Adiós, ‘monsieur’ propietario

Adiós, ‘monsieur’ propietario

En Francia, el sábado transcurrió bajo luto nacional: se había apagado la voz de Johnny Hallyday.

13 de diciembre 2017 , 12:00 a.m.

Memorizaba las respuestas ante las posibles preguntas para que no se diera la posibilidad de otra pregunta que estuviera fuera de mi ‘libreto’ de entrevista de trabajo, y todo esto para que mi futuro empleador no percibiera mis falencias en la lengua de Balzac, pues ya con el acento dejaba mucho que desear.

Un día me llamaron para una entrevista y, por fortuna, logré entender la dirección del restaurante. Encontré el establecimiento media hora antes de la cita y me quedé afuera para memorizar nuevamente las respuestas de las supuestas preguntas; sin embargo, una inquietud se hacía cada vez más intensa: mi empobrecida y famélica hoja de vida como barman de máquina de café no daba para trabajar en el restaurante que tenía a solo diez pasos. Pero ya estaba allí, el lomo lo tenía muy acostumbrado a las negativas de otras entrevistas y aún necesitaba el trabajo.

Aquel hombre era mucho más que el ‘propietario’ del restaurante en el cual yo comenzaba a trabajar. Era una leyenda de la música nacional.

Empujé la puerta y entré… En el bar había un hombre de apariencia sencilla y roquera, pero tan perdido como yo en ese lugar. Él buscaba algo en medio de estanterías llenas con centenares de botellas de vino, yo dije “buenas tardes”, y él respondió con un caluroso “salut” (hola) que me relajó un poco. “Vine por el puesto de barman”, agregué de inmediato mientras él dejó de buscar lo que necesitaba y comenzó a mirar hacia el fondo del restaurante para ser socorrido de alguna forma, tanto en lo que necesitaba como en mi inoportuna llegada. “¿Qué haces en la vida?”, me preguntó mirándome mientras yo, mentalmente, buscaba la respuesta de una pregunta que no me esperaba tan informal. “Soy estudiante”, respondí, y a renglón seguido agregué: “También barman y sé muy bien cómo funciona esa máquina de café”, la señalé. “Aquí hay mucho más que café por hacer y…” “¡Aprendo rápido!”, corte rápidamente para darle a entender a aquel hombre que necesitaba el trabajo. Sonrió y, por último, me preguntó: “¿Sabes quién soy?”, “el propietario, ¡¿no?!”, “sí… claro, el propietario. ¿Puedes comenzar esta misma noche?”, me preguntó ya con la sensación de alguien que disfrutaba bastante ‘la entrevista de trabajo’.

Comencé esa misma noche y entonces me di cuenta de que ni para la máquina de café que tenían en aquel lujoso restaurante yo estaba calificado, no tenía ni los tres años que se exigían como barman de etiqueta; no obstante, el ‘propietario’ me había contratado, y ante eso, los demás tenían la obligación de aceptarme y enseñarme. A esta altura debo aclarar que nadie lo hizo por obligación, y durante los años que trabajé en restaurantes nunca había tenido personas tan gentiles a mi alrededor.

Días después en casa, frente a la televisión, con mi hermana, me di cuenta de que aquel hombre era mucho más que el ‘propietario’ del restaurante en el cual yo comenzaba a trabajar.

* * * *

Quién creyera que ya han pasado un poco más de diez años desde aquel momento, el cual he recordado esta semana con todas las precisiones de una película vista más de cien veces, me lo han recordado también mis amigos, familia e incluso colegas en la sala de profesores que conocen esa época de mi vida. Podría recordarlo también –como todos los franceses– por su legado musical y su nacimiento como leyenda desde su muerte el lunes 4 de diciembre en la madrugada; pero, por gratitud, prefiero y anhelo recordarlo más por su amabilidad que impartía como órdenes para otorgarme un sinnúmero de facilidades en los horarios de trabajo que me permitían preparar los exámenes de la universidad.

* * * *

En Francia, el sábado transcurrió bajo el luto nacional, y no era para menos: se había apagado la voz de Johnny Hallyday, con más de cuatro décadas de carrera musical y cinematográfica; es decir, como lo tituló ‘El País’ de España, ‘Francia llora la muerte de su Elvis’, y la llorará por mucho tiempo. Yo, por mi parte, no olvidaré que en la lista de tareas diarias del bar algunas veces encontraba una ‘P. S.’, “jugo de limón exprimido”, esa era la orden tácita, la clave para saber que el propietario vendría a relajarse en su restaurante y a preguntarme cómo iban los estudios.

ANDRÉS CANDELA

P. S.: “Mi casa no será el palacio de un gran rey, yo la habré construido solo con mis manos…” “Si j’étais un charpentier”, Johnny Hallyday. 

Columnistas

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