Pudo ser un milagro

Pudo ser un milagro

Excelente acuerdo y pésima campaña. Pero yo acepto el dictamen democrático de las urnas.

04 de octubre 2016 , 05:46 p.m.

Si algo queda claro en los resultados de la votación de este plebiscito, es que el país les ha vuelto a dar la espalda a las víctimas de estos 52 años de guerra. Hemos visto, algunos con asombro, que el Sí fue mayoritario en las áreas y lugares del país donde se ha sufrido, con la mayor pobreza, la crudeza de la guerra. Ya algunos lo habían dicho: los que no sienten la guerra, y que seguramente se benefician de ella, estarán con el No en el plebiscito. Y lo estuvieron. Los pobres han sido forzados a pelear la guerra.

Esta es la oportunidad fallada para llegar a una mejor Colombia. Lo que viene es impredecible. No lo saben los directores del Sí ni los directores del No. Creo que a los dos los tomó por sorpresa. Pasarán semanas, quizás meses, antes de que se encuentre un rumbo claro.

Debemos reflexionar sobre lo ocurrido. En las campañas del plebiscito hemos visto toda clase de conceptos erróneos. El centro no declarado del debate no ha sido la paz de los colombianos, ha sido la utilización de la votación por el plebiscito como un instrumento político. Pero no de alta política. Ha sido de la baja: del asalto al poder, de la puja por saber quién es más fuerte, de la imposición ideológica. Todo esto, por encima del país, del bienestar y del futuro. La confrontación ha demostrado que no importa la tranquilidad, que hemos vivido décadas explotando el miedo, la violencia y el autoritarismo.

Es paradójico, teniendo en cuenta el origen marxista de todo esto, que el proceso de estos últimos cuatro años no ha sido la revolución, sino la adaptación. Si se mira bien, es la lucha constante que relata la historia colombiana entre la modernidad y el estancamiento social y económico. Parece simple, pero me recuerda los intentos de modernidad de López Pumarejo, mitigados por Santos; los de Carlos Lleras, desbaratados por Misael Pastrana. No eran revolucionarios, pero querían avanzar. No era mucho más.

La negociación llega a un acuerdo que está muy lejos de lo que puede ser una transformación social y económica del país. El jefe negociador tuvo razón cuando dijo que ese era “el mejor acuerdo posible”. Era el mejor para el país actual. Si alguien lee las casi 300 páginas del acuerdo, se dará cuenta de que es muy poco lo que la guerrilla logró. Santos ya lo dijo, “no negociamos políticas”. En la ceguera de los oponentes a los acuerdos, no supieron que otros países que han hecho acuerdo de paz han entregado vicepresidencias, cuatro ministerios, treinta por ciento del parlamento y el solo perdón, sin cárcel.

Excelente acuerdo y pésima campaña. Pero yo acepto el dictamen democrático de las urnas. Con huracán o sin huracán, con voto oculto o sin él, con la tergiversación de la verdad o sin ella, con ventaja mínima o máxima. Esas son las reglas del juego, que no sé si las hubieran aceptado los que ahora han triunfado. No importa. Pero desde este anonadamiento en que me encuentro, acompañado de los países y la prensa extranjera, me pregunto qué sigue. Y creo que la pregunta se la hacen ambos bandos. La sorpresa de la derrota fue igual para los que perdieron como la sorpresa del triunfo para los que ganaron. No hay plan B y estamos dando palos de ciego.

No creo ver a Uribe, sus mediocres energúmenos, el exprocurador y José Galat sentados en una negociación con las Farc, que piensan que han dado todo lo que pueden dar o lo que han prometido. Los unos, exigiendo todo y los otros, ofreciendo nada.

Quisiera que las cosas no fueran así. Pero así son. Sé que no hay que cejar en la búsqueda de la paz. Pero me angustia saber cuánto hay que esperar para dar ese primer paso, pasito, como el que el país iba a dar el 2 de octubre.


Carlos Castillo Cardona

Columnistas

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