Norman Mailer: conciencia antibélica de Norteamérica

Norman Mailer: conciencia antibélica de Norteamérica

Profundamente ético en su heterodoxia, el escritor creyó que la bondad en el estilo solo puede ser alcanzada por la bondad del hombre.

01 de febrero 2017 , 04:16 p.m.

Cuando la Nueva Ola se levantó amenazante y conmovió las tranquilas playas del ‘american way of life’ en los revolucionarios años sesenta, a Norman Mailer no lo sorprendió desarmado ni dormido. Ya maduro, con una sólida cultura y una visión crítica del mundo, construyó bajo sus pies la tabla de surf que le permitiría trepar a la cresta de la ola para arremeter con seguridad contra el establecimiento, con su pose de felino rampante.

Al estudiar y graduarse en Ingeniería Aeronáutica, en Harvard, se equivocó no tanto de profesión como de elemento. No era el aire, era el agua el medio que precisaba para mutarse alternadamente de furioso Poseidón a sensible cautivador de sirenas, a ‘prisionero del sexo’ (como tituló un ensayo sobre el feminismo). El aire da seguridad; es permanente. La ola puede desvanecerse –y se desvanece– en cualquier instante. Y a Mailer lo han seducido el riesgo y la incertidumbre. No construyó sus novelas como si se tratara de proyectos milimétricos, apoyado en las matemáticas con las que el ingeniero proyecta un túnel con la seguridad de saber a dónde va a desembocar, sino con el olfato del topo. Con su instinto.

El remezón de valores éticos, políticos, estéticos… lo encontró adulto en el sentido kantiano. Es decir, en esa adultez caracterizada por la capacidad y la asunción del riesgo de pensar por sí mismo.

La perspectiva de los años nos lo muestra como un representante típico de los turbulentos y desmitificadores sesenta, comprometido contemporáneo de la revolución sexual, los alucinógenos, la conciencia antibélica y el nuevo periodismo.

Sin embargo, arribó a ese escenario ya con su propia revolución a cuestas. Venía de la guerra, o mejor, de varias guerras: de la del deseo, de la cruzada contra la teología ortodoxa por la recuperación de su propio dios, de la Segunda Guerra Mundial (‘Los desnudos y los muertos’, 1948), de la batalla cotidiana del periodismo y de la más tormentosa contra la decadencia social y espiritual de su país. De modo que más que el producto de la época fue el gestor de su episteme, al lado de Timothy Leary, los Rolling Stones, Andy Warhol, el ‘hippismo’ y Bob Dylan.

Venía del periodismo a la literatura, y volvió a la fuente de aquel para nutrir esta: “Por fin acepté que por encima del reino de mis ensoñaciones, siempre estará el reino de la vida real”.

Catecúmeno de la prosa despojada de Hemingway, en medio de la turbulencia exterior e interior, enfrentaba la página en blanco con frialdad y precisión. Se distanciaba de sus propias emociones y sentimientos para fijar la palabra con el tino de una pincelada maestra, hasta dejar el texto “pulido y tenso como las cuerdas de un violín”. Pero la depuración de su estilo, y hay aquí un ejemplo de la fusión necesaria de vida y obra, era para él el resultado de su propia depuración personal. Profundamente ético en su heterodoxia, creyó que la bondad en el estilo solo puede ser alcanzada por la bondad del hombre.

Parecería una broma esa formulación moral en un hombre que confesó sin rubor su adicción a los alucinógenos, que asignó a la pornografía una función formadora y que defendió a Charles Manson, el asesino de la ex-Polanski, Sharon Tate. Pero es que Mailer no buscó la verdad por los trillados caminos de la moralidad burguesa, aunque a veces coincidió con ella.

Haber conocido el éxito tempranamente desde su primera novela, que alcanzó un tiraje de cuatro millones de ejemplares y fue recibida con inusual entusiasmo por la crítica, que la calificó como la mejor del género escrita después de ‘La guerra y la paz’ de Tolstói, lejos de envanecerlo, lo hizo sentirse indigno y le impuso la exigencia de la responsabilidad y el profesionalismo para estar a tono con sus inesperados logros.

Su enorme influencia en el pensamiento y la vida social norteamericanos fue tal vez lo que lo llevó a lanzarse a la Alcaldía de Nueva York a finales de la década del sesenta, con una intensa campaña de tres meses durante la cual pronunciaba un promedio de ocho discursos por día. Sin embargo, el pueblo gringo exalta a sus iconoclastas, convierte en ídolos a los más irreverentes, pero –hasta ese momento– no votaba por ellos.


Alpher Rojas

Columnistas

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