Liberalismo, un cadáver insepulto

Liberalismo, un cadáver insepulto

¿Seguirá el gavirismo sin aceptar responsabilidad atravesándose al resurgir del liberalismo social?

30 de mayo 2018 , 12:00 a.m.

Los resultados electorales del domingo pasado confirman plenamente mi pronóstico del 18 de septiembre de 2017 cuando, en entrevista para este diario con María Isabel Rueda, sostuve que la camarilla que se había apoderado del Partido Liberal lo sepultaría en las elecciones del 2018.

En efecto: que una organización política con 170 años de existencia; que en el siglo XX jalonó reformas sociales y políticas de hondo calado; que sobrevivió a la violencia de los 50; que logró concebir la paz en el Frente Nacional; que fue mayoritaria durante décadas; que hasta hace poco su representante casi automáticamente era elegido presidente de Colombia, esta vez haya sido humillada al punto de que su candidato, De la Calle, de limpia trayectoria, con escasos 400.000 sufragios no lograra el umbral –4 % de los votos válidos–, solo se explica por múltiples errores y desaciertos de sus líderes en los últimos 30 años.

Claro que los hechos vinculados al proceso 8.000, por cuanto significó en credibilidad y legitimidad, de alguna manera marcaron el inicio de este desastre. La antipática revocatoria del Congreso por una Constituyente de poca representación buscaba acabar con la fuerza liberal.

Su candidato, por primera vez en la historia, bajó el récord con un vergonzoso 2 % que no le permite siquiera reclamar reposición por votos.

Cuando López Michelsen anunció que volvía para mantener las mayorías, Antonio Navarro dijo que eran “sueños de viejo”. Ese 27 de octubre del 91 prácticamente desaparecieron las que se consideraba iban a ser fuerzas arrolladoras surgidas de esa Asamblea, el M-19 y Salvación Nacional y el liberalismo al mando de López sacó la mitad de la votación para Senado.

Con todo y el 8.000, Samper entregó un Partido Liberal con amplias mayorías en el Congreso. En 1998, ante la candidatura de Serpa, los liberales llamados pastranistas fundaron Cambio Radical, quitándole al liberalismo el derecho a presidir el Legislativo. Entre aquellos, que de algún modo impidieron el triunfo serpista, estaba Humberto de la Calle, injustamente abandonado hoy por su mentor César Gaviria en esta campaña.

Allí comenzó a desgranarse la mayoría liberal, que siguió luego con la elección de Álvaro Uribe, liberal disidente, a quien se le habían cerrado, como a otros, antes y después, los espacios en la colectividad. Buena parte del partido se mantuvo en los “peladeros de la oposición” durante su mandato.

En la convención del 2005, contra todos los pronósticos y las esperanzas del pueblo liberal por recuperar el poder, Samper y Horacio Serpa erraron entregándole el partido a Gaviria, quien tras diez años fuera del país no solo no tenía conexión con las bases, sino que lo había abandonado al apoyar a Pastrana en 1994 y 1998. Y ahí sigue, sin muestra de irse, pese al clamor de quienes el domingo, en la sede de De la Calle, gritaban vehementes: “¡No más Gaviria!”.

En el 2009, con el garrote de los avales impuso a Rafael Pardo –a quien deseo pronta recuperación en sus dificultades de salud–, que por poco no alcanza el umbral con una votación de 600.000 sufragios, considerada irrepetible, por lo baja. Ahora repitió la fórmula con peor resultado: su candidato, por primera vez en la historia, bajó el récord con un vergonzoso 2 % que no le permite siquiera reclamar reposición por votos.

En el 2010, a pesar de la penosa derrota, Pardo se quedó como jefe del partido y no convocó un congreso para renovarlo. Después, César Gaviria, quien nunca ha asumido responsabilidad política alguna por haber acabado prácticamente con el liberalismo. Antes bien, lo manejó con criterio de rosca y camarilla; no renovó los cuadros; lo desconectó de las juventudes universitarias, los sectores sociales y los sindicatos; aprobó en el Congreso reformas impopulares; el presidente Santos le dio amplia tajada burocrática, pero eso no se reflejó en crecimiento partidista; se perdieron las mayorías en Bogotá y otras capitales; se alejaron valiosos dirigentes como Álvaro Uribe, Germán Vargas, Piedad Córdoba, Juan Manuel Galán, Vivian Morales, Sofía Gaviria y Cecilia López, entre otros.

¿Seguirá el gavirismo sin aceptar responsabilidad política atravesándose tercamente al resurgir del liberalismo social?

ALFONSO GÓMEZ MÉNDEZ

Columnistas

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