Razones para tragarse el sapo

Razones para tragarse el sapo

Excepto en pocos casos, Sudáfrica eligió el perdón, optó por la posibilidad de un futuro donde cupieran todos en lugar de eternizar el odio del pasado.

01 de septiembre 2016 , 07:19 p.m.

Me llama mucho la atención que en Sudáfrica, donde la Comisión para la Verdad y la Reconciliación identificó más de 30.384 violaciones graves de los derechos humanos durante el apartheid, aparezcan testimonios como este: “Vengo a pedir perdón. Desde que mataron a mi hijo y lo quemaron en un asador, he deseado que al hijo de la familia blanca donde yo trabajo le suceda lo mismo, que sientan el dolor que yo he sentido”.

Testimonios como este simbolizan uno de los elementos más poderosos que ofrece la justicia transicional: la oportunidad de escuchar todas las voces, de pensarnos como un todo y de evaluar nuestra responsabilidad en la construcción de una nueva sociedad.

La justicia transicional fue creada para casos de violaciones masivas de derechos humanos como el de Sudáfrica, aunque muy diferente, en su génesis y expresión, al de Colombia, con 7,9 millones de víctimas. Abordar una situación como la nuestra a través de la jurisdicción ordinaria sería sumamente complejo dada la rigurosidad formal y los requisitos en términos del debido proceso y de la carga de la prueba. La verdad jurídica resultante de un proceso penal ordinario no sería suficiente para entender las causas, el contexto y las diversas visiones de lo sucedido, lo cual es fundamental para que una sociedad aprenda de su historia y no repita los errores del pasado.

Como lo afirman múltiples expertos, el acuerdo de justicia transicional de Colombia es único y ejemplar. Este ofrece mecanismos para esclarecer la verdad, hacer justicia y condenar los hechos para entender que eso nunca debió pasar. La reparación de las víctimas es el corazón del acuerdo. Y quizás lo más importante, en el largo plazo, es una oportunidad para ponernos en la piel del otro, reconstruir confianza y sentar las bases para convivir pacíficamente.

Testimonios como el que menciono arriba muestran la grandeza de espíritu a la que se atrevió el pueblo sudafricano cuando optó por el camino de la reconciliación. Seguramente no fue fácil tragarse sapos como el de no ver a los blancos en la cárcel después de tanto daño. Pero, excepto en pocos casos, Sudáfrica eligió el perdón, optó por la posibilidad de un futuro donde cupieran todos en lugar de eternizar el odio del pasado.

La mujer negra que pide perdón por desear venganza nos invita a reflexionar con humildad sobre la responsabilidad que tenemos todos los colombianos en el conflicto. Pienso no solo en quienes comulgaron con los paramilitares para proteger sus intereses o aquellos que adquirieron tierras baratas a costa de campesinos desplazados, sino en quienes se han hecho los ciegos ante la injusticia social o los que promueven odio a través de sus redes. La paz se construye en lo cotidiano.

Estamos frente a una gran disyuntiva. Comprendo que después de tanto dolor es difícil pensar que las Farc no vayan a estar tras las rejas. Pero hay que ir más allá en el análisis antes de un ‘No’ apresurado. Solo quienes confiesen sus delitos y contribuyan con la reparación de las víctimas podrán recibir amnistía, los demás irán a la cárcel. No habrá amnistía para los delitos más graves. Hay que mirar el acuerdo como un todo. Sin ser este perfecto, las ventajas del ‘Sí’ son muy superiores: se pondrá fin al conflicto con las Farc y habrá reformas trascendentales que, a su vez, garantizan la no repetición de los horrores vividos.

Nos estamos jugando el futuro. Seríamos muy miopes si decidiéramos ahogarnos con el sapo de no ver a las Farc encerradas. Y no nos digamos mentiras: si gana el ‘No’, será políticamente inviable reactivar las negociaciones. Yo diré ‘Sí’, prefiero arriesgarme a la posibilidad de un país en paz donde quepamos todos que encadenarme al rencor del pasado.

Catalina Cock Duque
* Directora de la Fundación Mi Sangre

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