La difícil situación que atraviesan los venezolanos por culpa de un gobierno inepto, corrupto y abiertamente antidemocrático es conocida no solo en Latinoamérica, sino en el mundo entero. Se ha dicho, con razón, que el Gobierno colombiano debe intervenir –como lo ha hecho recientemente, aun a costa de insultos y pataletas tropicales del presidente Maduro– para presionar una salida democrática en el país vecino.

Es natural que cualquier país demócrata acompañe la valiente lucha de los ciudadanos venezolanos contra el régimen actual, que desconoce de manera flagrante sus derechos y los tiene al borde de la inviabilidad económica.
Para Colombia, además de una lucha democrática, es una necesidad estratégica, tal y como lo demuestran el crecimiento del contrabando y el reciente brote de fiebre aftosa. Según señalan expertos, la enfermedad infecciosa se origina en la movilización ilegal de carne en la zona de frontera que no cumple con las condiciones mínimas sanitarias, debido a decisiones irresponsables de política pública como la autorización de movilización de animales sin los respectivos permisos sanitarios, por parte del Instituto Nacional de Salud Agrícola Integral de Venezuela.

Por mucho esfuerzo que hagan nuestras autoridades sanitarias, migratorias, aduaneras y de policía, es imposible controlar totalmente una frontera de 2.219 kilómetros. Por eso, para Colombia es vital contar con un Gobierno venezolano no solo responsable y serio, sino que actúe como socio en el control de esta línea divisoria.

Hasta hace pocos años, Venezuela era nuestro principal socio comercial, dada la complementariedad entre nuestras economías. De hecho, entre el 2010 y el 2013, las exportaciones colombianas a ese país se incrementaron en un 59 por ciento, al pasar de 1.423 millones de dólares a 2.256 millones. Sin embargo, por causa del deterioro de las condiciones políticas y económicas del vecino país, el intercambio comercial se disminuyó de forma dramática. Nuestras exportaciones a Venezuela se redujeron hasta llegar a 614 millones de dólares en el 2016. Así que los empresarios colombianos se vieron obligados a buscar otros mercados.

Un par de datos ilustran el desastre económico. Según el Fondo Monetario Internacional, el PIB venezolano decreció 16,7 por ciento en el 2016, y se prevé que en el 2017 la caída sea del 7,4 por ciento, mientras que el índice de la inflación en el 2016 fue de 720,5 por ciento, y se estima que este año sea de ¡2.068,5 por ciento!

A esta tragedia fiscal hay que sumarle lo más grave y preocupante: el aspecto netamente humanitario. La realidad venezolana generó una migración natural y monumental de familias enteras hacia Colombia, en la búsqueda de condiciones de vida digna que no encuentran en su país de origen.

Llegó el momento de tenderles nuestra mano a los venezolanos, como tantas veces lo han hecho ellos con nosotros. No dejemos prosperar iniciativas que buscan dificultar su llegada al país. Se trata no solo de una obligación democrática, sino de un imperativo moral y humanitario frente a quienes hoy luchan valientemente por recuperar su nación.

Finalmente, eso que algunos llaman “castrochavismo”, que no es nada distinto a un Estado totalitario, siempre lo he visto venir para Colombia desde el lado autoritario de nuestros grupos políticos, los mismos que dicen que lo repudian. Hoy compruebo que he tenido razón: allá y acá acusan a Santos de traidor.

Cecilia Álvarez-Correa

Columnistas

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