Al bajar la cabeza

Al bajar la cabeza

Que valga más el desempeño político en beneficio de los otros que el nepotismo. Que política sea el dar y no el recibir.

01 de noviembre 2016 , 05:22 p.m.

Después de oír los apoyos para la paz de tanto jefe de Estado, de tanto extranjero, de tanto colombiano sorprendido, uno no tiene más remedio que agachar avergonzado la cabeza. Y uno se da cuenta de que ya era hora de volver a la cruda realidad. Vivíamos en la ilusión de un futuro paradisíaco, de una armonía entre compatriotas que muchos colombianos no han vivido. Pero, a partir del 2 de octubre hemos vivido con las consecuencias de la ducha fría para los partidarios del Sí, y del sabor agridulce para los partidarios del No. El país estaba orientado y programado para el posconflicto. Fueron meses de preparación psicológica para imaginar lo que debía llegar, y no llegó.

Los que estaban contra el acuerdo, y suponían que iban a ser derrotados, pensaban más en cómo emprender campañas políticas. Tendrían que ir de pueblo en pueblo, de barrio en barrio, para desprestigiar el acuerdo y al Gobierno. Pero su propósito real sería ganar las elecciones siguientes para desbaratar el andamiaje legal que sostendría el acuerdo. Pero no es menos triste el otro lado. Los que deseaban y esperaban el Sí fincaron el futuro en todo lo que habría que hacer en el posconflicto: imaginaron presupuestos, reformas, restituciones, entrega de armas, cursos y abrir espacios de empleo. También, por qué no, prepararse para unas elecciones cuyos resultados no desbarataran los acuerdos.

Ante el plebiscito inesperadamente adverso o inesperadamente favorable, ahora sí, con la cabeza baja, los dos bandos parecemos estar en el baile de san Vito. Golpes erráticos, insuficientes, sin claridad y, casi siempre, sin la esperanza de otra oportunidad para lograr abrir la puerta de la paz. Todavía están interpuestos los intereses mezquinos que nos impiden llegar algún día a la tranquilidad y la justicia. Falta rumbo.

Ahora que tenemos la cabeza gacha, por la vergüenza o por el fracaso o por el engañoso triunfo, deberíamos meditar y actuar para buscar el país que logre establecer las verdaderas bases de la paz. Ir más allá de los acuerdos. Es decir, transformar las instituciones, los mecanismos y los procesos que nos han llevado o han sostenido la guerra entre colombianos. Para una verdadera paz cuentan más la causas que la destruyen que los acuerdos firmados. Es hora de que el país vea y pise el suelo. De que se transforme.

Que se cambien la estructura y los mecanismos económicos que generan la desigualdad y la injusticia social de Colombia. No puede seguir como uno de los países de mayor desigualdad del continente. En nada ayudan el monopolio y la colusión; tampoco, la desigualdad salarial, la desprotección del trabajo, la marginalidad, el contrabando y la corrupción económica; mucho menos, las normas y licencias que favorecen a los empresarios sobre los consumidores.

Que se cambien la estructura, los mecanismos y las formas de la justicia. La impunidad es un mal que permea nuestra justicia. Todo parece orquestado para proteger a los que delinquen: la acumulación y la dilación de los procesos, la corrupción y la intromisión política en el ejercicio de la justicia.

Que se cambien la estructura, los mecanismos y las formas de la desigualdad social, de discriminación, de sexismo. Que tengamos alta calidad educativa que nos permita ser demócratas.

Que cambien la estructura, los mecanismos y las formas de la política. Que los partidos tengan programas, más que personalismos. Que la participación de la gente sea efectiva, eficiente y calificada. Que valga más el desempeño político en beneficio de los otros que el nepotismo. Que política sea el dar y no el recibir.

Sin la transformación que rompa la desigualdad, nunca habrá paz.


Carlos Castillo Cardona

Columnistas

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