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Aclaraciones

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Dos artículos recientes han causado desconcierto en algunos lectores, que me piden que les haga alguna aclaración. La hago gustoso.

El primero lleva por título 'Me duele la Iglesia'. Llovieron los mensajes, las llamadas telefónicas, los comentarios de palabra y escritos, como con ningún otro artículo de mi adolorida columna. Buena señal de que aumentan los lectores, unos contentos y agradecidos por la orientación que encuentran en ellos; otros, desconcertados, perplejos o con marcado disgusto.

Aclaro: quienes me vienen leyendo desde años atrás son testigos de mi amor incondicional a la Iglesia católica, porque en ella encontré a Jesucristo, sentido último de mi vida y razón de ser de mi añeja existencia. Aquí anclé y aquí permaneceré -así lo espero- hasta el último suspiro. Y porque la amo me duelen sus falencias, que puse de relieve en dicho artículo y que escandalizaron a más de un lector. Lo repito con sinceridad y grande amor: me duele la Iglesia, me duelen sus miserias antiguas y recientes. Recientes, como la poco feliz encíclica Humanae Vitae, sobre la regulación de la natalidad, y como los dolorosos y nunca bien llorados casos de pedofilia, que afean el rostro de la Iglesia. Reconocer sus miserias hace grande a la Iglesia, como lo hizo varias veces el carismático Juan Pablo II. Esta franqueza fue lo que gustó a tantos lectores de la columna de marras, lectores provenientes de fronteras cercanas y lejanas de la Iglesia, como masones, ateos, anglicanos, agnósticos y otros muchos que se habían alejado de la Iglesia y que ahora vuelven a mirarla con simpatía.

Quede, pues, claro: amo a la Iglesia católica porque en ella encontré a Jesucristo y me duelen sus miserias, porque es mi madre y la quiero humana y sensata: no de espaldas a la realidad.

Y esta coyuntura me da pie para ocuparme de otro artículo, también mal entendido por algunos lectores, sin mala voluntad, por supuesto: '¿Qué quiere decir cristiano?'. La inspiración para esa columna me vino con la lectura de la presentación que le hace el teólogo español José Antonio Pagola a su último libro: El camino abierto por Jesús. Dice así: "Por desgracia, tal como es vivido hoy por muchos el cristianismo (entiéndase la Iglesia católica), no suscita "seguidores" de Jesús, sino solo "adeptos a una religión". No genera discípulos que, identificados con su proyecto, se entreguen a abrir caminos al reino de Dios, sino miembros de una institución, que cumplen, mejor o peor, con sus obligaciones religiosas".

Pagola y, por supuesto, mi persona no estamos en contra de la Iglesia. Sería una equivocada lectura de la presentación del libro del teólogo. Se trata de llamar la atención de algunos católicos que se quedan con la Iglesia sin llegar a Jesucristo. Vale aquí el conocido eslogan 'A Jesús por María': quien se queda con María no entiende la fe católica. El papel de María en la Iglesia es el de llevarnos a Jesús. También vale el eslogan 'A Jesús por medio de la Iglesia'. No faltan piadosos cristianos que se quedan con la Iglesia y olvidan a Jesús. Tal conducta constituye todo un desacierto y un grave desenfoque de la fe católica. Un ejemplo bien claro de lo que decimos es el de aquellos que se preocupan más por rendirles culto al Papa y a los hombres de Iglesia que al mismo Jesucristo. O la de aquellos templos en los que el personaje central lo ocupa una gigantesca imagen de María, como en la catedral de Popayán, y a Jesucristo le dedican una pequeña y discreta imagen.

Nota: aprovecho la oportunidad para agradecer los múltiples mensajes recibidos con motivo de esos dos artículos y me excuso de no responderles, dado su gran número y la falta de tiempo. Estoy preparando un curso sobre la Oración del Cristiano, que dictaré los martes, por la mañana y/o por la tarde, a partir del 14 de agosto. Informes: 5403993 y 6405011, en horas de la tarde. Gracias.

Alfonso Llano Escobar, S. J.

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