Príncipes criollos

Príncipes criollos

Probar la libertad sin violencia, sin divisiones, nos va a hacer grandes como nación.

25 de junio 2017 , 01:42 a.m.

Toda sociedad, como todo ser humano, tiene luces y sombras. Virtudes y defectos. Amores y odios. Es su decisión, generalmente ayudada por líderes políticos, establecer sobre qué principios convive. Si sobre el miedo, la división y el odio, o si sobre el amor, el respeto y la sana convivencia.

Por décadas hemos sido presos de la violencia, hasta el punto de tener un capítulo de nuestra historia que denominamos La Violencia, con V mayúscula. Esta época y sus brutales consecuencias nos dieron la patente para canalizar el odio y dirigirlo hacia un grupo de guerrilleros: las Farc.

Ellos fueron la justificación de muchos de nuestros males. Si no había turismo, era porque las Farc ahuyentaban a cualquiera; si la economía no estaba bien, era culpa de las Farc; si se madreaban en un trancón, era por el ejemplo que nos daban las Farc. La guerra contra ese grupo permitió tener argumentos para chuzar, para invertir la plata en armas y no en educación, para torturar, para ver a cualquier opositor como enemigo o, más exactamente, como guerrillero, a tal punto que los paramilitares y sus abusos fueron vistos como un mal menor y necesario para combatirlos.

El odio y el miedo en Colombia demostraron lo que son: elementos intrínsecos a la guerra. Hay que odiar al enemigo para poder asesinarlo en la batalla, y cuando se siente miedo por la propia vida, cualquier acto se justifica para exterminar a quien la amenaza. Pero cuando ya no hay guerra, ¿qué hacemos con el odio y el miedo? Hay políticos cuya única supervivencia depende de promover el uno e infundir el otro. Eligen el camino propuesto por Maquiavelo: “Si un príncipe duda entre escoger ser amado o ser temido, debe escoger lo segundo porque así tiene menos posibilidades de ser destronado”.

Quienes han construido su capital político a punta de promover estos sentimientos deberían estar de salida frente a un nuevo capítulo de nuestra historia. Pero ha sido imposible. Su táctica ha resultado mucho más fuerte que el deseo de paz y tranquilidad de millones de ciudadanos. Todo ese odio que alguna vez estuvo canalizado frente a un grupo determinado hoy es derramado entre todos y para todos, creando entre nosotros muros invisibles pero profundos. Hoy se justifica odiar al cristiano, al no cristiano, al ateo, al homosexual, al heterosexual, al de la capital, al de la Costa, al negro, al blanco, al indígena, a cualquiera. Y en esta fábrica de odio se vuelven válidos los métodos que lo profundizan: ofensas, discursos que incitan a la violencia, videos que calumnian, mentiras completas y verdades a medias.

Solo avanzaremos si nos liberamos del odio. Que nuestras mentes, nuestros sentimientos y nuestras acciones sean guiados por la libertad y ejerzamos la autodeterminación para que nuestra nación progrese unida y no se hunda dividida. Ya es hora de pasar la página. Es difícil dejar de odiar. Quienes pertenecieron a las Farc tienen gran responsabilidad en que ese odio no se extinga, pues siguen echándole leña con sus videos y sarcásticas declaraciones. La generosidad no se responde con burla.

Probar la libertad sin violencia, sin divisiones, no solo nos va a hacer grandes como nación, sino como seres humanos. Los colombianos no necesitamos ni queremos terminar nuestras vidas resumidas en una de las máximas del maestro florentino: “Es necesario aprender a no ser bueno”.

CECILIA ÁLVAREZ CORREA

Columnistas

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