¡Que Dios le dé larga vida, presidente Santos!

¡Que Dios le dé larga vida, presidente Santos!

Yo no voy a perder ningún amigo por ningún político de estos. Ese es mi anhelo.

19 de mayo 2018 , 12:00 a.m.

Se pueden contar por millares la cantidad de veces que en los foros de este diario muchos foristas tildan al periódico como “enmermelado”, “sesgado”, “pasquín del Gobierno”, “la impresora de Santos”… en el mejor de los casos; mas, la posibilidad de comentar siempre ha estado abierta para todo aquel que quiera participar o hacer catarsis social en ese gran diván. 

En ocasiones, lamentablemente, según la noticia, los comentarios parecen extractos de mural en baño público. Pero, me corresponde, en este primer párrafo argumentativo, defender la libertad de prensa y opinión con responsabilidad y respeto que profesa el periódico; de lo contrario, yo hubiera sido uno de los primeros “censurados” desde que me opuse categóricamente al proceso de “paz” liderado por el actual Gobierno. Son exactamente treinta y ocho columnas que –si EL TIEMPO fuera tan “enmermelado” como lo afirman– jamás hubieran sido publicadas.

Hay frases, sentencias, alegorías, palabras claves; artilugios de la ilación y, muchos otros conceptos que he aprendido observando a los demás colegas; sobre todo, a los amigos que tengo gracias a esta tribuna, incluso, a algunos de ellos los admiraba cuando apenas hacía mi bachillerato y son de una lectura muy apreciada para mí. Pero hay una frase muy especial de Ricardo Silva que –si uno es lo suficientemente sensato para escuchar y aceptar argumentos– salva amistades y las preserva por encima de cualquier diferencia ideológica o conceptual: Yo no voy a perder ningún amigo por ningún político de estos. Ese es mi anhelo: que mis amigos, pese a las diferencias de fondo, sigan siendo mis amigos cuando terminen de leer estas líneas de hoy; de lo contrario, me afligirá, pero, considero, es mi obligación moral y categórica manifestar lo siguiente.

Que el tiempo otorgue nobles razones a quien le pertenezcan y que sepamos desmantelar también la magnitud de los errores.

Podría hacerlo como una columna esquemática de opinión con términos diplomáticos y periodísticos dentro de las buenas formas y el respeto, algo que me asfixiaría y luego me entablaré un juicio personal por desperdiciar el espacio con sosas palabras y mediocres ejemplos de escribano servil, de pacifista con salario y discurso memorizado. Recurro entonces –con el absoluto respeto que se merece el presidente Santos– a la símil y elocuencia de cierta analogía poética que no actuará como falso filtro para manifestar este milenario deseo de larga vida al rey.

Presidente Santos: pronto será el ocaso de su mandato y no quiero ser cruel recordando la acelerada prontitud del final que llegará para despojarlo del seductor poder que todavía lo cobija, pero sí le pido al Eterno las palabras justas para estas líneas, porque no soy un versado de buenos vocablos. Reitero lo de siempre, soy un abrupto seguidor de mis instintos; salto de felicidad como demonio con cada escabrosa palabra y soy muy visceral ante todo aquello que no considere justo.

Hoy, simplemente, le ruego a Dios que le dé mucha vida, presidente Santos, y que en ella le permita disfrutar con toda su familia muchos años de serenidad; asimismo, para que en tan longeva existencia, si usted así lo desea, pueda cuestionarse y responderse silenciosamente ante todo lo que muchos hemos escrito por sus inquebrantables intenciones de desarrollar el proceso de “paz” al precio que fuera; o sea, ¿saber si fue verdaderamente un acto de filantropía o, si por el contrario, fue una obstinada tentación de vanidad? Yo –personalmente–, a lo largo de su mandato, lo sentí muy acariciado por la jactancia de querer ser “el primero en lograrlo”, “el único” y le escribí algunas veces que quien a la pedantería rinde culto, debe saber que ella es capaz de todo: cegar el juicio, la razón y desterrar la conciencia.


Muchos, incluido Vargas Llosa, a quien admiro por la exacta métrica de sus textos y el rigor académico en su narrativa, ha vaticinado que, “a la larga, la historia lo reivindicara” a usted por haber llevado este proceso contra viento y marea. En su última columna manifiesta como un sorpresivo “inequívoco” de la historia contemporánea colombiana que –contra toda fórmula–, el No haya ganado en el plebiscito; sin embargo, el nobel de Literatura, tan acérrimo defensor de las democracias y crítico de las tiranías, no mencionó que usted, presidente Santos, faltó a su propia palabra, incumplió el sartal de promesas que firmó sobre mármol, nos hizo ver que el voto del plebiscito no tenía ningún valor comparativo ante sus decisiones personales, pero que sí podía llegar a equipararse con el valor actual de la moneda venezolana, ¡nada!

Lo siento mucho por Vargas Llosa, pero esta vez –para mí– sí se equivocó de punta a punta y argumentos me sobran, pero le daré el ejemplo que, poco a poco, abarca paulatinamente todos los desenlaces del proceso y que fue publicado precisamente por EL TIEMPO el primero de mayo: 'Mafia colombiana se tomó dos ciudades en España' http://www.eltiempo.com/justicia/conflicto-y-narcotrafico/mafia-colombiana-se-tomo-dos-ciudades-espanolas-211922. Es decir, ¿alguien que quiera viajar al extranjero desde Colombia podrá mostrar como “pasaporte” el Nobel de la Paz que ostenta el presidente? El nuevo “idilio” terrenal de “paz” tampoco es prenda de garantía en otros aeropuertos cuando se sabe de dónde viene el vuelo. Con todos sus defectos y virtudes, el pasaporte es un país completo y el documento colombiano tiene, además, ese enorme estereotipo de cocaína que nuevamente tiene tan inquieta a la Comunidad Europea por su vergonzosa proliferación y los asesinatos cometidos en suelo europeo. ¡Esa es la “paz” que nuevamente se exporta con el proceso y las casi doscientas mil hectáreas de coca que se multiplicaron gracias a lo olímpicamente firmado: la “paz”!

Que Dios le dé larga vida, presidente Santos. Que el tiempo otorgue nobles razones a quien le pertenezcan y que sepamos desmantelar también la magnitud de los errores para ser asumidos con total entereza y públicamente, como debería ser en su caso; no obstante, debemos ser aún pacientes sin menospreciar o ridiculizar la palabra del otro cuando puede llegar a ser una la verdad aplastante del mañana.

ANDRÉS CANDELA

Columnistas

CREA UNA CUENTA


¿Ya tienes cuenta? INGRESA

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.