Vaya manera de curar

Vaya manera de curar

La realidad es que no tenemos planes de ordenamiento ni de desarrollo urbano.

12 de julio 2017 , 12:00 a.m.

Mi amigo Pacho, a quien poco veo pero conozco de larga data, es un connotado urbanista. Me dicen que, desesperado, seleccionó de su biblioteca particular los libros de su profesión para hacer una pira en la plaza de su ciudad, en contra de los curadores urbanos. Para él y para muchos de los que piden licencias de construcción, los curadores urbanos son los enemigos de la ciudad, de su normal desarrollo y de la calidad del espacio urbano. No hablemos de honradez. Las curadurías, entidades que son privadas pero se deben a lo público, fueron creadas para acabar con la corrupción, según decían los defensores del adelgazamiento del Estado.

Dicen que las curadurías no son transparentes. No lo puedo afirmar. No tengo pruebas. Pero, al igual que mi amigo Pacho, solo puedo constatar las arbitrariedades de las obras que aprueban los curadores. Debo sufrir, como cualquier ciudadano consciente, el descalabro de nuestras ciudades, donde se construye todo lo que se quiere, como se quiere. Es verdad que existen normas urbanísticas, siempre han existido. Hoy, casi todo parece regido por los POT que las administraciones preparan y los concejos aprueban. Después siguen las elaboraciones de los planos parciales para cada una de las áreas o zonas de la ciudad.

Sin embargo, los planes, concepciones imperfectas de los seres humanos, dan amplios márgenes de interpretación, desviación, ajuste y, por supuesto, violación. Parece ser que eso es lo que nos rige. Ya Jairo Mesa, encargado de la Supernotariado, afirmaba que en julio se “metería en cintura” a los curadores. Habló de concurso de méritos, ante la pregunta de las influencias políticas en la elección de curadores. Salvó la cara al decir que el nuevo nombramiento del curador del edificio Space de Medellín no fue hecho por él.

Es sorprendente que muy pocos, poquísimos, se preocupen por lo que todos somos: los peatones

La realidad es que no tenemos planes de ordenamiento ni de desarrollo urbano. Y a lo que el curador no llega, el alcalde lo improvisa. Cada nuevo alcalde llega con propuestas estrambóticas, o de reformas sacadas de su magín, o de acciones que echan por tierra lo hecho por el alcalde precedente. Las prioridades varían: unos se preocupan por la rápida circulación de los automotores; otros, por las zorras que invaden la calle; otros, por generar ciclovías; otros, por echar a los vendedores ambulantes que estorban el comercio formal; otros, por restringir el parqueo en las calles.

Pero es sorprendente que muy pocos, poquísimos, se preocupen por lo que todos somos: los peatones. Nosotros, con o sin carro, con o sin bicicleta, con o sin patines, somos peatones. Pues bien, no hay peor espacio en la ciudad de Bogotá que el andén. Es el olvidado de los alcaldes, el objeto de la apropiación de propietarios de casas, de comercios, de vendedores ambulantes, de motos, bicicletas y bolardos. Los andenes no tienen norma de rasero, cada casa tiene el nivel que quiere, con el material que quiere y la pendiente que le provoca. Los andenes tienen la depresión para que entren los caros al garaje. Los peatones tienen que hacer el esfuerzo.

Mis vecinos rehicieron su andén para que parquearan sus visitas en lo que era antes el antejardín. De esos que embellecían la ciudad con plantas y flores. El andén quedó con una pendiente de 18 por ciento, lo que hace que los peatones pasen ladeados, como cayendo. Pregunté cómo habían logrado la autorización. Me contestaron que la curaduría había dicho que ellos no eran responsables de los andenes.

Pero mi amigo Pacho no es Savonarola. Decidió donar sus libros de urbanismo a la biblioteca Rogelio Salmona con la esperanza de que los nuevos arquitectos sepan lo que es una ciudad, después del desastre que quedará de las nuestras.

CARLOS CASTILLO CARDONA

Columnistas

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