El feminismo en los claustros

El feminismo en los claustros

Tres monjas muestran cómo, en un entorno dominado por hombres, asumieron un liderazgo iluminado.

04 de enero 2018 , 12:00 a.m.

Las festividades navideñas que en la cultura cristiana celebran el advenimiento de Cristo, el redentor y salvador del mundo, son época propicia para darles una mirada diferente a ciertos temas que aquí son objeto de protagonismo mediático y de oportunismo ideológico. Me refiero a esas abnegadas mujeres que la historia nos muestra como ejemplos de carácter, visión clara de lo que era su misión en el mundo y su denodada lucha para hacerla realidad, en medio de un entorno familiar y cultural en el que a la mujer poco se le tenía en cuenta como protagonista, sino con el reducido rol de madre y esposa complaciente, con sumisión a los dictados machistas del padre y luego del esposo.

De muchos casos paradigmáticos que la historia nos muestra de mujeres exitosas en sus logros académicos, científicos, artísticos, literarios, de entrega y servicio a los demás, me he detenido en el examen de tres casos, de monjas católicas, que demuestran cómo, en un entorno difícil y dominado por hombres, ellas asumieron un liderazgo iluminado y, aún con la oposición de jerarquías, masculinas y femeninas, lograron superar y trascender los rígidos cánones disciplinarios de las órdenes monásticas a las que pertenecían, con resultados que la historiografía ha recogido y reconocido ampliamente.

Me refiero a santa Teresa de Jesús, sor Juana Inés de la Cruz y la más conocida en años recientes como fue la madre Teresa de Calcuta.

Santa Teresa nació en Ávila el 28 de marzo de 1515, en el seno de una familia numerosa bien posicionada económica y socialmente y, desde muy pequeña, manifestó interés por las vidas de los santos y las gestas de caballería. En ese entonces predominaba en España un espíritu de aventura y conquista en cuanto potencia colonial, en virtud del entonces llamado descubrimiento de América, y la literatura vive y destaca este espíritu. Teresa no es ajena a este ambiente y con la lectura de algunos de estos libros, sueña con el devaneo y el protagonismo social en un escenario proclive al coqueteo y el cortejo seductor.

Santa Teresa vivó experiencias místicas de gran impacto, que unidas a su especial carisma personal la convirtieron en una auténtica embajadora de la palabra de Dios.

Con la muerte de su madre en 1528 contando ella 13 años, tiene una primera manifestación mística y pide entonces a la Virgen que la adopte como hija suya. Preocupado su padre con su futura formación, decide internarla en 1531 en el colegio de Gracia, regido por agustinas, donde ella echará de menos su ambiente anterior pero muy pronto se encontraría muy a gusto. A medida que se hace mayor, la vocación religiosa se le va acentuando como una alternativa, aunque en lucha interna con el atractivo del mundo.

Santa Teresa vivó experiencias místicas de gran impacto, que unidas a su especial carisma personal la convirtieron, según la actriz española Paz Vega, en “una auténtica embajadora de la palabra de Dios con un asombroso manejo de la diplomacia”, lo cual hacía con un nivel intelectual muy elevado.

Dentro de las muchas visiones y experiencias místicas elevadas, tuvo una muy viva y terrible del infierno, la cual le produce el anhelo de querer vivir su entrega religiosa con mayor rigor y perfección, llevándola a plantear la reforma de la comunidad a la cual pertenecía, proceso que sería toda una aventura burocrática y humana, pues además de la hostilidad manifiesta de sus superioras en la comunidad, tampoco la jerarquía católica de su localidad se atreve a apoyarla de forma abierta.

En un momento parece que todo fracasa y Teresa, siempre obediente, se retira a su celda sin poder hacer nada, pero personas que la conocían a fondo y la tenían en alta estima como doña Guiomar de Ulloa y el padre Ibáñez logran de Roma la respectiva autorización.

Funda su primer monasterio de San José de Ávila, que le hace afrontar una gran hostilidad de la Iglesia que considera tal hecho al margen de su ordenamiento interno, a lo cual Teresa hace una pausa hasta encontrarse con el Papa.

Sin embargo, por mucho tiempo parece que la fundación de la nueva orden tendría solo este monasterio, hasta que Teresa vuelve a llorar al saber que las necesidades de misiones en América son importantes y escucha entonces en oración: “… Espera un poco hija y verás grandes cosas”, y poco después le llegan instrucciones y autorización para fundar más conventos.

Comienza aquí una intensa actividad de santa Teresa que solo termina con su muerte, en la que compaginará el gobierno de su orden con las fundaciones de nuevos conventos y la redacción de sus libros, sin perder nunca el buen ánimo ni la esperanza, en la confianza de que no era su voluntad lo que estaba cumpliendo y que le llegarían los apoyos que necesitara, como así fue en todo momento.

Fundó en total 17 conventos regados por toda la geografía española, de los cuales uno masculino, lo que da una idea de la visión integral de su proyecto de vida. La Inquisición vigiló muy de cerca sus escritos temiendo textos que incitaran a seguir el cisma iniciado en Europa, o se alejaran en algún punto de la recta doctrina. Su manuscrito ‘Meditaciones sobre el Cantar de los Cantares’ lo quemó ella misma por orden de su confesor, en una época en que estaba prohibida la difusión de las Sagradas Escrituras en romance.

No queda el espacio suficiente para referirme a esas dos otras monjas: sor Juana Inés de la Cruz, la mexicana que en el siglo XVII defendiera el derecho de las mujeres incluyendo a las monjas de expresar su amor por la literatura, porque así también se sirve al mandato divino, y la de la conocida por las generaciones de hoy, beata sor Teresa de Calcuta por su entrega y sacrificio a favor de los más pobres, lo cual le valió el premio Nobel de Paz.

Cómo sería de bueno que nuestras feministas de salón, contaminadas del virus ideológico, leyeran las biografías de estas mujeres ejemplares.

AMADEO RODRÍGUEZ
* Economista consultor

Columnistas

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