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¿Quién puede resucitar a este muerto?

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Se sabe que alguien está enfermo cuando tiene fiebre, pero respira. Algo se puede hacer para mejorarlo. Pero cuando el cuerpo huele y rondan en el aire los mortecinos, ello es una muestra irrefutable de que esa persona está muerta. La democracia colombiana está fétida. Varias veces le han ungido el santo óleo de los enfermos sin lograr su salud completa. Hace unos días, la democracia, con todas las instituciones que la sustentan, parece haber recibido su requiescat in pace. Pero todavía es un cadáver insepulto.

Nadie da nada por nuestra democracia. El desastre político de las últimas semanas develó el tradicional juego sucio de nuestros tres poderes, no coordinados para hacer el bien, sino para lograr sus propios intereses. Decir esto es llover sobre mojado. Ante la democracia difunta, todos los colombianos, sus deudos, ya no creen en nadie ni en nada. Porque, finalmente, no se trata solamente de los tres poderes, sino del conjunto de instituciones públicas y privadas, que están armadas para aprovecharse de la gente.

Aquí se ha establecido, como en el resto del mundo, el principio de la utilidad económica por encima de cualquier otra consideración, pero haciéndole creer a la gente que las cosas son distintas, que los que gobiernan y negocian son pulcros, transparentes y exitosos. Para ello, cuentan con la maquinaria publicitaria, aquellos medios de comunicación sin ética, los correveidiles, los intrigantes y arribistas que aspiran a ser igual a ellos. El ejercicio del poder cuenta con el engaño, la compra de conciencias y el chantaje.

Pero estamos cansados de la corrupción, de los 'carruseles' de contratación, de los 'falsos positivos', de los contratos leoninos, de la letra chiquita, del nombramiento de amigos por encima de sus capacidades, del cambio de oro por espejitos, de la abstracción de los mercados, de los monopolios, de la protección del Estado para los que no la necesitan, y del abandono de los que necesitan de la solidaridad y la justicia.

Suena muy negativo esto que escribo. Quizás está basado en valores distintos a los dominantes y no acepta la realidad de espejismo que tratan de imponernos. Parece que ya nos llega la indignación mundial incipiente en contra de estos trucos de malabarismo, que son las ideologías de la globalización y del capitalismo salvaje. Colombia ha tenido una reacción general y unánime en estas semanas. Extraño para un país al cual se ha tratado de mantener ignorante, sin educación, manipulado por las telenovelas, el entertainment, los realities, las falsas noticias, la especulación sobre ellas, la propaganda oficial y privada. Todo ello bajo la sombra de la cultura narcotraficante. Se rebosó la copa. No es posible gobernar y ejercer acciones públicas basados en crear, mantener y mejorar la imagen. En póquer no es posible meter cañas toda la noche. Se pierde la credibilidad.

Ante este desastre nacional, hay que preguntarse quiénes y cómo pueden resucitar a la democracia. Surgirán muchos intentos mañosos. Habrá que desconfiar de nuevas constituciones, que buscarán eliminar los derechos o asegurar posibles reelecciones triples. Nuevos liderazgos proféticos se presentarán, tal como pide un nuevo columnista en estas páginas.

De nada servirán los movimientos guerrilleros que se nutren del narcotráfico y el secuestro. Hay que horrorizarse ante posibles alianzas de políticos con paramilitares abiertos o encubiertos. Más aún, todo el que se presente como resucitador debe ser visto con recelo. ¿Será posible que las masas colombianas, hoy social y políticamente desorganizadas, puedan sacarnos de esta muerte? ¿Se puede creer en la capacidad de construcción de las redes sociales, más allá de difundir mensajes y alarmas? ¿Quién dirá: "Lázaro, despierta y anda"?

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