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Carlos Castillo Cardona

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Sobre olímpicos, señores

No puede ser más mediocre la presentación de los juegos.

Muchas actitudes olímpicas sugieren la transmisión de los Juegos de Pekín, en la que extrañamente se les dan las "gracias a RCN, Caracol y la Comisión Nacional de Televisión", cuando en realidad la emite Señal Colombia. Pero, tal como ha sido histórico en la televisión de nuestro país, el canal financiado por el Estado parece diseñado para desesperar a los que tratan de verlo y decidan pasar a ver los canales comerciales.

Las transmisiones de los juegos hechas por el canal institucional han tenido la virtud de ser aburridas, repetitivas y anodinas, especialmente en los horarios triple A, cuando los canales comerciales, supuestamente patrocinadores de la emisión de los juegos están pasando las horrendas telenovelas o películas idiotizantes o, simplemente, tergiversando la realidad con los noticieros que derraman sangre y fuego.

Mientras Señal Colombia transmite las insulsas premiaciones, las vueltas alrededor de la piscina de los ganadores, que el locutor con tanta gracia llama el paseíllo, hay muchas competencias simultáneas que no se transmiten para no interferir con los que se han apoderado de nuestro espacio electromagnético. Sí, los mismos que inundan de publicidad irresponsable (aplican restricciones) en nuestros hogares. Por supuesto, también el canal público pasa sus propaganditas a favor de sí mismo, a favor de los programas de Gobierno y bajo la tutela de la-que-no-sabemos-para-qué-sirve Comisión Nacional de Televisión. Bueno, sí sabemos. Están negociando, quién sabe cómo, el tercer canal y la tecnología digital.

Pero, aunque quede claro para qué es el negocio de la televisión, no deja de ser menos evidente la pobreza del medio, en lo que a deportes se refiere. No puede ser más mediocre la presentación de los juegos. Buscando afrontar la diversidad y complejidad de las competencias, se ha logrado combinar olímpicamente a un locutor que grita como de costumbre, a un experto que no sabe comentar y a un comentarista que no sabe de qué habla. Por lo tanto, le toca al paciente espectador oír toda clase de chascarrillos, comentarios sobre los vestidos, sobre los gestos hechos por los deportistas, sobe las lágrimas derramadas, sobre la riqueza de las instalaciones, el nido, la caja de agua y sobre mil cosas más, lejanas al deporte, poco ilustrativas sobre las características de lo que ocurre en las pistas. Lo exótico es más importante que el deporte. Por supuesto que también leen algunos datos, los mismos que uno pudo encontrar en las páginas web de los juegos.

¡Ay, de los pobres aficionados al deporte! Después de varios años de oír a los mismos profesionales de la transmisión deportiva, sigue siendo necesario hacer una especie de diccionario sobre lo que ellos dicen. Las nadadoras, por ejemplo, son "sirenas"; los chinos inventaron el papiro; los brasileños son "cariocas"; el cuerpo de un deportista, sea este como sea, es "su humanidad"; no ponen sino "colocan"; hay "morochos intensos"; no gozan, "se la gozan"; si pierde el anfitrión, "se tumbó la muralla china"; los europeos "no tienen la malicia sudamericana"; las africanas tienen "una belleza exótica"; "primera vez que un mortal bate el récord"; y etc.

Todos se campean olímpicamente sobre la palabra. Tanto como José Obdulio, que dice barbaridades en el extranjero: en Colombia no hay paramilitarismo, no hay asesinatos de sindicalistas, no hay conflicto interno, pero estamos en el posconflicto.

Lo único salvable de estos juegos es el esfuerzo de los deportistas colombianos, miembros de una juventud marginada que logra superar la violencia de los 'paras' y la guerrilla, la pobreza, la poca educación y la falta de apoyo. Tanta parece ser la miseria en Colombia que para tener una casita propia hay que ganarse una medalla olímpica. Por lo menos eso es lo que pide todo el que gana una. Y el Presidente, olímpicamente, se la va a dar.

 

 

Carlos Castillo Cardona

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