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Carlos Caballero Argáez

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¿Por qué votan los obreros italianos por Berlusconi?

La semana anterior dictó una conferencia en la Universidad de los Andes Giovanni Levi, un famoso historiador italiano. Su campo de investigación ha sido la microhistoria, el estudio del cambio político, social y económico en los pueblos italianos en el siglo XVII.

El historiador que se dedica a estos estudios observa con lupa la manera en la cual la vida cotidiana de un grupo de personas va modificándose y, con ella, la estructura económica, social y política de un pueblo. En su libro La herencia inmaterial, Levi lo hace describiendo la relación entre la comunidad y el líder político local, en una población del piedemonte italiano llamada Santena.

Desecha las generalizaciones que imponen los esquemas ideológicos externos y se concentra, más bien, en reconstruir la vida cotidiana con base en documentos de la época encontrados en las notarías, en las iglesias y en los diarios o memorias de algunos pobladores, para desentrañar las relaciones de poder en esas sociedades.

Pero, bueno, lo que interesa es comentar que en el curso de la charla sobre la crisis actual de la historia como disciplina, Levi soltó la perla de que en Italia los obreros votaban por el primer ministro Berlusconi. Una gran sorpresa. Ciertamente, uno no esperaría que Berlusconi represente los intereses de los obreros. Por eso, al terminar la presentación del académico vino la pregunta obvia de un asistente: ¿Por qué los obreros italianos votan por Berlusconi?

Levi basó su respuesta en la relación entre la comunidad y el líder político, un tema de "antropología política" en el cual, desde luego, no soy experto. A mi entender, sin embargo, la adhesión de una comunidad a su líder depende de una identificación con actitudes y comportamientos del mismo líder, que reflejan la cultura de un pueblo. Una cultura formada, en el caso de Italia y en el de buena parte de los países de América Latina, por la influencia histórica de la Iglesia y del Estado.

En Italia no hay respeto ni por las instituciones ni por las leyes. Se legisla en exceso y se cambian las normas frecuentemente para acomodarlas a las circunstancias. Esta condición es inherente a los líderes y a sus seguidores; al conjunto de la sociedad y al individuo particular. Por esto, el obrero ve con buenos ojos que Berlusconi modifique las reglas del juego y no le importa si lo hace en su propio beneficio. Curiosamente una noticia de prensa del viernes ('Nueva jugada de Berlusconi', EL TIEMPO, 13 de noviembre de 2009) informaba que el Primer Ministro ha planteado una reforma legal para lograr que dos juicios en su contra por corrupción prescriban rápidamente y, de esta manera, salvarse de la justicia. Un gran irrespeto a las instituciones que, sin embargo, no lo tumba sino que, por el contrario, tendría la aprobación de buena parte de los italianos.

Es, guardadas proporciones, lo que nos ocurre con la segunda reelección del presidente Uribe. A los colombianos parece tenerlos sin cuidado el cambio de las reglas constitucionales; se identifican con un líder que no hace otro oficio que trabajar, que está en todas partes, que interviene hasta en los asuntos más nimios de la administración pública y que busca imponer su voluntad sobre las normas y las instituciones, sin importar si eso es lo más conveniente para la sociedad en el mediano y en el largo plazo.

La idea de que las reglas son para acatarlas y no para acomodarlas a las circunstancias del momento no forma parte del disco duro ni del Presidente ni de los colombianos. Por lo mismo, resulta difícil atajar la reelección. Lo único que podría lograrlo sería, tal vez, un concepto negativo de la Corte Constitucional. Que, de seguro, no caería nada bien entre los colombianos.
Ojalá esté yo equivocado. Porque no sería de extrañar que si los obreros italianos votan por Berlusconi, los trabajadores colombianos lo hicieran por Uribe y ayudaran, con sus votos, a reelegir, otra vez, al Presidente.

Carlos Caballero Argáez

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