León de Greiff, el panida ignorado

León de Greiff, el panida ignorado

Fue único, inemulable e intraducible. 40 años después de su muerte su obra parece arrinconada.

01 de agosto 2016 , 07:23 p.m.

Una capa de polvo cubre ahora el viejo arcón al que en forma provisional ha ido a parar el fárrago de una de las más singulares y desconcertantes obras poéticas en la historia de las letras colombianas: la obra de León de Greiff.

Dueño de la más excéntrica y polifacética, pero también fascinante personalidad de cuantos a lo largo del siglo XX fueron llegando a Bogotá (procedentes de los más diversos ‘poetales’ de esta Colombia que, antes que para la coca o el café, ha sido tierra fértil para el cultivo de versos), para habitar con los versicultores capitalinos en los olímpicos bares en los que De Greiff ofició de Zeus con boina y alta pipa, envuelto en una nube celestial de humo de cigarro y portando en sus garras de león-juglar los rayos de sus ingeniosos apuntes sarcásticos, epigramáticos.

Pero antes de llegar a Bogotá a exhibirle su “claudicante figura de bohemio transhumante”, ya había ejercido en su Antioquia natal algunos de los menesteres de Beremundo: en carreteras como ingeniero (que era su profesión); en la banca, en los ferrocarriles, como director de extensión cultural. Fue allí, en la tierra de los paisas, donde recogió toda una tradición de tertulias bohemias como El Casino Literario, hacia 1890, o ‘El Montañez’ (revista que dirigía Gabriel Latorre y en torno de la cual se aglutinaron escritores como Carlos E. Restrepo, Tomás Carrasquilla y Abel Farina). En 1915 fundó la revista ‘Panida’ con los jóvenes intelectuales que se daban cita en el café El Globo del parque Berrío de Medellín.

Eran trece los panidas, según nos lo recuerda en esta balada de inconfundible acento degreiffiano: “fumívoros y cafeístas/ y bebedores musagetas/Grandilocuentes, camorristas, / Crispines de elásticas tetras; /inconsolables, optimistas/ o indiferentes —si os parece—/ en nuestros Sábatts liturgistas/ los panidas éramos trece”.

Veinte años tenía en esa época, pero para la poesía nunca dejó de tenerlos. El mismo nihilista, el mismo anarquista, el mismo mordaz bufón de veinte años pervivía en el de ochenta. La misma ficción del tedio. Siempre un anciano de veinte o un joven de ochenta. Y siempre la misma brillante poesía sin edad.

Con audaces experimentos métricos, singulares rimas, un léxico delirante en el que combinaba el español arcaico, el moderno y los vocablos de su propia invención, los greiffismos, construyó una arquitectura verbal que ni siquiera los mayas, los incas y los egipcios juntos habrían logrado, y que era a la vez una polifonía en la que cada palabra, cada fonema y cada silencio cumplían una función sonora. Y así, esta obra se fue desgajando en arietas, romanzas, rondeles, ritornelos, sonatinas y nocturnos, sin que dejara de asomarse entre verso y verso el burlón de sí mismo y de todos, el perverso diablo vikingo, “pobre diablo nada demoníaco”, que con su risa nicotinada negaba todo lo establecido.

Respetado, querido y admirado por todos, sin que ninguno —ni siquiera los nadaístas, que más bien lo adoptaron como uno de sus padres— lanzara un guijarro contra su pedestal.

Y todo ese tenaz trabajo de hojalatero. Toda esa paciente labor de benedictino de los versos ¿para qué? Créase que no solo para mamar gallo, “para me divertir”. Y para nos divertir. Todo para elevar el ‘mamagallismo’ a obra de arte, díganlo si no los títulos de sus libros. Por ello, no es posible extrañarnos de la intención degreiffiana, pues ya lo había dicho Goethe: “el arte es una broma superior”. Y a ese postulado fue fiel a lo largo y hondo de su obra y de su vida personal, que por lo mismo fue una larga broma de ochenta años, y por ello mismo una obra de arte.

Pocos poetas han tenido en vida el altísimo nivel de popularidad que alcanzó De Greiff. Fue una leyenda viva con su astrosa indumentaria y su desorden proverbial. Sus versos circulaban de boca en boca entre eruditos y en los grandes clubes. Interesó con su poesía desde los más bajos hasta los más altos niveles intelectuales, pues sabía alternar lo más complejo con lo más sencillo. Su gran aporte fue haberle abierto a la poesía colombiana las puertas de la vanguardia, al actualizarla y ponerla a tono con la nueva sensibilidad, superando el pasado modernista del que indudablemente se nutrió.

Cuarenta años después de su muerte, ocurrida en Bogotá en julio de 1976, la obra de De Greiff aparece un poco arrinconada en un país que mantiene “el olvidador conectado”. Pero ahí está su poética como un otero solitario en la llanura, porque no generó escuelas.

Fue único, irrepetible, inemulable e intraducible. Porque borró, como ninguno en el mundo, la diferencia entre lo sensible y lo inteligible.

ALPHER ROJAS@Alpher3

Columnistas

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