Cataluña, a la deriva

Cataluña, a la deriva

El presidente saliente de Cataluña, Carles Puigdemont, no ha seguido el consejo del patriarca.

28 de octubre 2017 , 10:57 p.m.

Hace ahora justo 40 años. El último presidente republicano catalán, Josep Tarradellas, regresaba de su exilio francés a territorio español. El Gobierno de la transición democrática, que presidía Adolfo Suárez, pactó que encarnaría una nueva etapa de la autonomía de Cataluña, la que se vive hasta hoy. Tras presentarse triunfal en el balcón de la plaza de San Jaime, Tarradellas, político curtido, que había dirigido la industria de guerra en la España republicana, se reunió con los políticos que iban a secundarlo en el gobierno y la gestión de la autonomía catalana. Alguien le pidió que en principio les diera un consejo. La respuesta fue simple y sorpresiva: “Sobre todo, no hagan el ridículo”.

Está claro que el presidente saliente de Cataluña, Carles Puigdemont, no ha seguido el consejo del patriarca de la tribu. Durante dos semanas, ha tenido sometida a su comunidad y al resto de España a la incertidumbre y la zozobra. Cuando parecía, la pasada semana, que tenía preparada una declaración de “Independencia de la República catalana”, en virtud de unas leyes irregulares y de un referéndum, que no podía ser considerado más que una notable movilización popular, echó marcha atrás, y después de aplazar una hora el pleno del Parlament se limitó al pronunciamiento de intenciones independentistas que aplazaba “unas semanas”.

Al parecer, poco antes Puigdemont recibió un mensaje del presidente del Consejo Europeo, Donal Tusk, pidiéndole que frenara la máquina independentista después de hablar con Merkel y Macron.

Es una paradoja que Cataluña, que siempre ha presumido de ser más europeísta que nadie en España y que hasta hace poco confiaba en que Europa iba a apoyar la independencia, haya visto cómo le ha sido negada en las últimas semanas, por activa y por pasiva, su viabilidad como ente independiente de España. Y sin el soporte europeo, Cataluña sabe perfectamente que carece de cualquier viabilidad.

Despreciando las opiniones que en izquierda y derecha trataban de disuadirlo, Puigdemont cambió la propuesta conciliadora de unas elecciones anticipadas que podía impedir la anulación desde Madrid del autogobierno catalán por la “Declaración de una República catalana independiente”, ilegal e ilegítima, según el dirigente de Podemos, Pablo Iglesias.

Puigdemont ha dejado en la estacada a quienes se ofrecieron para hacer de medidores con el Gobierno central. El último, el presidente vasco Urkullu. Hoy nadie lo ve como un interlocutor fiable, más bien como alguien falto de seriedad, que se ha dejado mecer por las masas de jóvenes que lo aclamaban en la calle, después de amenazarlo si echaba marcha atrás. Jóvenes que tratan de ignorar que son víctimas de las políticas neoliberales que han llevado a cabo la Generalitat de Puigdemont y sus antecesores y que hoy los tiene distraídos con el señuelo de una independencia inviable.

A partir de ahora, Cataluña entra en una fase de incertidumbre y agitación callejera difícil de contener. En Madrid, el presidente Mariano Rajoy (derecha) vuelve a dominar los tiempos, lo más importante en política: ahora puede convocar las elecciones generales, las catalanas, hacerlas coincidir..., según le convenga.

Cinco años de nacionalismo han alejado a Cataluña de sus verdaderos problemas, la crisis económica en primer lugar. Durante los últimos meses han paralizado también la política española, fomentando enfrentamientos sin sentido. Es el costo del nacionalismo.

El escritor judío vienés Stefan Zweig, tras sobrevivir a las peores catástrofes del siglo XX, habla de “la peor de todas las pestes”: “el nacionalismo, que envenena la flor de nuestra cultura europea”.

ANTONIO ALBIÑANA

Columnistas

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