El stalinismo sigue vivo

El stalinismo sigue vivo

El socialismo es la sociedad de la mentira. Pero es una mentira que se sostiene con convicción.

02 de diciembre 2017 , 12:00 a.m.

Quien en vida fuera un buen amigo, pese a nuestras diferencias ideológicas, exfuncionario de Naciones Unidas y en calidad de tal asesor de la Cuba de Castro en la época del Che y que, años más tarde en Chile, sufriera la persecución del golpe militar de Pinochet, me comentó sobre una reunión de viejos camaradas ocurrida en La Habana de Fidel, para comentar sobre el derrumbe socialista ocurrido en la Unión Soviética y sus países satélites de la llamada Europa Oriental.

El escenario era de desazón, angustia ideológica, desespero y desesperanza que llevó a uno de los más recalcitrantes a decir que Mijaíl Gorbachov merecía un juicio sumario y el consiguiente fusilamiento, pues fungió como aprendiz de brujo y el experimento se le salió de las manos. No hay derecho, decía otro, que después de tantos millones de muertos en nombre de la imposición del mensaje socialista, ese poderoso ideario se desvaneciera de esa forma tan lánguida y que no quedara un sólido referente ideológico que sustentara la legítima lucha de liberación de los pueblos.

El propio Fidel trajo a colación las veces en las que él y Cuba estuvieron dispuestos a inmolarse en nombre de la causa socialista mundial, como fueron la crisis de los cohetes soviéticos instalados en Cuba, resuelta por un acuerdo entre Kruschev y Kennedy, para la humillación de Fidel, y la aventura de aerotransportar tropas cubanas a África, en una difícil y costosa operación logística para defender algunos procesos de liberación de los países sometidos al colonialismo europeo.

Lo que hoy advertimos es que esos intentos no han rendido frutos en los países en los que todavía rige el tradicional sistema democrático con separación de poderes.

Destacaron, así mismo, esos dirigentes, el esfuerzo de los comunistas rusos que instaron a los militares a un golpe de Estado que defenestrara a Gorvachov, acto fallido por las nutridas manifestaciones encabezadas por Boris Yeltsin quien asumió el gesto histórico de montarse en uno de los tanques para arengar al pueblo y, con ello, “mató dos pájaros con una piedra”, como se dice coloquialmente pues, por un lado, consolidó su poder como líder de Rusia, que lo llevó a proclamar la separación de ese país de la entonces Unión Soviética, lo que, a su vez, provocó una especie de efecto dominó en las otras repúblicas y la consiguiente disolución de la hasta entonces poderosa Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. De esa manera, lo que no consiguieron los dirigentes comunistas con su fracasado golpe lo obtuvo Yeltsin pues, cuando Gorbachov fue liberado y regresó a Moscú, se encontró sin un país al cual dirigir ya que la URSS estaba prácticamente disuelta.

De la reunión arriba mencionada surgió la idea del Foro de São Paulo, como un referente ideológico y político que sirviera de fundamento a la continuidad de la lucha revolucionaria en el tercer mundo y, en especial, en América Latina que, en una mezcla heterogénea de gobiernos de izquierda, movimientos contestatarios, ONG, intelectuales librepensadores, grupos alzados en armas en contra de gobiernos legítimos se han constituido en los herederos del fracaso socialista mundial y, sin practicar autocrítica alguna, le pusieron el pomposo nombre de socialismo del siglo XXI, que no es más que el intento de revestir con una etiqueta nueva un modelo fracasado tanto en Europa como en Asia.

En efecto, lo que hoy advertimos es que esos intentos no han rendido frutos en los países en los que todavía rige el tradicional sistema democrático con separación de poderes y unas fuerzas armadas profesionales, lo cual ha llevado a sus inspiradores e impulsores a tratar de imponerlo en otros escenarios apelando a las prácticas stalinistas de antaño, que desconocen abiertamente la voluntad popular, se saltan la Constitución que en su momento ellos mismos formularon, encarcelan a los opositores con tratos crueles e inhumanos e inhabilitándolos políticamente sin sujeción a norma alguna de derecho, someten al pueblo a toda clase de humillaciones y vejámenes que lo tiene en situación de miseria, mientras que la cúpula, al estilo de “la Nueva clase” que, en su momento denunció el entonces dirigente comunista yugoslavo Milovan Djilas, disfruta a sus anchas de las mieles del poder con toda clase de prácticas corruptas y posiciones cínicas, que reafirman lo que el gran intelectual e ideólogo francés, Jean-François Revel, sostuvo en cuanto que el socialismo es la sociedad de la mentira. Pero es una mentira que se sostiene con tal convicción que, en boca de algunos de sus mejores exponentes, parecen palabras de iluminados que recuerdan las de las cruzadas del cristianismo primitivo.

AMADEO RODRÍGUEZ CASTILLA
* Economista consultor

Columnistas

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