El libro como deseo

El libro como deseo

La escritura no solo actúa como una forma de escapar a la muerte, sino que es un conjuro contra ella

29 de abril 2017 , 12:00 a.m.

El libro físico resurge frente al digital. Los pronósticos de que el libro digital iría arrinconando al de papel han fallado: hoy, 8 da cada 10 lectores lo hacen en físico. De seguro hay muchas explicaciones, pero una de ellas es que el libro de papel es un objeto precioso que se deja sentir, se puede oler, tocar, guardar y sacar cuando se antoje. Toca algo profundo del ser de los lectores, no solo por el tema sino como objeto mismo.

Lo rodea su naturaleza fetiche. Esta palabra es de por sí reveladora: viene del portugués feitiço, pero en español se trastoca con hechizo. Originalmente, escribió T. Sebeok, el “término fue aplicado a cualquier objeto usado por la gente de la costa de Guinea y regiones vecinas como amuletos y otros objetos de encantamiento o recordados por ellos con temor supersticioso”.

En psicoanálisis se ha relacionado con duelo y con la muerte para manifestar lo que se quiere mantener para ayudar a vivir, desplazando un sentimiento a un objeto. Especie de talismán, alejar el peligro, borrar la mala suerte. Y esto sí que lo hace el buen libro: ayuda a vivir. La escritura no solo actúa como una forma de escapar a la muerte, sino que es un conjuro contra ella. Y quien lee participa de este ritual profundo. ¿Quién no se ha desesperado porque no encuentra un libro que leyó en algún momento?

Como objeto, se estaba perdiendo debido a “su excesiva industrialización” (El País). Así que hacerlos más hermosos, tentadores, hace que se enganche con su condición fetiche y que los lectores lo quieran poseer. El libro como fetiche es un objeto de deseo, leerlo es su placer. Placer de abandonarse en un cuento, vivir encantado en todas la mentiras que sus autores de ficción se inventan. O para exigirnos en la razón y aprender de la ciencia o la filosofía.

La edición n.° 30 de la Filbo es un acontecimiento para Bogotá. En ese tiempo se ha hecho familiar, con niños a bordo, quienes juegan mientras se les introduce en los mejores hábitos de lectura. La Filbo ha de hacerlo para que no sea solo fiesta, sino debate. Porque el libro no puede quedar en su encanto del fetiche ni en la diversión o consumo: debe abrir al ciudadano a nueva ideas; también debe perturbar, debe ser un encuentro con nuevas palabras, que nos corran los límites de lo que se puede ganar porque se puede decir.

ARMANDO SILVA
ciudadesimaginadas@gmail.com

Columnistas

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