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De lejitos

Por: ANDRÉS HURTADO GARCÍA | 6:38 p.m. | 22 de Agosto del 2011

    Solitario, sí, solitario, he venido desde hace tiempo, por todos los escenarios que se me ofrecen, predicando los deberes de los niños y jóvenes, sin olvidar los derechos. Al contrario de la casi mayoría, que sólo habla de los derechos de los niños y no mientan sus deberes y por eso estamos como estamos.

    El tema, lo sé, es poco agradable para el Gobierno, los padres de familia y la sociedad, porque estos tres estamentos no están muy dispuestos, por no decir nada dispuestos, a asumir que los muchachos tienen también deberes.

    Estamos viviendo lo de siempre: que nos vamos a los extremos. Como hemos presenciado aquí y en todo el mundo los horrores que se han cometido y se siguen cometiendo con los muchachos, en materia de sexo, de explotación y abandono de todo tipo, entonces nos fuimos del otro lado. Y no se sabe qué es peor. El problema es delicado e hincarle el diente es asunto de mucha seriedad y todos prefieren dejar el asunto en manos de los educadores. Y por allí no es la cosa.

    Lo saben los educadores de muchos colegios que todos los días, todos los días, repito, deben presenciar lo que hacen los muchachos, lo que les viene en gana y no hay prácticamente forma de controlarlos. Si quieren, asisten a clase; si les da la gana, insultan a los profesores; hacen lo que quieren, envalentonados con sus derechos.

    El pobre educador, el único recurso que tiene es citar al alumno ante una autoridad superior, ya sea el coordinador o el rector, y allí se "concilian" las cosas. El alumno no es tonto, presenta excusas, promete y a la vuelta de dos días vuelve a las andadas. Y seguimos de conciliación en conciliación de parte del alumno y de tolerancia, paciencia, aguante y deje las cosas así de parte de los educadores. Y así está creciendo un porcentaje muy grande de muchachos en el país.

    Como los vientos pedagógicos soplan de afuera, de España, de otros países, quiero citar tres ejemplos para que se vea para dónde vamos.

    El director de un coro famoso de niños de Londres tuvo problemas porque al cuadrar a los niños para la foto de la carátula tocó en el hombro a una de las niñas para ubicarla mejor. Al salir, la policía lo citó por asuntos de posible pederastia.

    Un médico colombiano, amigo mío, visitó a sus dos hijos en Australia. Estaba tomando una foto en un parque de Sidney y el hijo lo atajó diciéndole: Papá, no haga esa foto porque allí hay unos niños jugando y se puede meter en problemas.

    Un educador español me contó hace 15 días que al salir de sus clases normales tres educadores fueron esposados por la policía que los esperaba y sin dejarles chistar fueron llevados a la comisaría acusados de pederastia. Allí todo se solucionó; unos alumnos descontentos habían llamado a la policía diciendo que los maestros los habían tocado. En efecto, los habían tocado al salir, poniéndoles la mano en el hombro para despedirlos. (¿Aquí también llegaremos a estas payasadas?)

    Hace un mes, en España, leí en la prensa la preocupación del gobierno y de la sociedad por el irrespeto generalizado de los alumnos a sus maestros. Dicen que este año lectivo el asunto será de máximo cuidado. ¿Apenas se da cuenta ahora España de esta verdadera tragedia educativa? No, la sociedad estaba ya cansada del asunto, pero siempre hay otros problemas "más importantes" que la educación de los muchachos. ¿Verdad, Colombia?

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