El mundo líquido de Zygmunt Bauman

El mundo líquido de Zygmunt Bauman

Bauman no ofrece teorías o sistemas definitivos, se limita a describir nuestras contradicciones, las tensiones no solo sociales, sino también existenciales que se generan cuando los humanos trabamos relaciones.

17 de enero 2017 , 05:11 p.m.

La ‘modernidad sólida’ constituye la gran metáfora del siglo XX, convertida en categoría sociológica por Zygmunt Bauman. El gran pensador polaco advirtió –a través de sus investigaciones– la estabilidad granítica en las instituciones sociales básicas de la cultura occidental –el matrimonio y la familia–, lo cual consolidó durante siglos la inalterabilidad de sus estándares y límites e impidió su transformación y, por supuesto, su reflexión crítica. En la rigidez de dichas instituciones primaba “lo perdurable, la unión, la tradición y la capacidad de comprometerse a largo plazo”.

Precisamente por la petrificación de las instituciones sociales y por la naturaleza de los valores enaltecidos, el sociólogo, filósofo y profesor emérito de la Universidad de Varsovia califica esa época como la de “la modernidad sólida”. Esa denominación y sus múltiples características parecen remotas desde nuestra actualidad, donde lo distintivo es exactamente lo contrario: lo efímero, lo transitorio y lo impredecible.

En sus más recientes estudios, Bauman hace referencia a una característica de nuestra época: el “temor a establecer relaciones duraderas y a la fragilidad de los lazos solidarios, que parecen depender solamente de los beneficios que generan”.

En tal sentido, la ‘modernidad líquida’ es una figura del cambio (diríase heraclitiana) y de la transitoriedad. Los sólidos conservan su forma y persisten en el tiempo, duran; mientras que los líquidos son informes y se transforman constantemente: fluyen, como la desregulación, la flexibilización, las lealtades partidistas o la liberación de los mercados.

Empero, el gradual descongelamiento de la rigidez de las instituciones sociales y su conversión dinámica en procesos de “incertidumbre constante” llevaron a Bauman a calificar esta nueva época como el imperio de “la modernidad líquida”, impecable analogía con las itinerantes moléculas de lo fluido.

En su hipótesis, Bauman afirma que “el cambio social tiene que ser un producto necesario y dinámico”. Una vez comprendida la relación entre la sociedad sólida (“seguridad, contenidos, valores”) y la sociedad líquida (“movilidad, incertidumbre, relatividad de valores”), el segundo paso necesario es modificar la realidad y “comprender que la vía del cambio es la única posible y la única necesaria”, además del hecho de que es oportuna, para evitar la profundización y descomposición de los conflictos sociales y mejorar las condiciones de vida.

En la ‘modernidad líquida’, Bauman explora cuáles son aquellos atributos de la sociedad que han permanecido en el tiempo y cuáles han cambiado dentro del sistema de acumulación que nos determina. El científico social busca remarcar los trazos que eran levemente visibles en las etapas tempranas de la acumulación, pero que se vuelven centrales en la fase tardía de la modernidad. Una de esas características es el individualismo, que marca nuestras relaciones y las torna precarias, transitorias y volátiles.

Bauman no ofrece teorías o sistemas definitivos, se limita a describir nuestras contradicciones, las tensiones no solo sociales, sino también existenciales que se generan cuando los humanos trabamos relaciones.

Asimismo, se vale de conceptos tan provocadores como el de ‘desechos humanos’ para referirse a los desempleados, que hoy son considerados “gente superflua, excluida, fuera de juego”. Hace medio siglo, los desempleados formaban parte de una reserva del trabajo activo que aguardaba en la retaguardia del mundo laboral una oportunidad. Ahora, en cambio, “se habla de excedentes, lo que significa que la gente es superflua, innecesaria, porque cuantos menos trabajadores haya, mejor funciona la economía”.

Para la economía neoliberal sería mejor si los ‘sin’ trabajo, techo o educación desaparecieran del mapa. Es el Estado del desperdicio, el pacto con el diablo: en la decadencia física, la muerte es una certidumbre que azota. Es mejor desvincularse rápido, los sentimientos pueden crear dependencia. Hay que cultivar el arte de truncar las relaciones, de desconectarse, de anticipar la decrepitud, saber cancelar los contratos a tiempo. “Todo es más fácil en la vida virtual”, dijo en uno de sus mejores libros.

Alpher Rojas

Columnistas

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