La era de la sospecha

La era de la sospecha

Cada vez son más visibles y graves los casos de corrupción que terminan en la impunidad.

26 de septiembre 2017 , 12:00 a.m.

El espectro de factores amalgamados en la corrupción sociopolítica y cultural (rentismo, mafia y violencia) que afecta a Colombia tras el ardiente bache del Frente Nacional y la confrontación armada se origina, principalmente, en la subordinación del ejercicio de la política al modelo económico de libre mercado, un diseño de política pública derivado del llamado Consenso de Washington, el cual le arrebató al Estado su capacidad reguladora en beneficio del patrón cultural de acumulación, desde hace ocho periodos presidenciales por la ‘nueva derecha’.

Este proceso responde a imposiciones de las instituciones financieras multilaterales (FMI, BM, Ocde) y a las pautas de dependencia de la élite dominante en nuestro país. Con ello se ha debilitado la soberanía económica y atrofiado la autonomía política; el marco legal, en la práctica, se ajusta a los dictados normativos de los grupos transnacionales y de influyentes conglomerados financieros hemisféricos, los que a través de sus ‘donaciones’ cooptan el sistema político en su particular provecho (Odebrecht).

Las ideas neoliberales colonizaron todos los espacios productivos del país y contaminaron el ejercicio ético de la justicia, la educación, la salud, la administración pública y la calidad de la política como instrumento democrático de toma de decisiones y solución de conflictos. Han impedido la realización del proyecto democrático redistributivo, frenado el avance científico y la modernización del país.

Como bien lo afirma el académico Fernando Guzmán Mora en el caso de los médicos, “el abaratamiento de su formación y su salario son indispensables para obtener ganancias en el ‘negocio’ de la salud”. La Ley 100 de 1993 (cuyos autores fueron el presidente César Gaviria y el entonces senador Álvaro Uribe, ver http://www.eltiempo.com/archivo/documento/CMS-13617257) constituye el perverso modelo privatizador de los servicios sociales esenciales. Hoy, la crisis de las EPS (como Medimás) desenmascara el oscuro negocio.

El modelo en el que estamos inmersos privilegia una ética individualista, en la que priman los intereses privados con paradigmas como ‘el fin justifica los medios’

No podría ser para menos. El modelo en el que estamos inmersos privilegia una ética individualista, en la que priman los intereses privados con paradigmas como ‘el fin justifica los medios’. Es allí donde la implacable doctrina adquiere un poder tal que ‒con el auxilio anestésico de la comunicación mediatizada‒ fabrica consensos y establece la orientación subjetiva de la sociedad con estructuras simbólicas que operan de modo invisible para naturalizar las ideas dominantes y sumergir los conflictos en una bruma difusa e impenetrable.

A su vez, este proceso disuelve los lazos de sociabilidad y reciprocidad. Socava de forma profunda la naturaleza del compromiso y de las obligaciones sociales, al tiempo que favorece la impunidad judicial. Los principios de responsabilidad ética son desconocidos por los altos dignatarios: jefes de los partidos, ministros, magistrados y directivos empresariales.

La tecnocracia neoliberal estimula cambios en las expectativas de las personas (los observa como consumidores, no como ciudadanos) y establece rutinas expoliadoras; la economía de mercado conduce cada vez más a la sociedad hacia la defensa de valores económicos de rentabilidad mercurial o ‘economía casino’, en detrimento del desarrollo social y cultural, donde solo se puede adquirir y hacer lo que determinan las fuerzas del mercado.

Tal vez allí estén las claves propiciatorias para que hoy tanto a los individuos como al conjunto de la sociedad los asedie una falta de análisis reflexivo y crítico, hasta el punto de aceptar como fenómenos comunes y corrientes las situaciones generalizadas de corrupción que claramente lesionan la dignidad de la sociedad y promueven el oportunismo.

Cada vez son más visibles y graves los casos de corrupción que, en un porcentaje estadísticamente muy representativo, terminan en la impunidad. Ver http://www.portafolio.co/economia/finanzas/colombia-persisten-impunidad-corrupcion-114348.

Antes de que sea demasiado tarde, debemos luchar por restablecer el ejercicio ético superior de la política como eficaz herramienta científica de construcción de una cultura de paz, con principios de racionalidad, respeto y tolerancia.

ALPHER ROJAS

Columnistas

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