Reminiscencias de la Guerra Fría

Reminiscencias de la Guerra Fría

En este escenario aparece Trump, con un estilo ajeno a la tradición presidencial de EE. UU.

08 de junio 2017 , 12:00 a.m.

Finalizada la Segunda Guerra Mundial con el triunfo de las fuerzas aliadas sobre la Alemania de Hitler, de las cuales hizo parte la Unión Soviética, se convocó una reunión de los grandes líderes en el balneario de Yalta, en el mar Negro, en la que participaron Roosevelt de los Estados Unidos, Stalin de la URSS y Churchill de Inglaterra, con el propósito de trabajar en un nuevo reordenamiento geopolítico mundial.

El gran ausente fue el general De Gaulle, sobre cuya presencia Stalin se opuso, con el argumento de que Francia no fue potencia triunfadora sino liberada por las fuerzas aliadas. Pese a lo anterior, Rooselvelt y Churchill sugirieron entonces contar con la opinión del santo padre, a lo cual de manera insolente e irónica Stalin preguntó: “¿Y cuántas divisiones tiene el Papa?”.

Con un Roosevelt enfermo, y pese a la lucidez y gran visión de Churchill, se impuso el apetito expansionista de Stalin, quien sostuvo que los aliados podían imponer su sistema en los territorios a los cuales hubieran llegado sus respectivos ejércitos. De allí emergió la llamada Guerra Fría, o confrontación este-oeste, con dos bloques de países liderados por EE. UU., con un sistema económico de libre mercado, propiedad privada e instituciones democráticas, y la URSS, con una economía estatista o centralmente planificada, y una organización social y política sustentada en la ‘dictadura del proletariado’ con base en el aparato del partido comunista, que era el partido único.

La reconstrucción de Europa fue el primer gran escenario de confrontación y emulación de esas dos concepciones de la economía y la sociedad, con la puesta en marcha del Plan Marshall por parte de EE. UU., y con la réplica de su esquema de los planes quinquenales estatistas que impuso la URSS en su zona de influencia o ‘países satélites’.

Un segundo escenario lo constituyó el proceso de descolonización que se inició al amparo de la carta de Naciones Unidas, principalmente en países de África y Asia, en donde la URSS ganó gran preponderancia e influencia mediante el apoyo y estímulo a la lucha armada de los procesos independentistas. Simultáneamente, un importante grupo de líderes nacionalistas, Nehru, Tito, Nasser y Sukarno crea el grupo de los países no alineados, cuya intención manifiesta era procurar un modelo alterno de desarrollo sin interferencias de los dos bloques en pugna.

En ese contexto, el modelo socialista llega a América con la Revolución cubana, lo cual exacerbó los niveles de confrontación EE. UU.-URSS, cuya cota máxima se produjo con la crisis de los cohetes rusos con cabeza nuclear apuntando desde Cuba hacia los Estados Unidos.

Occidente, con su modelo de economía de mercado y una organización militar fuerte como la Otán, asumió el papel de gendarme internacional para contener el expansionismo soviético

Fue una época de liderazgos fuertes y en veces despóticos como el que practicó Stalin en su zona de influencia, la que con razón llamó Churchill “cortina de hierro”, pues las disidencias se castigaban con fusilamientos o largas estadías en las estepas siberianas y, en últimas, con los tanques soviéticos que sin el menor pudor invadían a los países díscolos como fueron los casos de Hungría y Checoslovaquia.

Occidente, con su modelo de economía de mercado, democracia representativa y una organización militar fuerte como la Otán, y el liderazgo de los Estados Unidos, asumió el papel de gendarme internacional para contener el expansionismo soviético.

Estados Unidos al ocupar el vacío dejado por Francia como potencia colonial, se comprometió en una guerra muy distante de su zona de influencia, como fue la de Vietnam, que no solo fue un desastre en lo militar sino un desgaste interno que erosionó y fraccionó el pacto social con el que durante muchos años convivió ese país, con el consiguiente debilitamiento de su influencia como líder del llamado mundo libre.

En ese contexto, aparece Jimmy Carter quien, más que un líder político, aparecía ante los ojos del mundo como un predicador religioso, que prometía grandes correctivos con la bandera de los derechos humanos.

Pero ello, en vez de contribuir al prestigio de su país le sirvió de acicate a que potencias menores desafiaran su papel en el mundo, tal como aconteció con la caída del sah de Irán y la toma de la embajada de Estados Unidos en Teherán, a cuyo personal diplomático se tuvo como rehén por un largo periodo.

Ello le costó la reelección a Carter, a quien su contradictor Ronald Reagan, acusó de ser un mandatario débil, que en lugar de actuar como líder de la primera potencia mundial, aparecía presentándole excusas al mundo por el poderío económico, político y militar alcanzado por esa potencia.

Luego de los exitosos ocho años de Reagan y de los periodos de Bush padre, Clinton y Bush hijo, el péndulo regresó al Partido Demócrata, con un Obama perspicaz y visionario, con formación intelectual de primer nivel como abogado de Harvard, quien si bien dio muestras de ser un gran jugador dentro de ese complejo escenario político, fue en exceso prudente en el manejo de temas de su agenda que podrían aparecer como desafiantes para el establecimiento que maneja el poder empresarial y financiero de EE. UU.

De ahí su estrategia de no poner toda la carne de su agenda en el asador durante su primer gobierno, excepto el Obamacare, y de relegar los más litigiosos y controvertidos temas para el segundo tiempo, tales como el régimen de impuestos, la reducción del déficit fiscal y la reforma migratoria, lo cual le dio espacio al partido republicano para reconstruir sus mayorías y desafiar de forma agresiva su legado.

En ese escenario aparece Trump, con un estilo estridente, vociferante, provocador, ajeno a la tradición presidencial de EE. UU., quien mantiene un abierto enfrentamiento con la prensa, los intelectuales, la farándula y el establecimiento político, cuyas actuaciones parecen dirigirse a conformar un nuevo espacio de equilibrio político militar con Rusia y de beligerancia comercial con China.

AMADEO RODRÍGUEZ CASTILLA
* Economista consultor

Columnistas

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