Sí, a pesar de todo

Sí, a pesar de todo

Urge apostarle sin reservas a la audaz empresa del presidente Santos de jugarse su capital político para acabar la confrontación armada, a la cual es insensato ponerle palos en la rueda.

03 de agosto 2016 , 06:34 p.m.

Los grandes desbarajustes sociales y políticos de Colombia, como que no sea un país incluyente, no obedecen solo al conflicto armado. Lo mismo puede decirse de un sistema político bloqueado, sin separación real de poderes ni responsabilidades políticas, donde las castas y apellidos se suceden en el ejercicio del mando.

Tampoco es culpa de la guerrilla la práctica desaparición de los partidos. Y el cáncer de la corrupción amamantada por el clientelismo poco o nada tiene que ver con las Farc o el Eln. Con acierto, el nuevo Fiscal ha señalado un derrotero para combatirla, más allá de los simples escándalos mediáticos a que se nos acostumbró.

Es sí evidente que la guerrilla ha sido el pretexto para no enfrentar estos y otros males endémicos, como que sectores de la economía y miembros descarriados de la Fuerza Pública engendraran el monstruoso paramilitarismo.

También por eso urge apostarle sin reservas a la audaz empresa del presidente Santos de jugarse su capital político para acabar la confrontación armada, a la cual es insensato ponerle palos en la rueda, porque hasta hoy es la opción más clara para erradicar la barbarie.

Cierto que el jefe de Estado no requería la refrendación popular para terminar el conflicto. Le bastaban sus facultades constitucionales y las múltiples normas derivadas de la Ley 418 de 1997. Pero él jugó esa carta y hay que apoyarlo. No hacerlo implicaría volver a empezar de cero, pese al anuncio guerrillero de no regresar a las armas así triunfe el no, o el umbral no llegue al 13 por ciento.

Claro que hay temas discutibles. La propia Corte Constitucional en su comunicado de prensa, ya que no se conoce el fallo, dice que el plebiscito tendrá efectos políticos y no jurídicos. El resultado de las urnas comprometería al Presidente, pero no al Congreso ni al poder judicial.

El riesgo de la utilización partidista del plebiscito es inevitable. Ya vemos cómo ciertos sectores políticos quieren aprovecharlo para mostrarse los dientes con miras a las elecciones del 2018. Algo indebido, sobre todo si se maneja a manera de secta...

Las Farc nunca tuvieron la posibilidad real de tomarse el poder, pero sí incidieron en varias elecciones presidenciales. López Michelsen, durante la fallida reelección en 1982, ofreció la paz, pero quien tomó esa bandera, ya elegido, fue el candidato conservador Belisario Betancur.

Pese a que el candidato liberal Horacio Serpa siempre abogó por la solución política, en 1998 ganó Pastrana gracias al apoyo mediático de ‘Tirofijo’. Su fracaso del Caguán no se le cobró al conservatismo sino al liberalismo, y en el 2002 fue elegido su tenaz crítico, Álvaro Uribe, quien no obstante tuvo ministros pastranistas. Este fue reelegido en el 2006, con el encargo implícito de completar la derrota militar de la guerrilla. A Santos lo reelegimos en el 2014 para lo contrario: continuar, como lo hace con relativo éxito, el proceso de paz con las Farc.

También por esto debe apoyarse el plebiscito: para que, desaparecidas las Farc como fuerza ilegal, no vuelvan a determinar las elecciones, menos aun si, paradójicamente, es la guerrilla la que ha impedido que en el país fructifique un proyecto de izquierda democrática.

Quienes creen que menos de 5 millones de votos en el plebiscito no tendrían suficiente legitimidad olvidan que la actual Constitución, tenida como expresión máxima de consenso y legitimidad, la votó un constituyente primario de solo 3 millones.

Jugada esta carta algo riesgosa, demócratas y permanentes partidarios de la solución política negociada del conflicto armado debemos convertirnos, aun sin tutelajes partidistas, en incansables propulsores del sí al plebiscito.
Puede que numerosos ciudadanos no entiendan los vericuetos acordados. Pero probablemente tampoco los entendían muchos de los 4 millones que en el 57 votaron complejos textos jurídicos que colocaron en remojo la democracia abierta para acabar con la violencia desatada por los jefes de los partidos tradicionales.

Por entonces, en el Tolima de mi niñez muchos votaban por el ‘doctor plebiscito’...


Alfonso Gómez Méndez

Columnistas

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