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Reflexiones sobre el poder que se disfraza de lisonjas

Carlos Castillo Cardona. Columnista de EL TIEMPO.

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A propósito de la posesión del presidente Uribe, dice que el mandatario sabe que puede ser cambiado por los mismos cacaos que lo entronizaron.

El jefe visible y los invisibles

La sombra detrás del poder

Al que acaban de posesionar tiene esa angustia, inherente al cargo.

La posesión del lunes, con tanto apretón de manos, me recordó algunos párrafos de sir James G. Frazer, en su libro La rama dorada. Allí se describe que en Camboya se obligaba a reinar a los reluctantes sucesores de los reyes del fuego y del agua, y que en la Isla Salvaje se acabó la monarquía porque nadie pudo ser inducido a aceptar la distinción.

En ciertas culturas del occidente africano, la familia encerraba y ataba inmediatamente a la persona que había elegido en secreto para suceder al rey muerto. Solo la soltaban cuando abandonaba su renuencia y aceptaba la corona que identificaba al soberano de su pueblo. Alguno de esos herederos encontró los medios para resistirse a la coronación, y parece que era muy conocido el caso de un feroz jefe que permanecía permanentemente armado para evitar que lo sentaran en el trono.

Según Frazer, no siempre se busca reinar. Ni siquiera se desea.
En varias culturas, el rechazo a gobernar se explica por los grandes riesgos y dificultades que son inherentes al cargo de jefe.
En Sierra Leona, por ejemplo, los que elegían a su rey se guardaban el derecho de darle una paliza la víspera de su coronación, lo que hizo que muchas veces el monarca no sobreviviera mucho tiempo después de asumir el poder.

Es por eso por lo que los más fuertes y los mejores no están al frente del poder. Se mantienen en la sombra y toman las decisiones últimas y más importantes para que las ejecute el jefe visible. El poder invisible resulta ser el real, el último poder.

La idea de que los mejores están detrás del trono debe repercutir en las inseguridades del soberano. La razón es sencilla: él sabe que no puede ser superior a cualquiera. Pero el mandatario recuerda el rencor que lo atormentó cuando él era subalterno.
Tuvo los mismos sentimientos de excelencia, pero los ocultó para evitar los celos peligrosos de su jefe. Disfrazó sus sentimientos con lisonjas. Ahora recela de todo elogio, toda venia y toda sonrisa. Provienen de aquellos a los que corroe la idea de ser mejores. El mandatario sabe que puede ser cambiado por los mismos cacaos que lo entronizaron. Encontrarán a otro más dócil.

Por lo tanto, alguien espera su turno en la sombra. Eso es todo.
Pero no se resigna. La desconfianza crece como hierba mala en su alma. Sabe que no puede dormir tranquilo. Repasa las innumerables traiciones que recorren las obras de Shakespeare, y sus pesadillas siempre tienen a un Yago que, por envidia y codicia, trama una estrategia para lograr su desgracia, su caída y su ruina.

El soberano sabe lo vano de sus esfuerzos ingentes para lograr alianzas y uniones, con la extorsión o el halago, por la razón o por la fuerza. Cuanto más amplio sea el número de sus seguidores, mayor será la posibilidad de reclutar al enemigo. A ese enemigo, el peor de ellos. Al que le da la mano y prebendas. El que no está afuera. Al contrario, es el monstruo del monstruo. Está inserto en el Leviatán. Es aquel que no puede ser identificado. Ni por el soberano ni por los sistemas de seguridad, tan penetrables, tan dispuestos a la traición. Por eso es el más temible. Aquel que algún día lo derrocará, solo por creerse superior, en este momento transita por el país, circula por las instituciones, recorre incesante los corredores de palacio, entra libremente a las oficinas y habla con los funcionarios para ganarse la confianza de todos, desarrollar su carisma y aunarlos para su causa. Causa fundada en la traición. Como el soberano no sabe quién es el judas, sospecha de todos y eso aumenta más su debilidad. "¿Ya le habré dado la mano?"

Al que acaban de posesionar por segunda vez tiene esa angustia en el rostro, inherente al cargo. Tiene una sonrisa tímida. Sabe que le llegan noches enteras sin pegar los ojos, pues el enemigo acecha. Y en la terrible soledad del poder, causada por su desconfianza, comprende que su enemigo no es la oposición.

Usted también lo sabe. ¿O es que usted se siente inferior a su jefe?

Carlos Castillo Cardona

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