La libertad de elegir...
Por: ALFONSO CARVAJAL |
En 'Libertad', Jonathan Franzen retrata con ímpetu tolstoiano una época y varias generaciones.
La familia es la célula que reproduce a una sociedad, y esto lo logra con creces Jonathan Franzen en Libertad (2011). Franzen opta por los Berglund, una familia (a)típica de clase media norteamericana, y sus relaciones con otros personajes para fabricar esta novela, que con ímpetu tolstoiano retrata una época y varias generaciones.
Aunque parte de un narrador omnisciente, Franzen introduce las otras voces con tal eficacia, que casi olvidamos a la tercera persona que realiza los brillantes empalmes, y asistimos a diálogos precisos y densos cuando así lo requiere la historia, y en un relato polifónico a través de los avatares del tiempo crea un ambicioso mural de un mundo cortado a tijeretazos por la visión más sofisticada y brutal del libre mercado: los Estados Unidos.
El eje es Betty Berglund, espigada, talentosa jugadora de basquetbol, quien luego de un resbalón en el hielo se destroza la rodilla y cambia el rumbo de su vida.
Fue violada a los 17 años, pero no es capaz de acusar a su verdugo por mantener las apariencias. Consideraba a Guerra y paz el mejor libro que había leído en su vida y era hija de un abogado que no cobraba a los clientes pobres o marginados. Conoce a dos hombres, al mismo tiempo, que llevarán la carga dramática de su vida: Richard Katz, un roquero rebelde y díscolo de un metro noventa de estatura, pelo negro y tez morena, con "la sonrisa hierática de déspota satisfecho de sí mismo", y que se parece a Muammar el Gaddafi. Una frase define su carácter: "A mí la idea de acostarme con la misma persona el resto de mi vida me parece la muerte".
Y Walter Berglund, con quien se casará, y que según las lenguas chismosas "se había criado detrás de la oficina de un motel llamado Pinos Susurrantes", con un padre alcohólico, un hermano mayor que lo golpeaba con frecuencia, y una madre depresiva. De ancestros nórdicos y sentimientos contradictorios (le repugnaban el Papa y la Iglesia católica, pero veía con buenos ojos la revolución islámica en Irán).
Pobre Walter, abandonó sus sueños de actor y "dejó de lado su aspiración de salvar el planeta y entró a trabajar en 3M, para que Patty pudiera tener su fabulosa casa antigua y quedarse allí con los niños".
Otro personaje clave es Joey, hijo de Patty y Walter, quien se volvió republicano, en un país donde los demócratas cada vez más tienden a ser reaccionarios. Aunque no son de extrema derecha, se sienten a gusto con quienes sí lo son. Arrasar Afganistán, pisotear Irak, no es su mayor deseo, "pero sí se aproximaba lo suficiente para proporcionarle cierta satisfacción".
En Libertad están el amor, el sexo ("le separó las piernas a Connie y acometió con la lengua, hurgando y hurgando, intentando llenarse de ella". O la excitación por el dinero, cuando Joey y Connie hacen el amor entre las pilas de billetes de 20 dólares; los conflictos generacionales, el fracaso y el escepticismo y, por otro lado, la crítica a la farsa de lesa humanidad en Irak, a la ignominia ecológica de los poderosos, a la ignorancia de la dirigencia norteamericana sobre el mundo circundante, a la mentalidad del negocio sin importar los costos morales.
Es una novela también política porque fustiga a quienes conducen con cinismo triunfante el tren descarriado de la historia. Es la visión de un ciudadano lúcido del imperio: ahonda en sus agujeros negros y en sus grandes alcances democráticos. Bueno, y al fin ¿qué es la libertad?: "La gente vino a este país por el dinero o la libertad. Si no tienes dinero, te aferras aún más furiosamente a tus libertades. Puedes ser pobre, pero lo único que nadie te puede quitar es la libertad de joderte la vida como te dé la gana".
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