El dolor ajeno

El dolor ajeno

Colombia no tiene futuro sin el reconocimiento y el respeto por el que sufre, por el dolor ajeno.

21 de agosto 2016 , 12:21 a.m.

“En cada persona asesinada muere la humanidad entera”. Palabras del escritor y filósofo Enmanuel Levinas, sobreviviente del holocausto.

Cuando algunos se sienten dueños de una sola verdad, buscan la forma de imponerla a los demás. Comienzan entonces la opresión, la humillación y la dominación que justifica lo injusto, lo atroz, lo catastrófico. Es cuando el crimen, el genocidio y las matanzas parecen legitimadas.

Ocurre lo mismo con las mentiras. Sus hacedores las repiten tanto que quedan convertidos en sus esclavos, en víctimas; es decir, en presas de su propio invento, condenados a ajustarse a ellas.

Y se convierten en maestros. Dicen las mentiras más peligrosas sin arrugar la cara, con rostros de ‘yo no fui’, con apariencia de sujetos ordinarios, arropados por la banalidad del mal, tal como lo ilustra en su concepto la escritora alemana Hannah Arendt.

Por eso, el mejor antídoto contra la mentira es la memoria. Esta hace que la verdad cobre fuerza y que la justicia no sea solo constancia del dolor. La memoria con justicia camina hacia el respeto, virtud que abre las puertas hacia el otro. Hacia la pluralidad y la igualdad.

Es muy grave que en Colombia se prescinda de la comprensión y el respeto cada vez que se discute sobre el sufrimiento. Hablamos de la prolongación y el gusto por la guerra sin pensar en quienes mueren o sufren. Respeto e igualdad son indispensables para perfeccionar la comprensión de nuestra propia dignidad. Sin ellos, la persona corre el riesgo de creerse cada vez más digna y no advertir a tiempo que actúa de manera más inhumana.

Ignorar a los demás desatiende la verdad y la justicia, y al hacerlo se crean categorías artificiales para diferenciarse de los otros, se disponen las bases de una supuesta superioridad y se excluye a todos aquellos que amenazan ciertas ideas, las cuales, en el fondo parten de sentir, quizás sin entender, que la dignidad de unos es diferente de la dignidad de otros.

Por supuesto, cuando la vida sitúa a quien ha maltratado y humillado en la necesidad de recibir la comprensión y el respeto de los demás, siente y entiende claramente que su dignidad no es diferente a la dignidad del otro. Este escenario es el que le permite a la humanidad perfeccionar su noción de justicia y aplicarla.

El aniversario de la tristísima muerte de Sergio Urrego, y los acontecimientos de las últimas semanas en Colombia, donde se produjeron ataques de toda índole a la diversidad y a la diferencia, nos invitan a reflexionar sobre el respeto, la dignidad humana, la igualdad y la libertad. Todos estos valores que en teoría sostienen nuestra democracia y que son la base de nuestra Constitución Política.

Colombia no tiene futuro sin el reconocimiento y el respeto por el que sufre, por el dolor ajeno. No atendemos en realidad los postulados cristianos si omitimos el mandamiento primordial: amar al prójimo; es decir, a su alteridad y a su diferencia.

La dignidad sin respeto es vanidad. Es indispensable superar el odio, el rencor y la maldad para proteger la dignidad humana y la justicia.

Si estos no existen desde las dignidades, sobre todo; si la mentira le puede a la razón para atropellar las sanas iniciativas y a las personas, estamos perdidos.

CECILIA ÁLVAREZ-CORREA@cecialvarezc

Columnistas

Ya leíste 20 artículos gratis este mes

Rompe los límites.

Aprovecha nuestro contenido
desde $10.999 al mes.

¿Ya eres suscriptor? Ingresa

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta gratis y pódras disfrutar de:

  • Acceso ilimitado al contenido desde cualquier dispositivo.
  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta gratis y disfruta de acceso ilimitado al contenido, desde tu computador, tableta o teléfono inteligente.

Disfruta del contenido sin límites

CREA UNA CUENTA GRATIS


¿Ya tienes cuenta? INGRESA