Un gran ministro de Salud

Un gran ministro de Salud

Alejandro Gaviria es un humanista, un ministro sin agenda propia. No ejerce el cargo como trampolín.

21 de junio 2017 , 12:00 a.m.

Antigua discusión en Colombia ha sido preguntarse qué tan técnicos deben ser los ministros del despacho presidencial para lograr un buen desempeño en su gestión.

Con frecuencia se ha pedido que el titular de Hacienda debe ser economista, si bien hemos tenido titulares de las finanzas con grandes fracasos no obstante su formación profesional. Aun cuando eran otros tiempos, dejaron huella como hacendistas, entre otros, Esteban Jaramillo, Carlos Lleras Restrepo, Hernán Jaramillo Ocampo, Joaquín Vallejo Arbeláez y Hernando Durán Dussán, todos destacados profesionales de las ciencias jurídicas.

Algo similar se plantea para el Ministerio de Salud cuando se ha sugerido que su titular debe ser un médico. Ha habido buenos y malos como titulares de esa cartera. El actual, Alejandro Gaviria, es prueba irrefutable de que se puede ser excelente ministro de Salud sin haber hecho el juramento de Hipócrates.

En general, la Constitución dice que los ministros son vehículos de comunicación política entre el Ejecutivo y el Congreso, y si bien no pueden ser ignorantes en el tema, lo que deben ser fundamentalmente es diseñadores de una política en el área respectiva.

Alejandro Gaviria es un caso fuera de serie. Entre otros cargos, ha sido decano de la Facultad de Economía de la Universidad de los Andes, donde pude escucharlo el día en que mi hija María se graduó en literatura, como un auténtico humanista, con gran formación literaria y filosófica, lector de altas horas y connotados autores, voluntariamente oculto en el manejo de cifras, datos y estadísticas.

Confiamos en que, con la entereza y sencillez que lo caracterizan, supere pronto su problema de salud para que los necesitados del sistema sigan teniendo este gran aliado en el Gobierno

En el mejor de los sentidos, es un librepensador. Tiene el estilo y las modalidades distintivas de un brillante profesor universitario.

Sin mezquindades, aceptó medírsele a uno de los temas cruciales en la agenda pública como el de la salud, muy descuidado en el pasado. Tomó el toro por los cuernos. Sin caer en populismo ramplón, extendió la cobertura de salud prácticamente a toda la población colombiana.

Estimuló la conciencia social en salud. Logró un diálogo franco entre prestadoras de salud, aseguradoras y usuarios del sistema. Posee tanta sensibilidad social que a veces no deja ver su condición de ingeniero y economista.

Fui testigo de un episodio que lo pinta de cuerpo entero. Recientemente falleció don Martín Carrillo, el anciano lustrabotas que trabajaba tanto en el edificio donde queda mi oficina como en el Ministerio de Salud. Tan pronto supo de su dolencia, con devoción se puso al frente del caso, emitió un mensaje en Twitter y ha estado pendiente de la familia: actos propios de un apóstol.

Sin aspavientos, logró hacer aprobar una ley estatutaria de la salud, encargándose de coordinar los detalles de su aplicación. Y algo verdaderamente revolucionario, cuyos efectos verán en su totalidad los colombianos en el inmediato futuro: un plan de detallado control de precios para insumos y medicamentos que les ahorra a los pacientes al menos unos miles de pesos al año y ha permitido salvar vidas. Ha luchado contra los monopolios.

Es un ministro sin agenda propia. No ejerce el cargo como trampolín. Su agenda es el país. No ha cedido a las presiones clientelistas de algunos parlamentarios. Pertenece a la categoría de ministros que no se ganaron la confianza del Presidente por haber sido sus enemigos en el pasado llegando hasta denuncias penales e insinuaciones infames.

Su continuidad en el Ministerio ha sido un acierto evidente. Por eso mismo, todos los colombianos confiamos en que, con la entereza y sencillez que lo caracterizan, supere pronto su problema de salud para que los necesitados del sistema sigan teniendo este gran aliado en el Gobierno. Y para que, en medio de tantas dificultades que todos luchamos por superar, se afiance la confianza de la nación entera en que funcionarios como Alejandro Gaviria, de tan inmensa calidad humana, sean los que reconforten el ánimo colectivo con sus lecciones de desprendimiento y grandeza.

ALFONSO GÓMEZ MÉNDEZ

Columnistas

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