¿Qué nos pasa?

¿Qué nos pasa?

No podremos llamarnos un país en paz si no liberamos a los niños de la violencia.

26 de noviembre 2016 , 10:04 p.m.

En la fría noche del 15 de noviembre, los médicos del Hospital de Suba intentaron salvarle la vida a una bebé de 2 años que llegó convulsionando. Los esfuerzos fueron en vano, había fallecido luego de ser víctima de abuso sexual. Sus padres la abandonaron y la Fiscalía los busca para determinar su responsabilidad.

Días antes, el cuerpo de Camilo, un niño de 2 años, fue encontrado en la vía que conduce al corregimiento de La Victoria, en Ipiales, luego de que su padre confesara que el día de su cumpleaños lo asesinó como venganza con la madre por problemas en su relación.

En enero, una niña de 12 años llegó al Hospital de Caucasia con tres meses de embarazo y signos de ser portadora del zika.

Cada hora, en Colombia, dos niños son abusados sexualmente; uno de cada diez sufre de desnutrición crónica; cada día, seis menores de edad pierden la vida y tres son abandonados por sus padres; al año, 15.000 adolescentes entre los 14 y los 19 años se convierten en madres, al igual que 6.500 niñas menores de 14 años. ¡Sí!, madres a los 13, a los 12, a los 11 añitos. Hechos que deben ser investigados y sancionados como abuso sexual en menor de edad y no solo ser reportados como una estadística de embarazo adolescente. Estas cifras tienen un alto subregistro, dado que los hechos ocurren, mayoritariamente, en el seno de los hogares. Las familias prefieren mantenerlos en silencio, como si quien mereciera protección fuera el padre que les pega, el padrastro o hermanastro que los viola, o el tío que abusa de ellos, y no los niños víctimas de estos delitos.

Colombia parece un país invadido, por una parte, por prófugos del primer jirón del séptimo círculo del infierno que describe Dante en la ‘Divina comedia’, seres violentos contra los más indefensos, y, por otra, por personas indiferentes que prefieren salir a protestar por unas cartillas que por la violencia contra los niños.

La insensibilidad y la indiferencia son los peores enemigos de los niños; reaccionamos con dureza y nos escandalizamos por unas preguntas de educación sexual en una encuesta, pero volteamos la mirada cuando la tasa de embarazo en adolescentes y niñas aumenta.

Los remedios siempre son los mismos: ante un hecho violento, se apela al populismo punitivo y se piden más penas, cadena perpetua, castraciones, cárceles de máxima seguridad, pero ¿qué sacamos con códigos llenos de delitos y penas duras si los índices de impunidad por estos hechos contra niños y adolescentes son altísimos?

Al violador, al homicida, al político que se roba la plata de la alimentación de los niños no los disuade una pena alta, sino la efectividad de las autoridades al investigar y llevar a la cárcel a los culpables. Los disuade saber que si cometen un delito contra un niño, la sociedad y las autoridades no descansarán hasta encontrar al culpable, que su fechoría no quedará como un titular de prensa que se olvida al día siguiente o una investigación “en averiguación de responsables” en la gaveta de un despacho judicial.

No podremos llamarnos un país en paz si no liberamos a los niños de la violencia. El reto es acabar con la impunidad, perseguir y encerrar a los criminales de la infancia, empezando por esos padres que abandonaron a la pequeña de 2 años en el Hospital de Suba.

Trino: si los políticos pensaran en la próxima generación y no en la próxima elección, Colombia sería un país apto para niños.

CECILIA ÁLVAREZ CORREA

Columnistas

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