La paz irreversible

La paz irreversible

Nadie en sus cabales desearía que las Farc se devuelvan al monte a echar bala.

18 de octubre 2017 , 12:00 a.m.

Comienzo esta columna con el postulado filosófico de Pambelé: “Es mejor estar en paz que en guerra”. Porque nadie en sus cabales desearía que las Farc se devuelvan al monte a echar bala, ni a los cilindros y burros bomba, ni a la toma de poblaciones asesinando humildes compatriotas, ni a secuestrar ni a volar oleoductos; nadie quiere volver al llanto de madres, viudas y huérfanos en los entierros de humildes policías y soldados.

Tampoco se le puede apostar al fracaso de las complejas negociaciones con el Eln, hoy confiadas a la experiencia de Juan Camilo Restrepo. Y nadie sensato puede creer posible la infortunada amenaza de Fernando Londoño de hacer trizas los acuerdos de La Habana y el Colón. Aun en el Centro Democrático se oyen voces moderadas, como la del joven y brillante precandidato Iván Duque.

Los acuerdos deben cumplirse en lo esencial. Debe respetarse y protegerse la vida de los exguerrilleros y sus familias, así como la de todos los líderes sociales y comunitarios. Colombia no toleraría otro genocidio como el de la UP. Es necesario, así algunos sectores de la sociedad no lo entiendan, facilitar la plena reincorporación política de los desmovilizados.

El costo de unas pocas curules no es muy alto a cambio de no más muertos por la confrontación. Hay que darle inicial margen de confianza –ya es un hecho– al nuevo Tribunal de Paz. De ellos depende que la ciudadanía asimile un equilibrio entre dos valores democráticos igualmente importantes: justicia y paz. Como dijo el papa Francisco, los colombianos debemos facilitar la reinserción social y estimular la reconciliación, a fin de que hoy, a diferencia de lo ocurrido en procesos anteriores, más que parar la confrontación reflexionemos sobre las transformaciones sociales, que no dan más espera.

Antes que seguir creyendo que la Constitución todo lo resuelve, los colombianos sin excepción debemos aclimatar la paz y espantar para siempre el fantasma de la guerra

Ahora bien, el Artículo 22 constitucional no puede entenderse como que la paz depende solo de las negociaciones con un grupo armado. Si por tal entendemos la creación de condiciones para la convivencia tranquila entre ciudadanos, son muchos los factores que la afectan, como delincuencia común, crimen organizado y narcotráfico.

Las cifras de medicina legal no mienten: durante estos años ha habido muchísimos más muertos por violencia común –por ejemplo, intolerancia, violencia intrafamiliar– que por el conflicto mismo. La delincuencia que afecta al ciudadano.
Según cifras de la policía, un 90 por ciento se atribuye a causas ajenas a la confrontación armada, y a esa paz también se refiere la Carta al considerarla derecho y deber de obligatorio cumplimiento. Y no olvidemos que la paz como objetivo máximo del Estado de derecho no es una creación de la Constitución del 91, como puede leerse en los preámbulos de las constituciones expedidas entre 1886 y el Plebiscito del 57.

Además, otra vez hemos caído en el fetichismo constitucional. Creemos que si algo queda en la Constitución es garantía de que se cumpla, o de blindaje, como ahora se dice. Todo lo queremos llevar a la Carta y dejamos poco espacio para la imaginación y la acción política. En medio de la euforia de la Constituyente del 91, muchos creyeron que surgiría un nuevo país. Ahora atamos a los gobiernos por los próximos 12 años. ¡Vana ilusión!

Los radicales liberales que en 1863 no querían que su constitución federal y libertaria se modificara, la volvieron irreformable. Los conservadores se rebelaron, la derrotaron en una guerra e instauraron la Regeneración, con todos sus horrores.

Núñez la derogó en un discurso. Por los pésimos antecedentes de las constituyentes de bolsillo, el constituyente primario en el Plebiscito del 57 estableció que solo el Congreso podía reformarla. Pero con dos decretos de Estado de sitio y el apoyo dividido de la Corte Suprema, el Gobierno de entonces hizo trizas esa prohibición de cuatro millones de colombianos.

Bienvenido el unánime fallo de la Corte. Pero antes que seguir creyendo que la Constitución todo lo resuelve, los colombianos sin excepción debemos aclimatar la paz y espantar para siempre el fantasma de la guerra.

ALFONSO GÓMEZ MÉNDEZ

Columnistas

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