'El loco impuro' es un libro extraño, una demente curiosidad; a veces nos perdemos en su follaje, en sus intrincadas relaciones literarias y psíquicas, en sus líneas irregulares y herméticas, pero es clarividente en mostrar el fascinante mundo de la locura. Es un gran paso, a tientas, que nos acerca al delírium trémens del extravío. Roberto Calasso editaba 'Memorias de un enfermo de nervios', de Daniel Paul Schreber, ex presidente de la Corte de Apelaciones de Dresde, escrito en el Hospital mental de Sonnenstein, cuando una fiebre creadora lo arrastró durante tres semanas a escribir su primer libro, 'El loco impuro', basado en las Memorias de Schreber. El argumento del alienado presidente se puede resumir en que Dios sólo tenía que ver con cadáveres, un ser superior alimentado de muerte, que era un puñado de nervios, y él, Schreber, poseía la misión de transformarse en mujer para parir una nueva humanidad y restaurar el filtro podrido entre esta y Dios. A tal punto que se tatuó "una flor de loto entre sus senos".
Calasso parte de esa extraordinaria historia, para elaborar un relato narrativo que amplía el original y entrelaza con talentosa subjetividad ficción y realidad. Leyendo este sin camino mental nos viene a la memoria Antonin Artaud, quien pide permiso en el sanatorio mental de París para visitar una exposición de Van Gogh y escribe en 48 horas un texto imprescindible: El suicidado de la sociedad, donde pretende demostrar que a Van Gogh lo matamos todos. Razón no le faltaba. La locura atraviesa nuestra memoria cultural, el Quijote loco y soñador, hace posible una imaginación desbordada e infinita, la locura como sabiduría, como poesía.
Calasso recrea al loco creativo, al que perdiendo la cordura es capaz de escribir el mundo a su manera. Holderlin y Nietszche, por ejemplo, luego de perder la razón, se murieron ensimismados, aislados del mundo; al parecer, ya lo habían dicho todo. También recordamos a personajes literarios como Hamlet, de Shakespeare, el príncipe que funge de loco para develar el asesinato de su padre por el amor borrascoso entre su madre y su tío, o a Juan Pablo Castel, el celópata pintor de Sábato en El túnel.
Calasso, en su honda exploración, afirma que la locura es un llamado divino, Dios nos desquicia y, como él, nos volvemos salvadores. Y Schreber señala: "Siento un funeral en mi cerebro". Calasso, inspirado en Schreber, muestra los límites indelebles entre locura y normalidad, y más aún en que el arte se nutre de ella, porque Dios ya sabía que "el placer está en lo impuro".
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