Otra vez, el ‘coco’ de la constituyente

Otra vez, el ‘coco’ de la constituyente

Preservando elementos para la reinserción política nada pasa al aplazar la discusión de la reforma.

25 de octubre 2017 , 12:00 a.m.

Ha vuelto el fantasma errante de la Constituyente. Como viene ocurriendo de tiempo atrás, cuando se presentan naturales tropiezos en el trámite de un proyecto de ley o en la aprobación de una iniciativa, ahí está otra vez, como fórmula mágica, la convocatoria de una constituyente, con lo cual lo único que se demuestra es la superficialidad del debate político y el desconocimiento de la historia del país.

Solo en el siglo XX tuvimos: la de bolsillo, del dictador Reyes, convocada para prorrogarse en cuatro años su período. La de Laureano Gómez, que alcanzó a elaborar un proyecto de Constitución de corte corporativista e, irónicamente, sirvió para legitimar el golpe de Rojas. Y la del 91, citada para combatir el narcoterrorismo y la corrupción política, pero que ha tenido más sombras que luces.

Para empezar, en su convocatoria se violó la norma adoptada, esa sí, por el constituyente primario en 1957, y se borró de un tajo con dos decretos de estado de sitio. En su integración participó menos del 30 por ciento del censo electoral, pero aún se presenta como expresión del gran acuerdo nacional, y con el pecado original de haberles quitado de encima la extradición a Pablo Escobar y demás narcoterroristas.

Lo que ahora se quiere cambiar es producto de sus errores: la politización y clientelización del sistema judicial y el envilecimiento de la política

Lo que ahora se quiere cambiar es producto de sus errores: la politización y clientelización del sistema judicial y el envilecimiento de la política, al haber acabado con los partidos.

Hoy, la degradación de la política no puede ser mayor. Y no se ha pensado cómo, cuándo ni por cuáles métodos se elegiría una nueva constituyente con los altos índices de abstención que tenemos.

El pretexto para hacerlo son las dificultades que ha tenido el proyecto de “reforma política”, supuestamente orientado a cumplir uno de los puntos de los acuerdos de La Habana. Nos acostumbramos a llamar “reforma política” a cualquier modificación del sistema electoral. De hecho, desde el 91 hemos aprobado tres, con todo tipo de amarres y talanqueras. Pero, curiosamente, aquí había partidos políticos cuando no existía tanta reglamentación.

Una comisión de alto nivel, integrada por el Gobierno, entre otros, con la politóloga Elisabeth Ungar, redactó un ambicioso proyecto, pero no fue acogido. Hoy, esa comisión califica lo que va quedando del proyecto como una “reforma cosmética e intrascendente”.

La mayoría de esos temas, tratados en el pasado, pueden tramitarse por la vía ordinaria, como los relativos a si la lista es cerrada o abierta, la financiación de campañas, la integración del Consejo Electoral o la posibilidad del ‘transfuguismo’, ¡como si esa no hubiera sido práctica habitual en los últimos años!

En verdad, esta es más una reforma electoral que política. Lo que hoy se ve es un cruce de cálculos políticos que nada tienen que ver con los acuerdos de La Habana. Para los acuerdos de paz, lo que debe garantizarse de manera inmediata es la participación política y las garantías para los desmovilizados.

Lo demás da espera. Carece de sentido tramitar con premura cambios en las normas electorales a pocos días de comenzar las campañas para Congreso y presidencia. Y no puede aceptarse la peregrina tesis gubernamental de que al perentorio término del 'fast track' señalado en el Acto Legislativo hay que descontarle el receso parlamentario y aun los festivos y otros días que el Congreso no sesiona por distintas razones, como la celebración de una justa deportiva.

Tampoco cabe presionar al presidente de la Cámara, Rodrigo Lara, a quien se pretende culpar de todo. Una de las fallas estructurales de nuestra democracia radica en que la separación de poderes se ha dejado de lado. Preservando los elementos propios para la reinserción política, nada pasa al aplazar la discusión de esa reforma, de la que podría decirse lo que sostenía un campesino sobre la filosofía: “Es algo con lo cual y sin lo cual el mundo sigue tal cual”.

ALFONSO GÓMEZ MÉNDEZ

Columnistas

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