Darío Echandía, un grande de la historia

Darío Echandía, un grande de la historia

Este político sigue siendo un símbolo de la patria, majestad del deber y humildad de la sabiduría.

14 de octubre 2017 , 12:00 a.m.

Este mes de octubre, los espíritus libres y democráticos de Colombia conmemoramos un aniversario más del natalicio del maestro Darío Echandía, uno de los más célebres y profundos pensadores políticos y jurídicos del siglo XX en nuestro país, junto con Rafael Uribe Uribe, Jorge Eliécer Gaitán y Gerardo Molina.

Apenas frisando los cuarenta años de edad ya alumbraba con su ordenada inteligencia las grandes reformas políticas, económicas y sociales estimuladas por el impulso generador de la Revolución en Marcha, por cuya destacada orientación teórica fue llamado ‘la conciencia jurídica de la nación’. Sus presentaciones tenían la perspectiva filosófica y científica del derecho moderno. Era un ‘miura de la dialéctica’.

Muchas veces sus críticas fueron sarcásticas: “La democracia colombiana es un orangután con sacoleva”; “este es un país de cafres”; “lo importante es romperle una vértebra a la Constitución de 1886”. ¿Cuál?, la que coloca el derecho individual por encima del interés social.

Si se regresara en la historia para observar los signos externos y la profunda convicción política de una de las grandes transformaciones nacionales, se advertiría que no hay una igual a aquella que orientó y propició Darío Echandía. El salto enorme experimentado por el país en aquella etapa convulsionada de la historia nacional tuvo en él su mayor gestor y su conciencia vigilante.

Aquella conferencia suya en el teatro municipal de Bogotá para explicar los alcances de la ley de tierras en 1936, respecto a lo que significaba tanto en el campo de la producción nacional como en el de los ajetreos de la cultura popular, debería ser releída ahora por quienes tienen responsabilidades políticas y aspiraciones presidenciales.

El ejemplo del ejercicio vital e intelectual de Echandía sirve en esta hora de grandes dificultades para que quienes pretenden dar al traste con la institucionalidad democrática

Encontrarían inspiración fecunda para cumplir en momentos tan complejos como los actuales la inmensa tarea de sacar al país del confuso interregno en que se encuentra. Aquella Revolución en Marcha fue un verdadero gobierno de partido, con unas tesis que reflejaban y colmaban los anhelos populares. Y, desde el poder, unas ejecutorias ejemplares que correspondían en rigor a las promesas de la plaza pública. Nadie que escuchara la perfección formal de aquella maravillosa elocuencia quedaba indiferente.

Todo aquello no hubiera sido posible en realidad sin la presencia del maestro Echandía en el gobierno y en las cámaras legislativas, donde, por cierto, pulverizó con su incisiva dialéctica el reinado sectario del ‘monstruo’ Laureano Gómez, quien enmudeció próximo al infarto ante el aguijón de sus sarcasmos y sus potentes reflexiones filosóficas, tales eran su versación lingüística y su inmensa capacidad de interpretación de los fenómenos sociopolíticos.

Esa formación clásica y su espíritu abierto integraban una simbiosis mental que avalaba el equilibrio de sus razonamientos y la perspicacia política de sus determinaciones. Por eso, precisamente por eso, no se encontró jamás en cuanto decía y afirmaba el más tenue desvío de sectarismo.

Y si algo asomaba persistente y puro en su vida era su buena fe, su bonhomía que le venía sin duda del admirable concierto entre su modo de pensar y su conciencia, de su afecto provinciano que nunca le dejó perder el acento opita ni siquiera en los más sofisticados sitios del poder mundial.

Tanto ha sido así que en medio del fragor de la lucha sectaria de otros tiempos jamás nadie lo acusó de un acto de exceso en su comportamiento como abanderado de una fe profunda. Es más, se lo vio herido en la propia sangre derramada de su hermano por el régimen de Mariano Ospina, y ni una queja ni un reproche que no fuera combustión espiritual se oyó salir de sus labios.

Echandía sigue siendo un símbolo de la patria, la majestad del deber y la humildad de la sabiduría concentradas. La permanencia de la historia en cuanto tiene de instructiva y aleccionadora; el fructífero cultivo de la filosofía como fuente de liberación humana. En fin, todo cuanto de la patria queda aún como presencia amable y digna.

El ejemplo del ejercicio vital e intelectual de Echandía sirve en esta hora de grandes dificultades para que quienes pretenden dar al traste con la institucionalidad democrática guarden sus protervas inclinaciones y, por el contrario, propicien el advenimiento de una atmósfera de concordia política en la cual sea posible construir la paz y reinventar una democracia “donde quepamos todos”, como dice apropiadamente en su eslogan presidencial ese forjador del nuevo orden jurídico del país, Humberto de la Calle.

ALPHER ROJAS CASTILLA

Columnistas

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