La importancia de lo que nos preocupa

La importancia de lo que nos preocupa

Es especialmente llamativo encontrar al margen de la barahúnda antidemocrática a ciudadanos sensatos y entusiastas, amigos de la concordia y las transformaciones sociales.

19 de agosto 2016 , 06:23 p.m.

Si el énfasis de la campaña por el plebiscito se hubiera puesto en el componente moderno de una ciudadanía responsable y activa y no en las decadentes expresiones de la política neoliberal ‒afectadas por la apatía y la repulsa de unos electores constreñidos por el despojo de sus derechos sociales‒, no solo habríamos superado el desgano popular y las tensiones surgidas de la polarización entre el ‘Sí’ y el ‘No’, tan simplista como pobre su acto discursivo, sino que probablemente estaríamos experimentando la alborada de una mejoría en la operatividad del sistema democrático y el consiguiente florecimiento cultural derivado de un debate público con ideas.

Ahora bien, no se trata aquí de sugerir la exclusión absoluta de la representación simbólica de las organizaciones políticas en la orientación de la forma de refrendación seleccionada, así sus élites hayan sido más justificadoras de la guerra que amigas de la paz y, muchas veces, fuentes de ésta en la medida en que la han percibido como instrumento de poder y, al tiempo, de enriquecimiento económico vía el negocio de las armas, tierras y privilegios familiares. Los partidos políticos tienen a su haber unas raíces históricas ancladas en una parte del alma nacional. Y por ello su participación, sin honorarios ni adehalas burocráticas, es imprescindible.

Las organizaciones políticas –como todas las agrupaciones de naturaleza heteróclita- nunca son buenas o malas, auténticas o defraudadoras por sí mismas, sino en virtud de la falsa profundidad de sus dirigentes ‒en algunos de los cuales, por cierto, no se distingue la máscara del rostro‒, así como por las estrategias que las determinan frente a la sociedad, como ocurre en nuestro sufrido país con los partidos tradicionales y, aun, con los movimientos creados al amparo de ideologías premodernas o en coyunturas de alta emotividad, y a los que la democracia les interesa solo para justificar y legitimar la posición que ocupan.

De lo que se trata ahora es de incorporar una masa crítica de ciudadanos que se perciba como parte integrante del debate público, de modo que ‒como prescribe Will Kymlicka‒ las leyes y políticas del Estado no aparezcan ante ella simplemente como imposiciones extrañas, sino como el resultado de un acuerdo del cual han formado parte. Las ciudadanías (“civil, política y social”), en las que se promuevan equilibradamente derechos y deberes, se construyen mediante el ejercicio activo de los derechos de participación y comunicación por parte de sus miembros (Multicultural Citizen, Paidós, 1996).

Por fortuna, tanto las delegaciones en La Habana como más recientemente la Corte Constitucional –pese a su profunda crisis ética– han coadyuvado, junto con los estudios de organismos internacionales y las contribuciones científicas de nuestra academia universitaria (principalmente la Universidad Nacional de Colombia), a crear un nuevo marco conceptual para que el país entienda a cabalidad las especificidades de los acuerdos y se apropie de los beneficios y potencialidades como consecuencia de su confirmación en las urnas.

Por ello es especialmente llamativo encontrar al margen de la barahúnda antidemocrática a ciudadanos sensatos y entusiastas, amigos de la concordia y las transformaciones sociales, vinculados a organizaciones de la sociedad civil o en forma independiente, a maestros de escuela, docentes universitarios, intelectuales, investigadores, profesionales, industriales y empresarios demócratas, líderes comunitarios y campesinos, organizaciones juveniles y amas de casa, que por su propia cuenta y sin pedirle permiso a nadie trabajan con entusiasmo por el ‘Sí’ en el plebiscito, en el entendido de que con su aprobación no solo vendrá el fin de gran parte de los sufrimientos generados por la violencia, sino que se transformará la manera de relacionarnos, al tiempo que podría presentarse la coyuntura adecuada para construir una reforma política integral que confiera sentido y valor a la tarea inaplazable de reconstruir una Colombia con más democracia y mayor equidad.


Alpher Rojas

*Director de la Corporación de Estudios Sociopolíticos y Culturales de Colombia, Colombia Plural.

Columnistas

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