'Ahimsa'

'Ahimsa'

No es haciéndonos daño a nosotros, ni a los demás, como transformamos a Colombia

13 de diciembre 2016 , 12:32 p.m.

La desgarradora tragedia del ángel Yuliana nos llevó a experimentar sentimientos de indignación, odio y venganza. Y, al mismo tiempo, a reflexionar sobre la justicia, las penas, los abusos sexuales de niños que quedan impunes. A mí no se me ha borrado de la mente la imagen de Yuliana, ni la del asesino, y siento muchísima compasión por la mamá del angelito, y voy a decirlo... también por la madre del victimario.

Todo tipo de ‘remedios’ han saltado para evitar que estos dramas sigan ocurriendo: cadena perpetua a los abusadores, que el Fiscal en persona se encargue del asunto, que no haya más impunidad, pero en el fondo este caso de naturaleza bestial solo me recuerda el estado de nuestra sociedad. Vivimos en una sociedad enferma. Estoy de acuerdo con todas las propuestas, pero serán paliativos si no buscamos una solución más simple, pero más de fondo: aplicar un principio básico de los sabios, ‘ahimsa’, el principio de la No Violencia.

Gandhi, líder conocido por su práctica de la resistencia civil como mecanismo para trasformar su sociedad, basó toda su filosofía y existencia en la no violencia. Esto implicó abstenerse de infligir dolor a cualquier especie viviente, no vengarse y transformar los insultos en amor.

La práctica de la no violencia en nuestras vidas es lo que separa al hombre de su naturaleza e instintos animales. Difícil, porque creemos que la crueldad, el insulto, la pelea, el juicio sobre la vida ajena y la venganza son lo que nos hace fuertes. Pero es todo lo contrario, es una mente, una actitud de no violencia, el reemplazo del odio por el amor lo que nos hace grandes.

Yo he caído en los instintos de ‘himsa’ muchas veces, y me arrepiento. Si fuéramos conscientes en cada familia de la importancia de practicar más amor y menos ofensas; si nos propusiéramos solo por hoy no criticar, decir solo la verdad y no maltratar a los demás; si entendiéramos que es el amor y no el odio lo que nos va a sacar adelante, nos daríamos cuenta de que la verdadera transformación ocurre cuando me transformo yo, y no cuando busco cambiar a los demás. Es más fácil desarrollar el intelecto que el corazón, pero es ahí donde radica el verdadero cambio.

El primer instinto cuando me insultan es insultar, cuando me gritan es gritar, cuando me ofenden es ofender; difícil pero reconfortante es poner la otra mejilla, porque, como dijo Gandhi, si seguimos ojo por ojo, todos acabaremos ciegos. La realidad nos demuestra que el odio se desvanece en la presencia del amor.

Si fuéramos conscientes de que todo parte de los deseos y de que cuando no se nos cumplen, se transforman en rabia; o si se le cumplen al vecino, aparece la envidia; o cuando se cumplen queremos más, dando lugar a la avaricia, y al final los deseos cumplidos o incumplidos no se traducen en felicidad, sino que nos mantienen en un estado de ansiedad, que en muchos casos termina en adicción al alcohol, a las drogas, al sexo, solo para desahogar lo que no podemos autocontrolar.

No es haciéndonos daño a nosotros, ni a los demás, como transformamos a Colombia, si el ejemplo de la no violencia primara y lo enseñáramos en los hogares, en los colegios, tendríamos menos tragedias como la que presenciamos con Yuliana. Nuestra sociedad no se curará con leyes, se sanará cuando cada uno de nosotros practique y sea un ejemplo de no violencia. Esa es la ley divina, la de la no violencia.

CECILIA ÁLVAREZ CORREA

Columnistas

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