La añagaza del centro político

La añagaza del centro político

Se trata de un artificio de ‘marketing’ político para atrapar ingenuos.

19 de abril 2018 , 12:00 a.m.

Con inusitado ímpetu, los nostálgicos voceros del conservadurismo bipartidista se han propuesto relativizar el lenguaje político introduciendo una neocategoría retórica para enmascarar el espeluznante papel que han cumplido los sectores más retardatarios de la política en el curso de nuestra historia republicana. Son conscientes de que no han estado ni moral ni intelectualmente a la altura de los desafíos democráticos ni de sus responsabilidades éticas.

Ante la incapacidad o la falta de voluntad política para motivar energías críticas, emancipadoras y progresistas en la ciudadanía, y en lugar de modernizar sus postulados y transformar su estructura institucional, los sostenedores del ‘statu quo’ han dado en la flor de maquillar sus máculas de violencia sociopolítica (paramilitarismo) y económica (neoliberalismo) manteniendo su anacrónica filosofía, con el agregado de ‘centro’.

Y en el otro flanco, a fin de eludir el estigma instrumentalizado por sus contradictores, juegan su destino a disfrazarse de ‘centroizquierda’, lo que conduce a fortalecer al sector conservador en detrimento de los sectores progresistas. Como en la metáfora del Alka-Seltzer de Enzensberger: la institución se disuelve, pero no desaparece. Ha perdido concentración, pero como contrapartida ahora es omnipresente.

La idea de que el centro ideológico es un espacio que existe, que tiene contenido, es un error mayúsculo de la nueva intelectualidad militante en nuestro país.

Se trata de un artificio de ‘marketing’ político para atrapar ingenuos y simplificar el mundo demasiado complejo de las instituciones políticas. Si en esta observación vía agonía-resurrección de las fuerzas políticas llegamos a preguntamos qué es lo peor que le puede suceder a una institución política o a una fuerza social, claramente nos veríamos abocados a responder: ¿No será acaso la irrupción de otra institución o fuerza social en el campo de sus competencias?

Ahora bien, 'Centro Democrático', p. ej., es el partido emblemático de la extrema derecha colombiana (junto con 'Cambio Radical', del delfín Vargas Lleras), esos baldes de alacranes en los que son conmilitones el varias veces sub júdice expresidente Álvaro Uribe Vélez. No 'Presidente' como con exceso de melindrosa hipocresía lo tratan algunos y John Jairo Vásquez Velásquez, alias Popeye, de un lado y, del otro Vargas Lleras y su cuadrilla de procesados dirigentes regionales, como “Kiko” Gómez, y otros cinco mandatarios territoriales ya detenidos.

Un partido como el C D, de cuyas voces dirigentes han salido fulminantes amenazas –que, por más náuseas que me provoquen, no puedo dejar de reproducir aquí–: “Te doy en la cara, marica” –símil oral del ‘coscorrón vargasllerista’–. Son las mismas que, con increíble inconsistencia lógica e insostenibilidad empírica, han llegado a afirmar que “la masacre de las bananeras es otro de los mitos históricos de la narrativa comunista”; y contra el agudo caricaturista de El Tiempo, 'Matador', del cual un uribista caleño dijo: “Es un canalla, ¡qué falta nos hace Castaño para callarlo!”.

Por lo demás, como afirma el célebre lingüista cognitivo George Lakoff, “los términos del debate político se nos han escapado y hemos cedido incluso el lenguaje de los ideales progresistas para que la extrema derecha lo redefina”. La derecha radical ha impuesto sus ideas y su lenguaje. Ha dominado el debate, lo que le ha permitido hacerse con el poder político y económico-mediático y, con ello, al control social.

Pero no nos ruboricemos por ello, uribistas y Vargaslleristas están dedicados a maleducarse mutuamente. Vegetaron durante décadas bajo las banderas del Partido Liberal e impidieron el avance de sus propuestas transformadoras, al tiempo que facilitaron el ingreso de carteles de la corrupción y de gamonales y microempresarios electorales a sus filas. Sin embargo, ahora aspiran olímpicamente a `innovar´ la política con los publicitarios rótulos de ‘Centro Democrático’ y ‘Cambio Radical’.

Una de las consecuencias políticas de estos ‘juegos verbales’ (Wittgenstein) es la creencia de que los progresistas tienen que acercarse a la derecha, abandonando o escondiendo su ideología. En realidad, desplazarse hacia el centro, desde la izquierda, es también deslizarse hacia la derecha. Y trastearse desde la derecha hacia el centro (‘centroderecha’) es considerar que la sociedad está llena de mentecatos y de idiotas incapaces de descubrir “dónde está la bolita” que manipula bajo su uña antediluviana el pintoresco culebrero paisa.

La idea de que el centro ideológico es un espacio que existe, que tiene contenido, es un error mayúsculo de la nueva intelectualidad militante en nuestro país. En ese sentido, vuelvo a Lakoff: un buen izquierdista –sin ánimo de promover un radicalismo sin sentido y significado– debe ser siempre un buen demócrata, un ciudadano ejemplar y nada más, pero tampoco nada menos.

ALPHER ROJAS

Columnistas

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