La dictadura del conformismo

La dictadura del conformismo

Nutrimos nuestros males con una pasividad que se manifiesta en el mundo virtual de las redes sociales, y en aquel dinámico mundo, que es intangible, muere.

02 de enero 2017 , 08:49 p.m.

Generalmente acostumbro en diciembre y enero un cambio de temática, meses de ‘columnas diferentes’, escritos con historias o libros que me gusta tratar y compartir; pero este año, este mes, tienen otra lectura: una obligación civil que no se debe pasar por alto cuando somos testigos de un alud cuyas falsedades caen atronadoramente, las mismas que antes habían sido ágilmente ataviadas como enternecedoras ‘promesas’ de una campaña presidencial que, además, fue salvada al final por una humilde mujer, quien, sin proponérselo, terminó siendo un oportuno flotador para los desesperados publicistas.

Enumerar esas promesas firmadas en tan blandito ‘mármol’ del actual Gobierno ¡repugna, ofende! Son incontables. Pero debo reconocer también que el tácito cinismo de los tribunos de la Unidad Nacional, como “estrategia de equipo” es –para mí– impecable: se ponen de acuerdo para aprobar leyes a la hora en que el pueblo duerme y los medios reposan. El ‘pupitrazo’ lo ejecutaron cuando todos los gatos son pardos, y así se reparten el vergonzoso ‘logro’ entre todos a medianoche, para ser luego felicitado en Twitter el 7 de diciembre por el propio presidente Santos, como si esto fuera un magno evento a favor de la sociedad.

Presidente Santos, dónde queda entonces la coherencia y la palabra presidencial, cuando usted mismo declaró en el debate presidencial de Citytv y W Radio que “no se debe aumentar el IVA ni el impuesto a la renta. Las reformas tributarias generan inestabilidad jurídica”, y luego lo ratificó en su cuenta de Twitter el 26 de mayo del 2010.

A renglón seguido: presidente Santos, ¿no se suponía que con la “paz firmada” habría más dinero disponible que se “despilfarraba en la guerra”?, ¿para qué la reforma, si ya se puede contar con el dinero de la ‘guerra’?

Santos perdió el plebiscito, ¡que no se nos olvide! Su premio Nobel fue puesto en entredicho por el ABC de España y puso bajo la lupa los intereses de la compañía petrolífera estatal Noruega Statoil y los diferentes contratos ejecutados desde el 2014. Y ni qué decir cuando el propio Presidente increpó a la periodista Karla Arcila por una pregunta acordada entre todos los periodistas sobre el mismo tema en la rueda de prensa del Nobel.

Ahora bien… que la sacrificada mermelada pueda con todo, ¡no es una novedad! Que –supuestamente– en cualquier democracia mayoría gana, ¡esto ya tiene matices de embuste en Colombia! Porque si hay contratos conyugales de por medio con Ecopetrol, entonces la magistrada de turno acepta sin sonrojarse la demanda contra el plebiscito.

El rosario de ejemplos es mucho más largo; no obstante, la pregunta de fondo es: ¡¿el colombiano –que se ufana internacionalmente de su bravura y viveza– es entonces tan borrego, lansquenete e inerte como para aceptar semejante ‘pupitrazo’ a medianoche, cuando había votado por una promesa que supuestamente le protegería sus ingresos de más impuestos?! ¡¿El colombiano trabajador acepta también que a su democracia se le aplique la falanga sin reparos con un Ejecutivo que se pasó por la faja los resultados haciendo uso de los ya reteñidos pacifistas de nómina?!

Es una imperdonable y triste vergüenza percibir desde lejos que en Colombia el problema no son los gobernantes que se afincan con elefantes como mascotas en el palacio de Nariño; la dificultad no radica tampoco en la personificación de quien quiere pasar por encima de unos votos ya escrutados para decretar una ’paz’ aún inexistente en medio de un narcotráfico rampante. El inequívoco radical en nuestra postura real, social y colectiva es: nutrimos nuestros males con una pasividad agrupada que solo se manifiesta en el mundo virtual de las redes sociales, y en aquel dinámico mundo, pero intangible, muere. Somos los responsables y somos ciegamente permisivos ante una especie de dictadura conformista en la cual se consiente sin chistar que el monarca de turno nos oprima según la brújula de sus caprichos.

Andrés Candela@Andrescandla

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