Pacto político poselectoral

Pacto político poselectoral

Esta campaña puso de manifiesto las fallas que deben corregirse en el sistema político y electoral.

01 de mayo 2018 , 11:57 p.m.

Esta agitada, larguísima y, en ocasiones, extraña campaña ha puesto de manifiesto todas las fallas que deben corregirse en el sistema político y electoral. Obviamente, este no es el momento porque, como diría López Michelsen, no puede pretenderse darle clases de natación al que se está ahogando. Primero se le salva y luego se le enseña a nadar.

Ninguna propuesta de reforma caería bien en medio del ambiente en el que se está viviendo. Pero podrían, eso sí, las distintas fuerzas políticas en contienda comprometerse para que elegido el nuevo presidente, entre Ejecutivo, Legislativo y el pueblo, finalmente se haga la gran reforma mil veces anunciada y otras tantas aplazada o fracasada.

Sería una especie de “pacto por el rescate de la institucionalidad y la implantación de la democracia real”. Sea quien sea el Presidente, no podemos seguir con esta especie de “democracia formal bloqueada”.

Hay temas sobre los cuales ya existe un relativo consenso, como la eliminación de la circunscripción nacional de Senado y la lista preferente, instituciones que han contribuido, y de qué manera, no solo a la difusión partidista sino al encarecimiento de las campañas electorales, con todo lo que eso conlleva de estímulo a la corrupción.

Por esa misma vía, y para restablecer la dignidad del Poder Judicial, las altas cortes deben ser despojadas de todas sus funciones electorales, salvo la designación de sus propios miembros, ojalá por la vía de la cooptación con cumplimiento de normas de carrera, como se estableció desde 1957.

Con partidos de verdad, las consultas “internas” no deben ser abiertas, pues eso conlleva una contradicción en los términos. Siendo serios y organizados, las consultas se harían entre sus militantes, para no incurrir en distorsiones como las que vimos en las elecciones de marzo. Y, obviamente, debe haber un único día para todas y así evitar el despilfarro.

Las campañas electorales habría que limitarlas a tres o cuatro meses, eso sí, sin permitir que se anticipen de manera disfrazada por candidatos que se muestran con otro ropaje, incluido el de “periodistas” o “analistas” independientes, a pesar de que muy pronto se le salgan las orejas al burro. Hasta ahora, la fijación de topes a las campañas no pasa de ser una farsa. Se sabe de las sumas exorbitantes que se gastan en campañas al Congreso y a las alcaldías y gobernaciones. Lo que en otros países es real, como lo demuestra el caso Odebrecht, en materia de financiación ilegal, aquí la normativa solo es un rey de burlas.

Es preciso ir más allá de lo obvio para determinar por qué la gente vende su voto, asunto que no se resuelve únicamente con sanciones penales. Hay que ir al fondo del tema social para comprender la falta de participación política de la ciudadanía. Evidentemente, el Consejo Electoral debe ser reformado –en su origen y funciones– para que realmente sea el garante de la pureza del sufragio.

Probablemente requiere funciones de policía electoral para que en verdad y en tiempo real pueda detectar y sancionar la financiación ilegal. Solamente con eso se haría una verdadera revolución política en Colombia. Rodarían muchas curules.

Y aun cuando el asunto es espinoso, en época “fría” hay que meterles el diente a las encuestas, sondeos y a la novísima modalidad de las “proyecciones”. Nadie duda de que sean un instrumento indispensable en el mundo moderno, pero a veces, antes que “registrar” hechos políticos, lo que hacen es “crearlos”.

No es fácil regular el fenómeno sin caer en una antipática censura o limitación de la libertad de informar. Con tino, los partidos políticos pueden encontrar una solución razonable, después de las elecciones. Y claro está, hallar una adecuada regulación de las redes sociales, que han servido para la libre expresión ciudadana, pero también para repudiables distorsiones.

Después de la batahola electoral, ¿podrán los partidos comprometerse en un verdadero pacto para la democracia, el estímulo a la participación electoral, por ahogar el clientelismo en su fuente y garantizar la pureza del sufragio?

ALFONSO GÓMEZ MÉNDEZ

Columnistas

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