La otra cara de la pobreza

La otra cara de la pobreza

¿Por qué nos hemos convertido vergonzosamente en un país exportador de niños para adopción?

02 de agosto 2017 , 12:00 a.m.

La interesante crónica de Néstor Alonso López, el domingo anterior en este diario, sobre Olivier Pradet –diplomático francés adoptado junto con dos hermanos por una pareja gala y que vino a buscar a su madre biológica, humilde mujer bogotana a quien finalmente pudo darle un regalo en su día– muestra el hecho de la adopción en toda su dimensión humana, social y psicológica.

Escribe el cronista: “Por sus venas corre sangre colombiana. Sí, Pradet nació en Catalina, un barrio del sur de Bogotá. Si no fuera por el giro de tuerca que le dio la vida, se llamaría Juan Carlos Alberto González Martínez y probablemente sería campesino u obrero”. Y agrega: “Los recuerdos sobre su madre se le hacen difusos, pues desde los 3 o 4 años vivió con sus abuelos Ana Elvia Martínez y Arístides González en la vereda Montealegre, de Topaipí, Cundinamarca. Estudiaba, pero el resto del tiempo no era para jugar, sino para arar la tierra; y, lo peor, ‘el trato no era el más dulce y confortable para un niño’, según dice...”.

Como ocurre con tantos niños ‘exportados’ vía adopción, que luego son holandeses, ingleses o franceses, no obstante la comodidad con que viven se dedican a buscar a sus padres biológicos, por lo general de similares características: mujeres muy pobres que, por abandono, situación social o económica, se vieron forzadas, pensando en un futuro mejor para sus hijos, a dejárselos a extranjeros. El hombre siempre busca sus raíces.

En gran parte de estos casos, si no hubiese sido por la adopción, el futuro de estos niños o niñas, a menudo en situación de pobreza o desarraigo, hubiera sido bastante sombrío. En el caso de Olivier o Alberto, pudo formarse en el Instituto de Estudios Políticos de Grenoble y convertirse en el avezado diplomático francés de hoy.

No centremos más la discusión en quién puede, o no, adoptar. Situémosla más bien enla necesidad de crear las condiciones para no tener a tantos niños en situación de adoptabilidad

La situación contraria –o meollo del problema– no se ha dado: que un niño francés, inglés o alemán, abandonado voluntaria o forzosamente por sus padres, sea adoptado por un colombiano, después convertido en diplomático, congresista o ministro en nuestro país, y que luego haya ido a Europa en busca de sus padres biológicos.

Aquí la discusión se ha centrado en si solo pueden adoptar las parejas heterosexuales o si también pueden hacerlo las del mismo sexo o solteros o viudos que den al adoptado amor, protección integral y aun garantía de derechos sucesorales, como lo reconocen la jurisprudencia de la Corte Constitucional, en el primer grupo, y en el último, la legislación, incluida la Ley 140 de 1960. Pero hemos soslayado el verdadero problema, consistente en saber por qué hay niños en situación de abandono afectivo, social o económico. No se conoce de infantes hijos de padres biológicos ricos que deban ser adoptados por extranjeros.

En su mayoría, se trata de hijos de mujeres cabeza de familia, casi siempre adolescentes de condición social humilde. ¿Por qué no afrontamos el problema como es? ¿Por qué nos hemos convertido vergonzosamente en un país exportador de niños y por qué extranjeros vienen a buscar criaturas para adoptarlas?

Toda la acción estatal debería orientarse a crear las condiciones para que los padres o madres biológicos puedan educar y formar a sus hijos. Es un tema enmarcado dentro de los factores de injusticia social en Colombia. No es por eso extraño que los soldados y guerrilleros muertos en combate sean generalmente hijos de pobres. Por mucho tiempo se hizo creer que el principal problema del país era el conflicto armado. No fue verdad, pero sí pretexto para no afrontar en serio los problemas sociales y hasta para elegir presidentes.

Entonces, no centremos más la discusión en quién puede, o no, adoptar. Situémosla más bien en la necesidad de crear las condiciones para no tener a tantos niños en situación de adoptabilidad, casi siempre por su pobreza, a cargo de adoptantes foráneos y para llevarlos al exterior.

Ojalá no vuelva a ser negocio servir de intermediario entre niños pobres abandonados y extranjeros ávidos de descendencia.

ALFONSO GÓMEZ MÉNDEZ

Columnistas

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