Un trisito más

Un trisito más

El Estado ha quedado sin dientes y sin garras. Es un cadáver político. 

07 de febrero 2018 , 12:00 a.m.

Hace un tiempo teníamos un Estado, y era fundamental para nuestras vidas. Era el verdadero poder, independientemente de si se trataba de una aristocracia, dictadura o democracia. Con separación de poderes o sin ella. El Estado dictaba leyes, administraba la cosa pública y repartía justicia. El Estado-Nación se constituía con un territorio, una lengua y un gobierno. Se suponía la cesión de parte de nuestra individualidad para que el Estado protegiera nuestros derechos, nuestras vidas y nuestra propiedad. El Estado era responsable de mantener el orden y era el único que podía hacer el uso legítimo de la fuerza. Según Hegel, el Estado representaba algo así como la concreción de la idea, del espíritu, lo más alto que uno pueda concebir. Tal vez, una enrarecida idea de dios. Vaya uno a saber.

Pero ¿qué quedó de todo eso? Como resaca de la discusión de que el Estado solo debería “dejar hacer y dejar pasar”, en el último tercio del siglo pasado comenzó el ‘adelgazamiento’ del Estado en la vía de su destrucción. Todos los argumentos del trasnochado liberalismo cobraron vida en el neoliberalismo.

El Estado resultaba ser un estorbo para el crecimiento económico, para el intercambio entre las naciones, para el desarrollo del capital, que requería de una tabla rasa para desarrollar sus negocios, sin las trabas de las regulaciones y controles. La crisis de los 80, causada por el incremento excesivo de las deudas de los países, facilitó la liquidación del Estado. Entre nosotros, se unieron globalización y privatización.

Los países ricos se han hecho más ricos y más pobres los países pobres. Lo mismo ocurre en el interior de los países en donde cerca de un tercio de sus poblaciones no pueden superar la pobreza.

Las empresas del Estado protector se privatizaron a favor del mejor postor. Cayeron las empresas de servicios públicos, de la comunicación, del sector industrial del Estado y su capacidad constructora. Se recurría al argumento fácil del excesivo número de empleados públicos y de la voracidad de los sindicatos. La resistencia que se opuso a la privatización fue débil en todo el mundo. De buena o mala fe, políticos y académicos favorecieron el debilitamiento del Estado, que no se limitó a lo económico, sino que abarcó los sectores de la salud, de la educación y de la protección social en general.

La consecuencia de este proceso, traumático para muchos y muy beneficioso para unas minorías, ha sido la alta concentración de la riqueza y del ingreso. Los países ricos se han hecho más ricos y más pobres los países pobres. Lo mismo ocurre en el interior de los países en donde cerca de un tercio de sus poblaciones no pueden superar la pobreza. El Banco de la República de Colombia resalta un deterioro de la distribución del ingreso en los últimos 20 años.

Por lo tanto, no es casual que políticos, jueces y administradores públicos hayan entrado a saco a las arcas públicas a través de ingeniosos artilugios de corrupción, guiados por poderosas multinacionales y por el ingenio nacional.

El Estado ha quedado sin dientes y sin garras. Es un cadáver político. Los individuos hemos quedado en manos de los explotadores. Tenemos servicios mucho más caros, especulación en el comercio, en la construcción y en los productos de consumo. Más inseguridad. Las acciones de paz las discuten los que se benefician con la guerra. El territorio nos es ajeno. El Gobierno se somete a presiones externas. No hay control eficiente. No nos protegen.

Solo un poquito, un tris de Estado, por favor. Un tris es una porción muy pequeña, pero si no pueden, que sea un trisito, un nanopedazo de Estado. No es prácticamente nada, pero es mucho más que la protección que tenemos. Necesitamos ese minimum minimorum. ¿No se han dado cuenta los candidatos presidenciales de ahora? ¿Será que les conviene la ausencia del Estado? ¿Temen oponerse?

CARLOS CASTILLO CARDONA

Columnistas

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