Si nuestra clase dirigente fuera católica...

Si nuestra clase dirigente fuera católica...

Nada en el Papa es falso, como suele ocurrir con los políticos de siempre.

13 de septiembre 2017 , 12:00 a.m.

Por cuanto se ha visto, dicho y escrito en estos días sobre el hecho, sin duda todo colombiano sintió que la visita del papa Francisco fue una “bocanada de aire fresco” para un país que, por la problemática acumulada, más la coyuntura reciente sobre la vergonzosa corrupción de la justicia en sus más altos niveles, parecía consumirse entre pesimismo, incertidumbre y desesperanza.

Impecable la organización gracias, entre otros, al vicepresidente Naranjo, monseñor Suescún y el general González, de la Policía.

Ningún visitante ilustre había despertado tanto entusiasmo, devoción y admiración como este sumo pontífice que probó ser no solo líder indiscutible del catolicismo, sino un político, pero no en sentido electoral, sino alguien con gran capacidad de comunicación, derivada de absoluta coherencia entre palabra y obra.

Se acercó al pueblo por convicción, sin calculada estrategia. Su origen de clase media lo reviste de sensibilidad social a flor de piel: siente el sufrimiento y el dolor de los pobres y desvalidos. Fue evidente que mientras trataba con diplomática frialdad a la dirigencia política y a uno que otro lagarto impertinente, su arrolladora personalidad se desbordaba saludando también a niños, jóvenes, mujeres –sobre todo, víctimas de la violencia–, soldados, infantes y policías lisiados en una guerra insensata y cruel.

Nada en él es falso, como suele ocurrir con los políticos de siempre. Su mensaje caló, ante todo, por la autenticidad. Siendo de gran contenido, sus conceptos y mensajes no eran inéditos: solidaridad, equidad, paz, comprensión, perdón, reconciliación, respeto al otro, justicia social, verdad, justicia, reparación, propósito de enmienda, aceptación de las humanas flaquezas, amor, humildad, entre otros. La fuerza de su discurso estuvo y está en su autenticidad y credibilidad.

Su mensaje caló, ante todo, por la autenticidad. La fuerza de su discurso estuvo y está en su autenticidad y credibilidad

Si en verdad la dirigencia colombiana atendiera los mensajes pontificios, este país sería otro. León XIII no vino a Colombia, pero su encíclica Rerum novarum y otros escritos resumen la doctrina social del catolicismo, basada, además de la fe, en la justicia social y el respeto a los pobres.

No particularmente carismático, a Pablo VI se lo recuerda porque al llegar, el 6 de agosto de 1968, besó la tierra y al despedirse dijo: “No te decimos adiós, Colombia, porque te llevamos en el corazón”. Su encíclica Populorum progressio es, también, un ideal de justicia social y humanismo.

Juan Pablo II, un poco conservador en temas de dogma, a diferencia de Francisco, también vino (1986) a señalar nuestras llagas en materia de desigualdad social cuando el país aún no superaba el holocausto del Palacio de Justicia ni la tragedia del nevado del Ruiz, que destruyó Armero. Y aun cuando hace años quedó atrás la injerencia de la Iglesia católica en la política partidista colombiana –que a comienzos del siglo XX señalaba el turno de la sucesión presidencial–, el mensaje de Bergoglio a los obispos fue claro: su cercanía no debe ser con las élites sino con los necesitados.

Entre tanto, habíamos tenido sacerdotes comprometidos con la causa social, como monseñor Guzmán Campos, que mostró los horrores de la violencia partidista, o Camilo Torres, que, por caminos equivocados pero con limpia intención, llegó hasta el sacrificio.

Si la dirigencia política fuese católica de verdad y en tal virtud siguiera las encíclicas papales, más los clarísimos mensajes de Francisco, jamás habría estimulado la violencia partidista de los años 50, ni convertido la democracia en una especie de monarquía hereditaria sin las pompas de la realeza, ni tolerado y auspiciado la corrupción, ni convivido con esa otra “lacra del narcotráfico”, ni equivocado su tratamiento, ni impulsado una guerra con los hijos de los pobres, ni concentrado la riqueza en unos pocos “privilegiados” ni mantenido un sistema que todavía nos sitúa, como dudoso privilegio, entre los países más inequitativos del planeta.

El mensaje para nuestros dirigentes políticos debería ser: ¡vuélvanse católicos practicantes!

ALFONSO GÓMEZ MÉNDEZ

Columnistas

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