Del humor de Chaplin y Cantinflas al matoneo ramplón

Del humor de Chaplin y Cantinflas al matoneo ramplón

Hemos tenido muy buenos humoristas que, sin necesidad de insultos, han incomodado a los políticos.

15 de agosto 2017 , 12:00 a.m.

Ya parecemos estar en la primera fila del final de los tiempos para cerrar el telón de la humanidad mientras el mundo entero ha comenzado a ostentar unos líderes políticos que figuran como un chiste eterno.

Pulula una desbandada apocalíptica de narcisos bufones con poder y dinero sin ninguna brújula sensata para gobernar; abundan igualmente los oportunistas arlequines de la especie más oportunista que fue esparcida por la tierra en el último diluvio de ranas y roedores; otros –los más peligrosos– son los excéntricos humoristas ataviados de banda presidencial que –incluso– utilizan el equívoco intencional como la mejor de todas las cortinas de humo para que la gente ría ingenuamente, sin duda, de una maquiavélica “brutalidad” premeditada mientras ellos intentan pasar de largo ante la presión internacional.

Lo escribió también Ricardo Silva en su columna del 4 de agosto refiriéndose al baladí de todos los opresores grotescos del poder, Nicolás Maduro: “… da risa pero no es chistoso”. Muy cierto. Él es un enajenado insospechablemente peligroso al otro lado del Orinoco.

Menos mal, y por fortuna, Dios nos ha socorrido con ágiles lunfardos de sonrisas que supieron quitarle la careta a los déspotas y dictadores con tal armonía que sus actuaciones, discursos, gestos, palabras y mensajes se han convertido en un espejo atemporal de la verdadera sátira política, reflejo obligado para el temerario mimo que desee continuar destapando tiranos con una sola mueca repleta de esplendor; no obstante –como la anatema o advertencia para el parodiador–, no se debe olvidar que obligar al personaje a forzar una escena, hinchar la palabra real, fingida o escrita simplemente para ofender, herir y querer hacer creer que el público está ante una “innovadora” muestra de humor o pintoresca mofa política, ¡se equivoca de cabo a rabo!

Pulula una desbandada apocalíptica de narcisos bufones con poder y dinero sin ninguna brújula sensata para gobernar

No dejará de ser más que otra mortificación para el espectador y este –más temprano que tarde– se dará cuenta de que no había nada de divertido donde creyeron poder reírse y lo único que encontraron era lo de siempre: una burda maleza de insolencia y odio enconado que son bruscamente mimetizados bajo una falsa parodia política; preciso momento para que la vanidad y el rencor personal del humorista lo dibujen a él como una ramplona caricatura incapaz de superarse a sí mismo y a muchos más.

El problema de Chaplin no era hacer hablar a Charlot, nunca fue ese el objetivo. Su verdadero dilema era saber en qué momento lo haría para que el vagabundo no perdiera la magia de su mutismo, él se negaba rotundamente a tener diálogos como un incómodo recurso adicional, eran el camino fácil de la mediocridad sin esfuerzos en la escena pictórica; peor aún, si la palabra no estaba a la altura del gesto capaz de emocionar, entonces carecía de cualquier valor. Luego, en 1940… ¡Charlot habló para siempre! Y todo lo que dijo en el discurso final de ‘El gran dictador’, lo expresó también sin alocuciones ni palabras en el triunvirato de todas sus anteriores obras.

En el Libro ‘Mi vuelta al mundo’, de Chaplin, desvela unos suntuosos diálogos entre él y Winston Churchill con algunos anécdotas sobre ‘El gran dictador’, ya que el primer ministro siempre supo que dentro de los proyectos de Chaplin estaba interpretar a Dios, Napoleón y Hitler. Chaplin le confiesa que era ahí cuando el ingenuo humor del vagabundo tenía que encumbrarse parodiando al propio Hitler; mas, sin ningún atisbo de odios que se prestaran después para engrandecer el desmesurado orgullo del Führer. Eso era mejor que insultarlo, ofenderlo o injuriarlo.

No sé si el gran Mario Moreno ‘Cantinflas’ tuvo también como referencia el discurso de Chaplin, pero sí estoy convencido de que las graciosas y humanistas líneas finales del “Representante de la República de los Cocos”, en la película ‘Su Excelencia’, es otra irrefutable muestra de cómo el humor político con altura prevalecerá a lo largo del tiempo mucho más que la ofensa.

Ahora bien, Colombia también ha tenido muy buenos humoristas que, sin necesidad de vociferar como un enajenado enjaulado, sin teñir con amarga bilis la palabra y con mucha inteligencia, han hecho incomodar a gran cantidad de políticos; sin embargo, la libertad de prensa –aunque sea para hacer reír– tiene también unos linderos muy finos de ética y respeto, porque no tomarse el arte del humor muy enserio debería ser el peor de todos los delitos en cualquier nación para una humanidad que necesita reír, aunque sea de sí misma.

P. S.: Hablan, hablan y hablan hasta el cansancio de un país que merece la paz; pero olvidan la esencial frase de Benito Juárez citada por Cantinflas, también en su discurso final: “El respeto al derecho ajeno es la paz”.

ANDRÉS CANDELA

Columnistas

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