Las vicisitudes de la paz

Las vicisitudes de la paz

¿Alguien se ha puesto a calcular lo que representa para el país que las Farc dejen de existir?

02 de junio 2017 , 12:00 a.m.

¡Qué paz tan tortuosa tenemos los colombianos! Y lo increíble es que, pese a todo, avanza.

¿Avanza? Los argumentos para pensar lo contrario abundan.

Lo atrasado es notorio. La implementación en el Congreso por vía rápida ha ido a paso de honorable tortuga. La construcción de las zonas veredales ha sido un ejemplo bíblico de ineficiencia estatal. La mayoría de los decretos ley para regular la implementación se emitieron, muy a la colombiana, a última hora.

La dejación de armas está quedada, y ojalá se cumpla el nuevo plazo para que todas estén en manos de la ONU en 15 días (ya las cuentas no son para el día D+180, sino para el D+200). Desocupar 900 caletas remotas en tres meses será tarea de Sísifo.

¿Cuándo empezarán a funcionar la justicia especial para la paz y la Comisión de la Verdad, cuyos magistrados, jueces y comisionados no han sido designados? ¿Cuándo, los planes de desarrollo rural y los de sustitución de cultivos de coca, contemplados en los últimos decretos? La amnistía para los guerrilleros se aprobó hace cinco meses, y a la mayoría no se les ha aplicado. La Corte Constitucional le puso una espada de Damocles a la vía rápida en el Congreso. En fin...

Pero la moneda tiene otra cara.

La decisión de las Farc de dejar las armas y pasar a la política parece irreversible. Van a declarar sus bienes. Van a someterse a una justicia especial que, aunque sin cárcel, impone restricciones que no ha aceptado ninguna insurgencia en el mundo en una negociación.

Las incertidumbres del fin de la confrontación pueden ser más intimidantes que las certezas simples de la guerra

El Gobierno también luce decidido. Aceptó que demoras e ineficiencias demandaban ‘recalendarizar’ (ese es ahora el término) la dejación de armas y la destrucción y extracción de caletas. Tarde, pero promulgó una avalancha de decretos para cumplir con lo acordado. La relación con las Farc puede ser tensa, pero hay instancias pactadas y fluye. Cerca de un centenar de menores han sido desvinculados de sus filas. Los incidentes en el terreno han sido mínimos; el cese del fuego colombiano es de los más tranquilos en el mundo.

Es decir, en agosto o septiembre las Farc no existirán como organización armada; sus jefes (y no pocos militares y terceros civiles) estarán a las puertas de una justicia laxa en castigo (para todos, no solo para las Farc) pero drástica en exigir verdad y reparación de las víctimas; y, con suerte, la parte más gruesa de lo acordado –saldar la deuda histórica con el campo, ampliar la democracia, proteger a la oposición y dar soluciones sostenibles a las familias cocaleras– empezaría a caminar.

Basta comparar la Colombia del conflicto armado de 2010 con la Colombia de la (difícil) implementación de los acuerdos con las Farc de 2017 para ver la abismal diferencia.

A la oposición le asusta el fantasma del castrochavismo, pero eso es asumir que la mayoría de los colombianos van a votar por las Farc en 2018. Si los millones que siempre se abstienen llegaran a decidirse, eso no sería por culpa de lo acordado, sino por las inequidades que todos los gobernantes –incluidos los que hoy se oponen al acuerdo– han sostenido por décadas.

¿Alguien se ha puesto a calcular lo que representa en beneficios para el país que las Farc dejen de existir? No solo para la Colombia rural, que ha padecido los efectos de la guerra y la falta de solidaridad de la Colombia urbana, sino para las clases medias de las ciudades, que han pagado con impuestos la guerra.

* * * *

La paz no es fácil, y Colombia confirma la regla. Las incertidumbres del fin de la confrontación pueden ser más intimidantes que las certezas simples de la guerra. Pero con todo y eso –y hay que añadir crimen organizado con ‘plan pistola’, Eln con atentados, asesinatos de líderes sociales disparados, economías ilegales boyantes–, es evidente que esta paz difícil, con todas sus vicisitudes, avanza.

ÁLVARO SIERRA RESTREPO
cortapalo@gmail.com

Columnistas

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