Volteretas partidistas
Por: ALFONSO GóMEZ MéNDEZ |
Alfonso Gómez Méndez
En condiciones normales, a quien debió favorecer políticamente el fracaso del Caguán fue al candidato liberal. Pero aquí las cosas son distintas.
¿Cuándo, pues, tomarán este país en serio?
El 20 de febrero del 2002 me encontraba en el Teatro Colón en compañía del ex presidente López Michelsen y su señora, durante el concierto de música colombiana preparativo del concurso anual en Ibagué, cuando súbitamente se anunció la ruptura de los diálogos del gobierno de Andrés Pastrana con la guerrilla de las Farc y el fin de la zona de despeje.
Aún recuerdo el sonoro aplauso y las voces de júbilo en la sala, dadas las tropelías de las Farc en el Caguán, entre otras: el retiro del batallón Cazadores, el despeje militar, judicial y hasta religioso, el uso de la zona para llevar secuestrados, más el sistemático ataque a pequeñas poblaciones, en lo que equivaldría a nuestras propias torres gemelas: acababan con la alcaldía, las instalaciones de la Policía y la Caja Agraria.
Vino a mi mente la imagen de la fiscal de San Vicente, Maritza Chavarro, quien llegó al despacho pidiendo auxilio tras haber tenido que abandonar su oficina, en horas, frente a la amenaza de muerte de guerrilleros por no atender sus órdenes.
Ya se han hecho todos los análisis -incluido el de sus protagonistas- sobre las ventajas y desventajas que significó el despeje de esos 42.000 kilómetros dentro de la bienintencionada política del presidente Pastrana para conseguir la paz.
Hoy quiero referirme a las contradicciones políticas de todo este proceso.
Curiosamente, han sido los gobiernos conservadores a los cuales las Farc han tratado de acercarse en búsqueda de la paz.
Dicen que en ello pesaba una vieja ojeriza de 'Tirofijo' contra el Partido Liberal, al que acusaba de haberlo traicionado cuando en la época de la violencia partidista era un guerrillero liberal al lado de Gerardo Loaiza en el Tolima.
Ni Betancur ni Pastrana esgrimían inicialmente la bandera de la paz en sus campañas presidenciales, como sí la tenían los derrotados por ellos, López Michelsen y Horacio Serpa, respectivamente.
El primero firmó unos pactos que dieron origen a la Unión Patriótica, partido arrasado por una combinación de militares desviados y sectores de ultraderecha. Con el M-19 firmaron los acuerdos que ardieron en el Palacio de Justicia.
El segundo les despejó vasto territorio y les aguantó hasta el desplante de Marulanda. Se cansó el 20 de febrero, cuando las Farc secuestraron al senador Géchem Turbay.
Lo irónico de esto es que Pastrana fue apoyado por su partido en los diálogos, que contaron además con masiva romería hacia el Caguán. El conservatismo aprobó el viaje en primera clase de 'Reyes' y compañía a Europa, y algunos de ellos participaron en la fiesta de despedida que ofrecieron aquel y el 'Mono Jojoy' a Valencia Cossio cuando viajó a Italia como embajador. Entonces, eran tratados como "insurgentes", no como terroristas.
Pero el fracaso no se lo cobraron al conservatismo, sino al candidato liberal Horacio Serpa, que nada tenía que ver con la concepción del Caguán.
El Partido Conservador dejó colgado de la brocha a un buen candidato como Juan Camilo Restrepo, y se trasteó para donde Álvaro Uribe, el gran beneficiario del Caguán.
Y, como por arte de magia, todos los pastranistas, incluidos los liberales que hacían parte de la "alianza para el cambio", se convirtieron en uribistas furiosos.
En condiciones normales, a quien debió favorecer el fracaso fue al candidato liberal. Pero aquí las cosas son distintas.
Los pastranistas se volvieron uribistas, unidos a los "liberales" que, por cosas de comer, se salieron del partido abandonando al final a Serpa.
Y ahora, frente a la aparente o real controversia entre el Jefe del Estado y Álvaro Uribe, han dado la voltereta al santismo.
¿Cuándo, pues, tomarán este país en serio?
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