‘Carpe diem’

‘Carpe diem’

Los adictos son generalmente personas inteligentísimas, pero incapaces de manejar las emociones.

30 de julio 2017 , 01:50 a.m.

La adicción no respeta talento ni fama. Desde Marilyn Monroe hasta el cantante Chester Bennington, pasando por íconos de la música y la actuación como Heath Ledger y Michael Jackson, han muerto jóvenes como consecuencia de esta desgracia, cuyos síntomas se asemejan, por ignorancia, más a una maldición que a una real enfermedad. Afortunadamente, hace varios años la OMS reconoció que la adicción era un asunto de salud pública y en Colombia la Ley 1566 de 2012 le dio la misma categoría.

Sin embargo, el infortunio para quienes la padecen es grande. Por un lado, todavía es vista como el “vicio” que produce rechazo social. Pero, por el otro, el alcohol y otras drogas son tan aceptados en nuestra sociedad que a las personas les cuesta mucho trabajo reconocer que son adictas. Culturalmente estamos acostumbrados a que para divertirse tiene que existir el alcohol. Somos el segundo país de Latinoamérica en donde los muchachos lo consumen antes de los 14 años. Esta mezcla produce que convivamos a diario con la adicción y sea excepcional quien logre un tratamiento exitoso.

Los adictos son generalmente personas inteligentísimas, pero incapaces de manejar las emociones que provienen de sus pensamientos. Para poder cohabitar con ellas, necesitan sustancias que alteran el cerebro y producen bienestar en el cortísimo plazo, pero que poco a poco lo deterioran hasta acabarlo. Como el tema está ligado a la relación mente-sentimientos-emociones-cuerpo, los tratamientos le apuntan directamente a eso. En general, tienen que ver con una nueva forma de vida que implica, en la mayoría de los casos, un camino espiritual que puede terminar siendo la burla de los antiguos amigos de parranda y hasta de las familias.

Así que la vida del adicto no es fácil y su recuperación, tampoco. Insistir en la penalización de la dosis personal no es la solución, primero porque filosóficamente no debería penalizarse al enfermo, sino asistirlo, pero, más allá de eso, porque las drogas de moda no son las que todos nos imaginábamos. Estudios recientes ilustran que el incremento del consumo es sobre todo de las pastillas reconocidas por laboratorios de fama internacional. Se consiguen con prescripción en la mayoría de los casos y son las drogas de preferencia del siglo XXI. ¿Vamos a penalizar por ejemplo a quien cargue un Xanax o un Prozac?

Sobre algo que sí tiene que actuar rápidamente la política pública es sobre los tratamientos al adicto. En Colombia, los buenos son costosos. Y los que ofrecen las EPS dejan mucho que desear. Los psicólogos no tienen la formación adecuada para atender la problemática. Tener centros de rehabilitación pública con tratamientos efectivos es un imperativo. Un país como el nuestro, que ha sufrido tanto por el narcotráfico, merece que la plata que se incaute a quienes han cometido este delito termine en el bienestar de sus víctimas directas.

No obstante los pasos que varios países están dando frente al asunto, todavía el mundo se queda corto en tratar sus orígenes emocionales. La verdadera prevención está allí. En aprender desde niños cómo lidiar con nuestras emociones, cómo calmar el bombardeo de la mente, cómo hacernos responsables de nosotros mismos. Esto evitaría miles de adictos y de alcohólicos que se autodenominan “funcionales”, quienes al no reconocer su problema impactan negativamente su vida, la de sus familias y a toda la sociedad.

CECILIA ÁLVAREZ CORREA

Columnistas

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