La independencia que no fue

La independencia que no fue

Mediación, diálogos y elecciones parecen ser la única salida de las crisis catalana y española.

14 de octubre 2017 , 11:17 p.m.

“De todas las historias de la Historia,
sin duda la más triste es la de España,
porque termina mal”.Jaime Gil de Biedma

A las 8 de la tarde del 6 de octubre de 1934, el presidente de la Generalidad, Lluís Companys, acompañado de su Gobierno de Esquerra Republicana (el partido que hoy cogobierna Cataluña), proclamó desde el balcón de la plaza de San Jaime, ante una multitud que lo aclamaba, “el Estado Catalán”, asumiendo “todas las facultades del poder”.

Aquella “República” duró apenas ocho horas. A las 6 de la mañana, las tropas del capitán general, Domingo Batet, recogieron en sus casas al Presidente y a sus ministros y los embarcaron rumbo al Penal del Puerto de Santa María. Por cierto que ambos, Batet y Companys, serían fusilados unos años después por el dictador Franco.

Dirigentes del Partido Popular, el que gobierna en España, anunciaron la misma suerte al presidente Puigdemont si proclamaba la independencia de Cataluña, que se había anunciado, y acordado en el seno del Gobierno catalán. Al final se produjo una confusa apelación al “derecho a ser independientes” y una “suspensión de los efectos de la declaración de independencia” para iniciar un diálogo “las próximas semanas”.

Una intervención que no ha satisfecho a nadie: por una parte, va a significarle a Puigdemont la retirada del apoyo de los más radicales (la CUP) y por otra, ha impulsado al presidente español, Rajoy, a iniciar la aplicación del artículo 155 de la Constitución, que significa la suspensión de la autonomía catalana en la práctica, salvo que en un plazo de cinco días nieguen expresamente sus dirigentes cualquier intención independentista.

El presidente catalán sabía que la proclamación formal de la independencia era un dislate: sin reconocimiento internacional, sin fuentes de financiación, con la mitad de la población catalana en contra, con un pesadísimo endeudamiento y partiendo de un referéndum de escasa validez, por la represión policial y la falta de garantías formales, que, a lo sumo, constituyó una movilización social.

Como señala el historiador Álvarez Junco, el origen de la identidad catalana se remonta en torno a mil años (cuando España no existía como tal), aunque el nacionalismo catalán como movimiento cultural y político se desarrolla a partir del siglo XIX. Pero, así como ha alcanzado un desarrollo importante en lo cultural y económico, Cataluña se ha sentido agraviada y ninguneada en muchas ocasiones históricas, fomentándose un sentimiento nacional del que supo apropiarse la derecha corrupta que representaba el partido Convergencia y Unió del convicto Jordi Pujol, para no ser barrido electoralmente por sus políticas neoliberales. Y que sigue gobernando hoy a los catalanes con el señuelo del independentismo.

Por su parte, el Partido Popular de Rajoy tapa con la bandera española su situación, con 800 cargos encausados por corrupción y todos sus tesoreros en la cárcel o procesados. Ambos nacionalismos, fomentados por los fanatismos españolista y catalanista de derecha, han conseguido partir a España: “dos masas soberbias, temibles, en expansión y capaces de ocupar las ciudades, listas para el choque civil”, según el analista Lluís Bassets.

La salida del conflicto no puede ser la mera represión, la humillación del pueblo catalán o el uso los tribunales. Hay que negociar para evitar el desastre. El problema es que los dirigentes actuales, Rajoy, que ha dejado pudrirse la situación, y Puigdemont, que se cree investido de una misión histórica y está “dispuesto al sacrificio”, pueden no ser los protagonistas adecuados ya. Afirmaba Felipe González estos días: “Como les pasa a muchos ciudadanos españoles, tengo dificultad para sentirme representado”.

Mediación y diálogos para un mayor autogobierno y nuevas elecciones que aclaren el panorama parecen ser la única salida sensata de las crisis catalana y española.

ANTONIO ALBIÑANA

Columnistas

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