No es 'el que diga Uribe', ni Vargas Lleras, ni Fajardo

No es 'el que diga Uribe', ni Vargas Lleras, ni Fajardo

El diablo tiene candidato con la vieja ecuación del tamal, el voto y la foto con el niño.

25 de octubre 2017 , 12:00 a.m.

“Aquí hay una obligación presente más larga que de costumbre”, me digo y le digo también a los editores de opinión. Es un deber que intenté pasar por alto con otros temas, no de menor plusvalía, pero sí de mi total agrado personal como lo son los libros y el rock. En estas líneas tengo vivo ese incomodo sentimiento que me condena con la política y también contra ella. No me puedo escapar; se me encona como un desafío. Soy muy consciente de mi propia desolación y mi temerario ardor –como en esta ocasión– por escribir contra todos los encantadores de serpientes que ya han comenzado a rifarse la corona del rey saliente.

Un trono dividido cuyo monarca de estampa pasa sin pena ni gloria al interior de sus dominios, pero bien despilfarrador con un orgullo bien hinchado por amaestrados aduladores, limacos y escribanos quienes, hasta que él suelte la corona, estarán ahí para hacerle creer que “era un buen rey”; luego, ¡hipócritas de turno y color político que no tuvieron problema en cobijarse con lo que jamás creyeron! ¡Eternos y aburridores pacifistas de honorarios que –por mera casualidad– ya comienzan también a pedir la cabeza del soberano que los engordó!

El diablo, en Colombia y de nuevo, tiene candidato con la vieja ecuación del tamal, el voto, la foto con el niño y todo lo que el país necesite escuchar, ellos lo dirán, lo prometerán; algo más fuerte que el mármol se inventarán para juramentar embustes y, la compra de almas –con ese derrotero de artimañas–, ya no tiene que sonrojarle a nadie. Por lo menos, en eso, tenemos que haber avanzado para ser más conscientes o tristemente más realistas.

Aquí, hoy, sin rock de fondo y con los libros en reposo, hay que escribir por los muertos olvidados, por los vivos sin voz ni tribuna que a lo largo del mandato se han engullido todos los vergonzosos y emplumados sapos de la inequitativa “paz” que, parece ser, solo existe en el reino imaginario de quienes la firmaron y se beneficiaron; no obstante, para los demás, no es más que una baratija incrustada en la orgullosa solapa del monarca, pero no alcanza para recordarle que el narcotráfico recobró su poder perdido gracias a la “arrodillada paz”. Aquí, hoy, hay que escribirles también a los vivos sin carácter ni criterio que cambian el voto por un tamal y posan orgullosos ante el “doctor” que les pide firma para avalar su intachable candidatura renacida justamente anoche o en la noche –después de la renuncia– pero con indudable personalidad angelical y un barniz de dulce temperamento capaz de hacerle creer al votante que sus labios en la vida han insultado, e inaudito imaginar que alguna vez han tratado a alguien de “gamín”.

Se equivocan de punta a punta quienes crean que por salir de la boca de Uribe lo tendrán todo en bandeja.

Muy espoleado prosigo en este desorden de ideas en el cual siempre escribo y si las ordeno, me condeno, me calcino o me ocurrirá lo mismo que a la mujer de Lot si miro las líneas de atrás. Y sé que no las tengo que mirar porque convivo con ellas muy presentes a la hora de escribir, incluidas todas mis manías: estoy obsesionado por la métrica de las palabras para que a la hora de encumbrar se sientan suspiros, el ritmo de cada frase debe ser vital; y sobre todo, la alegoría, y la tortura del adjetivo para que –aunque sea por un segundo– sirvan para amedrentar al político embaucador. Para que se sienta y sepa que está vigilado. “Y cuidado con las asonancias”, me advierto cuando la hoja aún está en blanco.

Se equivocan de punta a punta quienes crean que por salir de la boca de Uribe lo tendrán todo en bandeja; por el contrario, con su espaldarazo los puntos de comparación serán una inflación personal que estarán al orden del día para superarlo y así –les vaticino– se les irá gran parte del mandato haciendo creer que no son gobernantes en cuerpo ajeno; mas, el reto, para quien lo asuma y por encima del cualquier candidato, es más que interesante en todos los aspectos. Fajardo… grandes discursos de inauguración, pocas respuestas de explicación y si se dan es cuando su arrogancia lo permita, no cuando la sociedad se lo pida, verbo y gracia el chute de culpas con La Biblioteca España y ni qué decir de su administración en la Gobernación de Antioquia que terminó con enorme saldo rojo. Los números no mienten, profesor, usted más que nadie, como matemático, lo sabe, ¡¿no?! Humberto de la calle: asegura, luego desmiente, divaga entre lo firmado y lo real poniendo a las víctimas de las Farc en un vergonzoso plano tácito porque, ante todo, hay que cumplirle a las Farc; por último, casi como lema de campaña, él “no insulta”.

El resto –para mí–, políticos del mismo costal, creyéndose muy íntegros, pero todos, bajo la lupa, son de la misma ralea, el mismo pelambre, la desmesurada angurria por el poder que se “confraterniza” y se divorcia sin melindres en época de campaña.

Ahora bien, entre los que me interesan, me queda solo uno, ya no muy nombrado, casi perdido como si fuera parte del paisaje, un candidato que ya no sé si aún lo es, es una paradoja absoluta, la mejor de todas: Juan Carlos Pinzón, un ministro que –en mi opinión personal– siempre estuvo en camisa de fuerza y lo quiero escuchar ya sin ella.

Por lo demás, el diablo ya entró, ya escogió su candidato porque él sabe de sobra que será un excelente prometedor y “moralista” al interior del templo y en el atrio, ¡un político estafador, un perfecto embaucador!

P.S.: no he “escurrido el bulto” hablando de rock, simplemente quise descansar, pero aquí estoy.

ANDRÉS CANDELA

Columnistas

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